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Oscuridad informativa para reflexionar

  • Foto del escritor: Editorial Tobel
    Editorial Tobel
  • 2 ene
  • 4 Min. de lectura

En un mundo hiperinformado y con millones de personas pésimamente formadas, donde la brutalidad, ignorancia, crueldad y el odio son naturalizados a partir de un par de “me gusta” o de un influencer de turno, y avalado desde las máximas esferas del poder, desconectarse, hacer una pausa de las pantallas se torna necesario.



Desde hace décadas estamos asistiendo a un mundo hiperinformado e invadido por redes sociales. Ninguna novedad. La irrupción de internet, como punto de partida, dio paso a una nueva modalidad comunicacional. A un nuevo lenguaje. A una nueva manera de relacionarse y generar vínculos sociales: lograr un millón de amigos. Es uno de los objetivos comerciales que tienen las redes sociales donde todo está permitido. Hasta la brutalidad más extrema y el odio más repudiable que uno imagine.


Dentro de este marco internacional, el capitalismo financiero, de servicios o el “tecnofeudalismo” al decir del economista Yanis Varoufakis, desplazó al tradicional esquema productivo. Hoy se habla del “capitalismo de la nueve”. Es el que recauda billones de dólares a través de las plataformas: X, Yahoo, Facebook, Tik Tok, entre otras. Y ahora la IA (Inteligencia Artificial).

La información mundial pasa por esta suerte de estaciones de peaje. Además, y ese es el meollo de la cuestión, estas estaciones son las que direccionan el tránsito a través de los algoritmos. Lo hacen sometiendo conciencia y acumulando ganancias en billones. Son “depredadores” parafraseando al escritor Giuliano Da Empoli.


Dios está muerto por lo tanto todo está permitido, disparó el filósofo Friedrich Nietzsche (fallecido en 1900), frase que bien podría ser mutada para comprender por qué en la redes sociales la brutalidad, ignorancia, crueldad y el odio son naturalizados a partir de un par de “me gusta”. Son redes donde no existen leyes. lLos dueños no permiten que las regulen, que las orden.


Ellos manipulan los algoritmos y direccionan pensamientos y preferencias electorales tal cual se denunció e investigó en Reino Unido. La situación no pasó de ahí, de la denuncia pública. Los dueños de las redes continúan apretando y direccionando a la sociedad hacia donde ellos quieren. Con sólo pensar en voz alta o escribir dónde veranear, de manera inmediata nos invaden con propuestas turísticas. Del mismo modo operan para convalidar pensamientos y posicionar a candidatos. En todo el mundo y con una particularidad: son figuras de extrema derecha. Viscerales, portadores de mensajes cargados de odio, de revanchismo, de insultos. Alientan la división social, la grieta. Dicen -lo expresan en las redes y cuando les toca el turno de gobernar-, odiar la política en todas sus expresiones.


Son la resultante de los algoritmos. Se muestran, y con orgullo, distantes de un pensamiento crítico. No son tolerantes. No debaten, imponen. Son violentos y autoritarios. Son el producto de un cambio de época que el neoliberalismo descubrió y es funcional a sus intereses: sacar a la política como ordenadora y mediadora de la injusticia entre el capital y el trabajo. Por eso intentan apartar al sindicalismo. No por casualidad crearon la figura del emprendedor, del dueño o socio de plataformas, léase RAPPI, Uber o cualquier otra.


En este mundo hiperinformado y pésimamente formado, donde todo se reduce a un zócalo de TV o lo que marca un exitoso “youtuber” que puede decir barbaridades como que el cambio climático es un invento o que la tierra es plana. Peor aún, las vacunas son venenos, sin embargo, inyectan a sus mascotas. Son los boludos útiles, muchos de ellos con títulos, que no se atreven a tener un pensamiento crítico propio. Son los que no hurgan más allá de los mensajes del zócalo o lo que dijo el influencer de turno. No se puede educar por redes sociales. Aún cuando es la intención de estos verdaderos dueños del mundo


No se trata de salir de las redes. El concepto es utilizar dicha herramienta de manera criteriosa, que contribuya a mejorar la convivencia social y elevar el pensamiento crítico frente al sometimiento que imparten los algoritmos. De ahí la importancia de un Estado que actúe como regulador, como filtro cuando la imbecilidad, la mentira y el engaño le ganan a la verdad. La Francia de Macron acaba de presentar un proyecto para prohibir el acceso a redes de niños entre 13 y 15 años de edad. También el ingreso de celulares a las escuelas. 


La intención de estas líneas no es otra que arrancar el año comprendiendo que no es necesario estar todo el día prendido a la pantalla del celular. Comprender que la humanidad creció y desarrolló, aún con las miles de atrocidades conocidas, bajo un paraguas de conocimiento científico y racional.

 

Es necesario hacer pausas, detenerse para pensar, analizar, estudiar, profundizar en los libros escuhar a los que saben de verdad; alimentar el ocio creativo. Y, sobre todo, comprender que no hay fuerzas mágicas, ni del cielo o pastores mediáticos que recreen la cultura del encuentro, del abrazo, de la tolerancia y respeto en la diversidad si no es mirándonse a los ojos.


La democracia tradicional está en peligro. Del mismo modo que la degradación institucional y social. Sólo se trata de no entregarse y garantizar que los algoritmos no nos dominen. Millones de seres humanos, por fortuna, están dando la batalla cultural contra estos "pensamientos" surgidos de un puñado de caracteres y repliacados hasta el cansancio por falsos profetas que le hacen creer que son leones.

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