Elecciones 2027: la abstención puede ser una consecuencia de la frustración
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La dirigencia política comienza a ordenar sus piezas para 2027: candidaturas, alianzas, encuestas y estrategias electorales. Pero hay una pregunta que casi no aparece: ¿qué está pasando con una sociedad cada vez más desencantada de la política?.

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Columna de Opinión
Por: José “Pepe” Armaleo*
Mientras la dirigencia política, sin importar el color político, comienza a mover sus piezas pensando en 2027, buena parte del análisis público se concentra en las candidaturas, las alianzas, las encuestas y las posibilidades de cada espacio. Se habla de quién puede ser candidato, de quién puede sumar a quién, de un eventual tercer espacio y de las estrategias necesarias para llegar al balotaje.
Todo parece reducirse a una pregunta: ¿quién puede ganar? Pero quizás esa no sea la pregunta más importante. Porque en 2027 no estarán en juego solamente candidaturas. Lo que estará en disputa será algo mucho más profundo: dos modelos de país y dos maneras diferentes de entender la sociedad, el Estado, la economía y el lugar de las personas en ella.
De un lado, el actual proyecto que sostiene que el mercado debe ordenar la vida social, que el Estado debe reducirse y que los derechos pueden quedar subordinados a la lógica económica. Del otro, la posibilidad de reconstruir un modelo basado en el trabajo, la movilidad social ascendente, la producción, la comunidad, los derechos, la soberanía y un Estado capaz de orientar el desarrollo.
Pero hay una cuestión que casi no aparece en las discusiones sobre 2027: ¿qué está pasando con el pueblo? Mientras los dirigentes ordenan sus alianzas y las encuestas distribuyen porcentajes, existe una sociedad atravesada por el desencanto. Personas que votaron distintas opciones, que esperaron respuestas y que, después de años de frustraciones, comenzaron a sentir que la política habla demasiado de sí misma y demasiado poco de sus problemas concretos.
No necesariamente se hicieron mileístas. Tampoco necesariamente se volvieron peronistas, radicales, macristas o partidarios de una tercera alternativa. Simplemente dejaron de creer. Y ese desencanto puede convertirse en una de las variables decisivas de 2027. Porque el problema ya no es solamente a quién votarán los desencantados. La pregunta es si muchos de ellos decidirán concurrir a votar.
La abstención puede ser una consecuencia silenciosa de la frustración. No necesita una organización ni una consigna. Puede expresarse simplemente en la decisión de quedarse en casa porque “son todos iguales”, porque “nada va a cambiar” o porque la política dejó de ser percibida como una herramienta capaz de transformar la vida cotidiana.
Y allí aparece una paradoja: mientras la dirigencia se prepara para una gran batalla electoral, una parte de la sociedad puede estar retirándose de esa batalla. Por eso no alcanza con pensar 2027 desde la ingeniería electoral. No alcanza con discutir candidaturas, alianzas, PASO, boletas o balotajes. Tampoco alcanza con construir una oposición cuyo único argumento sea impedir la continuidad del actual gobierno.
Hay una pregunta anterior: ¿para qué queremos ganar? Si la respuesta es solamente ganar una elección, probablemente no sea suficiente para recuperar la confianza de quienes dejaron de creer. Si, en cambio, existe un proyecto de país capaz de devolverle sentido a la política, entonces la elección puede transformarse en algo diferente: no solamente en una disputa por el poder, sino en una oportunidad para reconstruir un vínculo roto entre la sociedad y la política. Porque quizás el verdadero desafío de 2027 no sea conquistar al electorado, sino recuperar a la persona.
Recuperar a aquel que alguna vez creyó que su voto podía cambiar las cosas y hoy siente que no vale la pena. Recuperar a quien mira la política desde afuera porque dejó de sentirse representado. Recuperar, también, la idea de que participar no significa simplemente elegir entre nombres, sino intervenir en el destino colectivo, que tu acción puede torcer el rumbo de la historia de tu pago chico. Y esto plantea una responsabilidad enorme para quienes pretenden construir una alternativa.
Hace unos días, Giga Carrillo, docente jubilada -aunque quienes alguna vez enseñaron sabemos que de la docencia quizá nunca se jubila uno-, preocupada por el devenir de nuestra sociedad, me acercó una frase del padre Pablo Tissera que resume buena parte de lo que estamos planteando: “somos responsables de su esperanza”. No es una frase menor. Obliga a mirar el desencanto desde otro lugar.
No podemos responsabilizar únicamente a la sociedad por haber perdido la confianza. También debemos preguntarnos qué hicimos para producirla. Qué promesas incumplimos. Qué distancias construimos. Qué intereses priorizamos. Qué debates internos nos alejaron de las preocupaciones de la gente.
Pero ser responsables de su esperanza significa también no resignarnos frente a su pérdida. Significa volver a hablar de futuro cuando todo parece reducido al presente. Significa ofrecer un proyecto y no solamente una candidatura. Significa explicar qué país queremos construir y qué lugar tendrá cada persona en él.
Porque 2027 no debería ser solamente la elección entre dirigentes. Debería ser una discusión sobre qué sociedad queremos ser. Y para que esa discusión pueda darse necesitamos que el pueblo vuelva a sentirse protagonista.
No podemos pedirle que vuelva a confiar en la política si la política no demuestra que aprendió de sus propios errores. No podemos convocarlo solamente para votar cada dos o cuatro años. Y no podemos pretender que defienda un proyecto colectivo si previamente no le mostramos que ese proyecto también está dispuesto a defenderlo a él.
La política tiene una tarea que va mucho más allá de organizar candidaturas: reconstruir esperanza. Porque sin esperanza no hay proyecto colectivo. Sin proyecto colectivo, la política se convierte en una disputa de aparatos. Y cuando la política se reduce a eso, el desencanto se profundiza.
En 2027 se decidirá quién gobierna, pero también qué modelo de país prevalece. Y quizás haya una decisión todavía más profunda que dependerá de nosotros: si conseguimos que quienes hoy están desencantados vuelvan a sentir que vale la pena participar para decidir su propio futuro.
Porque la apatía no es neutral. Cuando decidís no participar, otros deciden por vos.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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