Selección y realidad nacional: represión en CABA y festejos en el resto del país; oportunismo presidencial
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Tras la agonía y la salida de terapia, millones de personas se desahogaron en cada rincón de la patria.

El sufrimiento, la interminable agonía que atrapó al país todo hasta que finalmente el árbitro marcó la finalización del partido, quedará registrado en la historia deportiva mundial. El país estalló en un solo grito, el tradicional “Vamos Argentina, carajo”. Sólo la innecesaria represión orquestada por el gobierno de la Ciudad (CABA) y la aparición (oportunista y guionada) del presidente Milei intentando sacar provecho del resultado empañaron la jornada.
Más allá de estas dos cuestiones, y luego de que los médicos le dieran el alta a millones de argentinos que estaban en terapia a la espera de revertir el resultado, cosa que finalmente sucedió -se venció a Egipto por 3 a 2 tras rematar, la selección nacional, un 2 contra 0-, con el alta médica la población ganó la calle. La ganó a lo largo de todo el país dando muestra de un gran desahogo. A la luz de los acontecimientos fue terapéutico, sanador.
Fue el resultado, la noticia más esperada en un país donde más de 26.000 empresas debieron cerrar sus puertas. Más de 310.000 personas quedaron sin empleo. La precarización laboral es naturalizada y legalizada por el gobierno a través de la nueva ley laboral. El Poder Judicial dista de ser justo. Muy por el contario. Es tan opaco y corrupto como lo son las máximas autoridades que habitan la Casa Rosada. Es el propio Indec quien da cuenta que de 17 sectores que mide, 12 dieron negativo. El horizonte no alienta a esperanza para millones de personas.
Sin embargo, la selección nacional puso de relieve que la única lucha que se pierde es la que no se libra. Cada uno de los jugadores, aún en lo más profundo de la desazón que produjo el 2 a 0, supo que la única manera de salir del pozo era para arriba. Espalda con espalda, codo a codo, tendiendo la mano, gambeteándola; pegándole para adelante. Yendo por más.
La selección revirtió un resultado ante un gran rival, Egipto, que demostró que no hay equipos chicos o grandes. La selección no jugó bien ciertamente. Sin embargo, en esto de rescatar mística, historia y pasión deportiva el equipo supo volver a estas viejas y exitosas recetas. Ratificó que lo viejo funciona. Los pibes lo entendieron y lo demostraron en la cancha. La gente, el pueblo ganó en la calle, disfrutó y se desahogó. Dejó de lado la realidad que lo acecha. También descreyó del chamuyo oportunista del presidente.















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