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Cuando el escándalo ya no escandaliza

  • Foto del escritor: Editorial Tobel
    Editorial Tobel
  • hace 8 minutos
  • 5 Min. de lectura

Trata de personas, mentiras globales, operaciones contra el Papa y una Argentina que entrega todo a cambio de nada. No es una suma de noticias sueltas: es un modo de dominación que se volvió sentido común.

 

"Karina 3%", el procesado Dario Spagnolo y Mlei


Columna de Opinión
Por: José °"Pepe" Armaleo

Que los poderosos del mundo trafiquen personas.


Que una red de abuso sexual involucre a empresarios, políticos y servicios de inteligencia.


Que se planifiquen operaciones para disciplinar o derribar a un Papa que molesta.


Que la Argentina firme acuerdos donde entrega soberanía, recursos y decisión política sin recibir nada concreto a cambio.


Todo eso está a la vista. Se publica. Se comenta. Se comparte. Y, sin embargo, NO PASA NADA.


Ese es el verdadero triunfo del poder en estos tiempos: no necesita ocultar sus crímenes, porque logró algo más profundo y más peligroso. Logró que incluso lo intolerable deje de provocar una reacción colectiva.

Antonio Gramsci llamaba a esto hegemonía cultural. Dicho en forma simple: cuando los de arriba consiguen que su forma de ver el mundo sea aceptada como “normal”, como “lo que hay”, incluso por quienes salen perjudicados. No se trata sólo de fuerza o represión, sino de convencer, de acostumbrar, de domesticar.


Hoy vivimos en una época donde todo se sabe, pero nada conmueve lo suficiente como para cambiar las cosas. Los escándalos duran lo que dura una tendencia en redes. La indignación se consume rápido. La mentira ya no necesita ser creíble: le alcanza con ser permanente o, como dice un amigo, alcanza con que sea verosímil.


Así, la trata de personas se vuelve una noticia más. Epstein deja de ser un símbolo de un sistema podrido y pasa a ser un nombre del pasado. Las operaciones políticas internacionales se leen como conspiraciones lejanas. Y la entrega del país se presenta como realismo, como única salida posible.


En la Argentina esta lógica se vive con crudeza. Se firman acuerdos que comprometen el futuro, se cede margen de decisión, se aceptan condiciones que empeoran la vida cotidiana y todo eso se justifica con una frase conocida: “no hay alternativa” o “no hay salida”. Esa idea, repetida hasta el cansancio, es una de las herramientas más eficaces de la hegemonía.


Cuando se instala la creencia de que no se puede hacer otra cosa, la política se vacía. Ya no se discute qué país queremos, sino cuánto estamos dispuestos a perder sin protestar. La resignación se disfraza de madurez. La dependencia se vende como pragmatismo.


El problema es que este rulo -escándalo, saturación de información, indignación fugaz, olvido- no es inocente. Desgasta, cansa, desarma. Nos hace sentir solos frente a problemas enormes. Nos empuja a pensar que nada vale la pena, que todos son iguales, que no tiene sentido organizarse ni pelear por algo distinto.


Salir de ese rulo no es sencillo, pero tampoco es imposible. El primer paso es dejar de aceptar como naturales decisiones que son profundamente políticas. Entender que lo que se presenta como técnico, inevitable o moderno es, muchas veces, una elección que beneficia siempre a los mismos.


El segundo paso es volver a unir la denuncia con una idea de futuro. Criticar sin proponer termina reforzando el cinismo. Cada vez que señalamos una injusticia, deberíamos animarnos a preguntar cómo sería vivir de otra manera, qué país podríamos construir si decidiéramos priorizar la dignidad, el trabajo y la soberanía.


Y el tercer paso, tal vez el más importante, es recuperar lo colectivo. El poder actual apuesta a individuos aislados, cansados, desconfiados entre sí, potencia el individualismo como forma de fragmentación -dividir para reinar- y nos empuja a competir donde deberíamos organizarnos. Frente a eso, vuelve a cobrar sentido una idea central del peronismo: la comunidad organizada, donde el Estado, las organizaciones libres del pueblo y la sociedad actúan de manera articulada, poniendo en el centro a la persona y no al capital, no para anular al individuo, sino para darle un lugar, una voz y un horizonte común. Sin comunidad no hay proyecto; sin comunidad, no hay proyecto; sin organización, no hay futuro posible.

Gramsci decía que hacía falta combinar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. No para consolarnos, sino para actuar. Porque entender cómo funciona el poder y no hacer nada con ese conocimiento también es una forma de rendición.

Hoy el problema no es la falta de información, sino la falta de decisión colectiva. Sabemos que nos mienten, sabemos que nos saquean, sabemos que nos subordinan. Lo que todavía no resolvimos es qué hacemos con todo eso. Mientras tanto, el rulo sigue girando: escándalo, bronca, cansancio, olvido. Y en cada vuelta se pierde un poco más.


Romper ese rulo exige algo más que indignación. Exige organización, conflicto, proyecto (y digo conflicto porque no hay transformación política sin disputa real de intereses. Y disputar intereses siempre genera conflicto, aunque se lo intente esconder con palabras amables). Y esto exige volver a creer —y sobre todo volver a practicar— la comunidad organizada como una herramienta viva, no como una consigna del pasado. Comunidad para defender lo común, organización para disputar poder real, proyecto para que la bronca no se diluya ni sea usada por los mismos de siempre.


Nada de esto va a venir de arriba ni por delegación. No hay líderes providenciales ni soluciones mágicas. Pero tampoco alcanza con administrar espacios, cuidar sellos o disputar lugares en listas mientras el país se vacía. Una parte importante de la dirigencia parece estar esperando que aparezca alguien que sintetice, ordene y organice desde afuera, como si la política pudiera suspenderse hasta nuevo aviso. Esa espera es una forma de parálisis. Y el problema es que las necesidades de nuestro pueblo no esperan: avanzan la pobreza, la exclusión y la entrega mientras se dilatan las decisiones.


Del mismo modo, la militancia no puede quedar atrapada en la lógica de la espera, la obediencia sin debate o la defensa automática de estructuras que ya no interpelan. Militar no es repetir consignas ni cerrar filas para sobrevivir; militar es incomodar, exigir, empujar, abrir discusiones y volver a conectar la política con la vida real de nuestro pueblo.


Lo que está en juego no es una interna ni un recambio de nombres. Es una disputa abierta entre resignarse o reconstruir, entre aceptar el saqueo como destino o volver a plantarse como pueblo. Y esa decisión no se toma en un despacho ni en una mesa chica: se construye en el territorio, en la organización, en el conflicto y en el proyecto compartido. Porque la hegemonía no se sostiene solo con acuerdos internacionales, medios concentrados o poder económico. Se sostiene, sobre todo, cuando logran convencernos de que no vale la pena pelear.


Y si alguna vez aceptamos eso, entonces sí, habrán ganado del todo.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudios Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

 
 
 
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