Gobernar desde la provocación
- Editorial Tobel
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La historia es clara: cuando el frente interno se vuelve ingobernable, el poder se proyecta hacia afuera. No para resolver problemas, sino para exhibirse. No para construir soberanía, sino para compensar debilidad.

Columna de opinión
Por: José “Pepe” Armaleo*
El analista internacional Eduardo Puricelli lo explicó con claridad al referirse a Trump: la centralidad que hoy le da a la política internacional responde, por un lado, a un momento doméstico adverso (escándalos que no logra correr de agenda, indicadores económicos negativos, desgaste político) y, por otro, a un estilo de gobierno cada vez más violento, inconstitucional y exhibicionista. La provocación se vuelve método; la ilegalidad, práctica; el poder, espectáculo.
Ese esquema encuentra un espejo inquietante en la Argentina de Javier Milei.
En nuestro país, el ajuste no cierra, la economía real se achica, el salario se licúa y la conflictividad social crece. La vida cotidiana se vuelve más difícil mientras el Estado se retira de sus funciones básicas. En ese contexto, la política exterior aparece como un escenario privilegiado para la puesta en escena del poder: discursos altisonantes, alineamientos automáticos (EE UU, Israel), rupturas innecesarias con tradiciones diplomáticas históricas (el deterioro de los vínculos con socios estratégicos como Brasil) y una sobreactuación ideológica que poco (o nada) tiene que ver con los intereses del pueblo argentino.
No se trata de relaciones internacionales. Se trata de política interna proyectada hacia afuera.
Milei busca en el plano internacional lo que no logra consolidar puertas adentro: autoridad, reconocimiento, legitimidad. Como Trump, reemplaza la gestión por los gestos, el debate por la provocación, la soberanía por la obediencia a un bloque de poder que promete respaldo simbólico a cambio de sumisión real.
Pero hay algo más profundo. Tanto en Estados Unidos como en la Argentina, esta forma de gobernar no se limita a la política exterior. Es parte de un mismo dispositivo de poder. Trump naturaliza la violencia estatal, la excepcionalidad jurídica y el desprecio por los límites institucionales. Milei avanza por una vía distinta pero convergente: decretos que reemplazan al Congreso, criminalización de la protesta, estigmatización de sindicatos y organizaciones sociales, y un discurso que deslegitima cualquier forma de control democrático.
En ambos casos, la política exterior funciona como extensión de esa lógica: el mundo se divide entre amigos y enemigos; el multilateralismo es un obstáculo; el derecho internacional, una molestia. Lo que no se puede imponer por consenso, se intenta imponer por alineamiento o por fuerza simbólica, el mensaje no es sólo internacional. Es interno. Se le dice a la sociedad: “estamos del lado de los poderosos, resistirse es inútil”. Esa es la fuerza simbólica: hacer que la gente sienta que no hay alternativa, incluso antes de que aparezca la represión abierta.
Hay también una operación común: la construcción del enemigo. Trump lo hace con los migrantes, los organismos internacionales, los gobiernos que no se subordinan. Milei lo hace con los trabajadores organizados, los movimientos sociales, los jubilados que reclaman, los jóvenes que protestan. La política exterior refuerza esa narrativa binaria: quien no acompaña, estorba; quien critica, ataca; quien resiste, es enemigo.
Este modo de ejercer el poder no es realismo. Es desesperación organizada. Es la política convertida en show para ocultar que el modelo no ofrece futuro.
Desde una perspectiva nacional, popular y democrática, esta deriva no puede analizarse como una excentricidad personal. Es un síntoma de época. Cuando el capitalismo financiero no puede garantizar bienestar, necesita disciplinar. Cuando no puede integrar, necesita confrontar. Y cuando no puede convencer, necesita exhibir fuerza.
Por eso, gobernar desde la provocación no es una anomalía: es la forma que adopta un proyecto que ya no promete derechos sino obediencia; ya no ofrece futuro sino miedo.
Frente a esta lógica, la tarea política no es esperar el desgaste ni refugiarse en la neutralidad. Es disputar sentido. Es volver a decir que la política no es intimidación, que la soberanía no es sumisión y que la democracia no se sostiene con espectáculos de poder sino con derechos, trabajo y justicia social.
Porque ningún alineamiento externo puede tapar indefinidamente una crisis interna. Y porque cuando el poder gobierna desde la provocación, lo que está en juego no es sólo la política exterior: es el contrato social.
Hoy asistimos a un momento histórico que Antonio Gramsci supo nombrar con precisión inquietante: “El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Ese claroscuro es el tiempo que habitamos. Un tiempo de transición, de crisis del orden global surgido tras la posguerra, de agotamiento del consenso neoliberal y de recomposición violenta del poder. El llamado “nuevo orden mundial” no nace de la cooperación ni del derecho, sino de la disputa cruda entre bloques, de la militarización de la política y de la subordinación de los pueblos a intereses que no votan ni rinden cuentas.
El nuevo orden mundial no está escrito. Se está disputando. Y en esa disputa, nadie está exento de tomar partido. O se acepta un mundo gobernado por la intimidación, la desigualdad y la fuerza, o se milita -con convicción y sin ingenuidades- por un orden basado en derechos, dignidad y pueblos organizados.
Como enseñó Gramsci, en los tiempos difíciles no alcanza con tener razón: hace falta voluntad colectiva. Y esa voluntad no nace sola. Se construye.
Desde cada espacio de organización popular, la pregunta no es qué hacen Trump o Milei en el mundo. La pregunta es qué hacemos nosotros frente a un poder que ya no gobierna para su pueblo, sino contra él. Y esa pregunta no admite espectadores ni especulaciones.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.
















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