Vi al Diego, y no me anime

Fue un encuentro casual en Aeroparque, en la sala de embarque. Compartimos el mismo banco


Por: Rubén Mundel*

En la cancha Diego era lo que quería ser. Un genio de la aritmética, un sabio que administraba la ley de la gravedad con la cabeza, los pies y el corazón. Que jugaba con los números como si el pasto fuera un pizarrón. Lo mirábamos para saber cómo podía resolver las líneas cruzadas y el salía por arriba. Lograba que las paralelas se juntaran. En la cancha él era lo que queríamos que sea. Era como un alquimista que hacía que la tristeza se convirtiera en alegría en las calles de la villa como en los bares de recoleta. Convocaba a los músicos, a los intelectuales, a los investigadores, a los artistas, a borrachos, a la oligarquía, al socialista, a los anarquistas. A los radicales y a los peronistas.


Maradona fue un genio en la cancha, un ídolo popular y fue lo que fue. Y lo que pudo fuera de la cancha. Lo que pudo haber sido fuera de la cancha, fue mi deseo, mi dolor. Así fue mi relación con Maradona.

Alegría en la cancha, dolor fuera del campo. Lo que pudo ser fuera de la cancha fue un dolor profundo en mi corazón, quizás porque como él también me crie en una villa, de solo verlo con su corazón abierto, como en la cancha, sin encontrar el equilibrio, la aritmética, la gravedad que encontraba con tanta facilidad en el futbol. Buscaba fuera de la cancha la felicidad esquiva, y se agarraba de lo que podía. A veces del desorden, de las cosas efímeras, de la droga. Errores, sí, tuvo muchos. Fuera de la cancha era un ejemplo: ¡No!.


Yo quería que fuera otro Diego. Un Diego que no vivieran las experiencias negativas. Que no dejara a sus hijos, que no fuera la expresión de una cultura machista, que tuviera otros amigos, otra junta como decimos en el barrio. Pero era mi deseo. El fuera de la cancha era él, sin poder expresar todo lo que sabía expresar en la cancha. Era como a veces somos los que vivimos y nos criamos en una familia pobre que emigro con su cultura y su esperanza del interior y que se radicó en una villa. Está bien, NO!.


Cada tanto nos sale el villero que tenemos adentro. Bailamos cumbia, cantamos a Rodrigo, la negra Sosa, los Nocheros, Sandro, Leonardo Fabio, también leemos a Borges, a Marechal a Dolina, a Cesar Pavece, a Miguel Hernández, a Federico García Lorca, a Unamuno, a Cortazar,a Carlos Fuentes y a Octavio Paz , a Jaime Sabines, a Galeano, a Benedetti,a Nietzsche, Tolstoy, a Neruda, al principito del francés Antoine de Saint-Exupér y a tantos otros. Algunos más a otros menos. Pero lo que importa es Diego. Fuera de la cancha su experiencia no fue una cuenta exacta. Quien la tiene saldada en esta vida. Difícil No?.

Sobre todo para los que nacen con una estrella y un techo de chapas llena de agujeros sobre sus cabezas, y no es esa precisamente la imagen del pesebre, no era un dios.

Lo se lo tuve cerca de mí. Sentado los dos solitos, el leyendo un diario, yo mirándolo de reojo, como asustado y preocupado miraba sus manos, no sus pies. Descubrí unas manos cuyas formas conocía bien. Tan parecidas a un destino que tan bien conocía bien. Y allí vi al Diego humano, el que lucho desde la pobreza para ser lo que sintió que vino hacer, lo que soñó que quería ser. En la cancha, fuera de la cancha no sé si lo sabía, creo que no, que se agarró de la pelota como a la vida. No apruebo sus equivocaciones. Pero quien sabe del dolor de la pobreza y de vivir en una villa de emergencia y de familias con carencia y adiciones, sabe lo difícil que es salir entero.


Su muerte me puso triste. Me quedo envuelto en mi tristeza para despedir a Diego. Como aquella vez, el Aeroparque cunado Diego esperaba embarcarse para ir a dirigir a Mandiyú. Lo ví, no me atrevía a pedirle autógrafo. Me quedé emocionado, superado ante el culto máximo del fútbol. Para qué, me dije. Con mi emoción y el recuerdo de este encuentro me alcanza. Los dos solos, en la sala de espera de Aeroparque en el que él esperaba su vuelo y yo, que por bolado, por mis llegadas tarde a todos lados, había perdido mi vuelo. Quizás para vivir este pequeño momento con el ídolo, quizás fue así.

*Rubén Mundel: Dirigente social, periodista en medios financiero. Vecino de San Isidro.