Los verdaderos proscriptos
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Desde el empréstito de Rivadavia hasta Milei, la Argentina arrastra una disputa que atraviesa gobiernos, golpes, democracias y generaciones: quién conduce la economía, quién decide sobre nuestros recursos y qué proyecto de país queremos construir. Los nombres cambian y los instrumentos también. Tal vez, por eso, más que preguntarnos quién es hoy el enemigo deberíamos preguntarnos quiénes son los verdaderos proscriptos.

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo
Decir que “el riesgo o el enemigo es Milei” puede ser correcto, pero resulta insuficiente. Milei es, sin dudas, un riesgo para la Argentina. Pero el problema que expresa es bastante más antiguo que Milei, que el peronismo y hasta que la propia Argentina organizada como Nación.
La disputa comienza mucho antes. Puede rastrearse en los albores de nuestra historia, en la discusión entre unitarios y federales, en las diferentes concepciones sobre la organización del territorio, la distribución de los recursos y el lugar de Buenos Aires. También en el empréstito contraído con la banca Baring Brothers durante el gobierno de Bernardino Rivadavia, que se convirtió en uno de los primeros grandes vínculos de la Argentina con el capital financiero internacional.
No se trata de decir que unitarios y federales fueron simplemente las versiones originales de los dos modelos que hoy discutimos. La historia es mucho más compleja. Pero sí podemos reconocer una tensión que atraviesa buena parte de nuestra construcción nacional: ¿quién controla la riqueza, quién decide sobre ella y al servicio de quién se organiza el Estado?
Con el paso del tiempo cambiaron los espectadores, los actores y las circunstancias, pero el libreto sigue siendo el mismo. El capital británico fue reemplazado en buena medida por otros capitales. Aparecieron nuevas elites económicas, nuevos grupos empresarios, nuevas instituciones financieras y nuevos instrumentos de presión. Pero la discusión de fondo permaneció.
Por eso 1945 no fue el comienzo. Fue un momento decisivo de esa historia. Quizás con ello comienza la historia del presente. Braden o Perón condensó entonces una disputa que excedía largamente a dos personas. De un lado, una concepción de la Argentina integrada a un orden internacional donde los intereses de las grandes potencias y de los sectores económicos dominantes tenían un lugar privilegiado. Del otro, un proyecto que colocaba al Estado, al trabajo y a la soberanía económica en un lugar diferente.
En 1955, el golpe contra Perón y la posterior proscripción del peronismo demostraron que la disputa no terminaba con una elección. No se proscribió solamente a Perón. Se intentó excluir de la vida política a una identidad que representaba a millones de argentinos.
La proscripción fue, en ese sentido, mucho más que la prohibición de una candidatura. Fue el intento de impedir que una parte de la sociedad pudiera expresar políticamente un determinado proyecto de país.
Veintiún años después, en 1976, las Fuerzas Armadas volvieron a convertirse en instrumento de una transformación profunda del modelo económico y social. El terrorismo de Estado no fue solamente una tragedia política y humanitaria. También produjo las condiciones para una reestructuración económica que favoreció la concentración, la especulación financiera y el debilitamiento del poder organizado de los trabajadores. Los militares hicieron el trabajo sucio. Y cuando dejaron de ser necesarios, fueron abandonados. El poder económico no fue con ellos a la cárcel.
Después llegaron otros instrumentos. Ya no fueron necesarios los uniformes. Llegaron los economistas, los tecnócratas, los organismos financieros, las reformas estructurales y los gobiernos democráticos que aplicaron políticas de apertura, privatización, endeudamiento y concentración.
Algunos dirigentes fueron celebrados mientras fueron funcionales. Cuando dejaron de serlo, fueron reemplazados. Porque el poder económico no tiene amigos. Responde a intereses: tiene instrumentos. Y cuando un instrumento deja de servir a sus intereses, se reemplaza.
Por eso resulta tan interesante observar lo que está ocurriendo hoy alrededor de Javier Milei. Durante su gobierno, buena parte del poder económico acompañó sus políticas. El ajuste, la desregulación, la apertura, el debilitamiento del Estado y la transferencia de recursos hacia sectores concentrados eran, para muchos, condiciones necesarias para transformar la Argentina.
Pero ahora aparece una contradicción. La política económica comienza a producir aquello que puede poner en riesgo el propio proyecto: una sociedad con dificultades crecientes para llegar a fin de mes, familias endeudadas, caída del consumo, pérdida de empleos e incertidumbre.
Entonces el problema deja de ser solamente social. Se convierte en político. Porque la crisis les puede hacer perder las elecciones. Y cuando el instrumento político comienza a convertirse en un riesgo para la continuidad del modelo, el poder empieza a tomar distancia.
Por eso decir que “el riesgo o el enemigo es Milei” puede describir una circunstancia. Pero no alcanza para explicar el fenómeno. Milei puede ser reemplazado pero el poder económico seguirá allí.
Y aquí aparece una discusión que también atraviesa hoy al peronismo. En un reciente plenario provincial de Peronismo por la Provincia de Buenos Aires se escuchó: “no hay que confundirse, nuestro enemigo es Javier Milei”.
La consigna puede ser válida como orientación electoral. Pero si queremos construir una alternativa de gobierno, necesitamos algo más. Milei es nuestro adversario circunstancial. No necesariamente es nuestro enemigo estratégico.
Si mañana Milei desapareciera de la escena política, seguirían existiendo los grandes grupos económicos, el capital financiero, los condicionamientos externos, la concentración de la riqueza y las ideas que sostienen que el Estado debe subordinarse a los intereses del mercado.
Por eso la unidad del peronismo es indispensable. Pero no cualquier unidad. No necesitamos una unidad boba, construida solamente alrededor del rechazo a Milei. Necesitamos una unidad política y programática. Una unidad que no se pregunte solamente cómo ganar una elección, sino para qué queremos ganarla.
¿Qué modelo productivo queremos? ¿Qué papel debe tener el Estado? ¿Cómo recuperamos el poder adquisitivo del trabajo? ¿Qué hacemos con la deuda y el condicionamiento financiero? ¿Cómo defendemos nuestros recursos naturales? ¿Cómo reconstruimos una sociedad con movilidad social y oportunidades?. La unidad que necesitamos no es solamente la unidad de los dirigentes. Es la unidad de un programa que nos ordene.
Porque podemos construir una gran coalición electoral para derrotar a Milei y, sin embargo, volver a administrar las mismas contradicciones que nos trajeron hasta acá.
Y aquí aparece otra palabra que vuelve a nuestra historia: proscripción. La proscripción de Cristina Fernández de Kirchner no puede analizarse solamente como la exclusión de una dirigente. La pregunta es otra: ¿Quiénes son los verdaderos proscriptos?
En 1955 no se proscribió solamente a Perón. Se intentó proscribir una identidad política y social. Hoy, si Cristina Kirchner está impedida de competir electoralmente, existe una dimensión personal y jurídica que debe ser discutida. Pero también debemos preguntarnos si detrás de su exclusión existe algo más profundo: el intento de impedir que una determinada tradición política vuelva a disputar democráticamente el rumbo de la Argentina.
Porque Cristina puede ser proscripta. Pero ¿pueden proscribirse las ideas que representa? ¿Pueden proscribirse los trabajadores que se reconocen en ellas? ¿Puede proscribirse la idea de un Estado que intervenga para distribuir, producir y garantizar derechos? ¿Puede proscribirse una concepción de soberanía económica? Tal vez allí esté el verdadero sentido de la pregunta.
Los verdaderos proscriptos no siempre son aquellos a quienes se les impide ser candidatos. A veces son los sectores sociales cuya representación se intenta excluir de la discusión política.
Porque los garantes de la democracia no son los gobiernos ni los poderes del Estado. Mucho menos un poder judicial que, por definición, debe estar sometido a la Constitución y a las leyes. El verdadero garante de la democracia es el Pueblo.
Es el pueblo, mediante el voto, quien legitima o no a un candidato. Es el pueblo quien decide quién debe gobernar y quién debe permanecer en la oposición. La democracia no consiste en garantizar que gobierne quien consideramos mejor, sino en garantizar que la ciudadanía pueda elegir libremente entre quienes tienen derecho a presentarse
Cuando a una parte de la sociedad se le impide elegir a quien considera su representante, no solamente se afecta el derecho de esa persona a ser candidata. Se afecta también el derecho de quienes quieren votarla. Por eso la pregunta vuelve a ser inevitable: ¿quiénes son los verdaderos proscriptos?
Quizás no sea solamente Cristina Fernández de Kirchner. Quizás sean también los millones de argentinos cuya voluntad política se pretende condicionar, limitar o excluir antes de que puedan expresarla en las urnas. Porque en democracia nadie debería necesitar que otro poder decida por el pueblo quién puede representarlo. La última palabra debe tenerla el Pueblo, con su voto.
Y si tenemos miedo de que el Pueblo elija algo que no queremos, entonces el problema no es el Pueblo. El problema es nuestra concepción de la democracia.
Por eso tampoco alcanza con levantar la bandera de Cristina Libre. Esa bandera es necesaria frente a una proscripción que no puede naturalizarse. Pero debe estar acompañada de una discusión mucho más profunda: ¿qué proyecto de país queremos?
Cristina, indudablemente, es una referencia política fundamental. Pero ningún proyecto nacional puede depender exclusivamente de una persona. Necesitamos recuperar la política como construcción colectiva.
Porque la disputa no comenzó con Milei. Ni comenzó con Cristina. Ni siquiera comenzó con Perón. Viene de mucho antes. Viene de las primeras discusiones sobre quién debía conducir la organización nacional. Viene de la relación entre el Estado argentino y el capital extranjero. Viene de las luchas por la distribución de la renta, por la tierra, por el trabajo y por la soberanía.
Los nombres cambian. Los instrumentos cambian. Los métodos también. El público se renueva. Pero la disputa permanece. Por eso la memoria resulta tan incómoda. Porque recordar no es solamente saber qué ocurrió. Es poder reconocer intereses, identificar beneficiarios, comprender alianzas y advertir cuándo una vieja discusión vuelve a presentarse con nuevos nombres.
Cuando una sociedad pierde la memoria, el pasado puede volver disfrazado de futuro. Y quizá esa sea la verdadera batalla de nuestro tiempo.
No solamente derrotar a Milei. No solamente recuperar el gobierno. Sino construir una unidad capaz de transformar el poder y no simplemente reemplazar a quien circunstancialmente lo administra.
Porque Milei puede ser reemplazado. Los instrumentos pueden cambiar. Pero si no cambiamos el modelo de país, el poder que los utiliza siempre encontrará otro. Tenemos una tarea que va mucho más allá de organizar candidaturas, tenemos que reconstruir esperanza. Porque sin esperanza no hay proyecto colectivo. Sin proyecto colectivo, la política se convierte en una disputa de aparatos. Y cuando la política se reduce a eso, el desencanto se profundiza y la apatía se apodera de las personas.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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