El sentido de la lealtad en tiempos de hambre y bajo la reflexión del Papa León XIV
En el Día de la Lealtad Peronista, las palabras del papa León XIV sobre el hambre en un mundo capaz de producir alimentos suficientes nos interpelan también como argentinos. ¿Cómo puede un país que alimenta al mundo condenar a parte de su propio pueblo a elegir entre comer, comprar medicamentos o llegar a fin de mes? Y frente a esa realidad ¿qué significa llamarse peronista mientras se acompaña, por acción u omisión, una política que golpea a los más vulnerables?

Columna de opinión
Por: José "Pepe" Armaleo*.-
Hay palabras que, pronunciadas en determinados momentos, dejan de pertenecer exclusivamente a quien las dice y se convierten en una interpelación colectiva. Cuando León XIV denuncia que el hambre persiste en un mundo de avances tecnológicos sin precedentes y sostiene que no se trata solamente de un problema económico o técnico, sino de una profunda crisis ética, sus palabras resuenan mucho más allá de los límites de la Iglesia. También nos hablan a los argentinos. Y, en este 17 de octubre, nos obligan a revisar el significado de una palabra inseparable de nuestra historia política: LEALTAD.
El Papa señala una contradicción intolerable: el progreso avanza, la tecnología multiplica las posibilidades de producción y, sin embargo, millones de personas siguen sin acceder a una alimentación adecuada. El hambre no es una fatalidad inevitable. Detrás de ella hay decisiones, intereses y responsabilidades políticas. Porque producir riqueza no garantiza que esa riqueza llegue a quienes la necesitan. Y cuando el alimento existe, pero no puede comprarse, el problema ya no es cuánto produce una sociedad sino cómo organiza la distribución de sus recursos y a quiénes beneficia con sus decisiones.
La Argentina es un ejemplo doloroso de esa contradicción. Somos un país productor y exportador de alimentos, con capacidad para abastecer a una población muy superior a la propia. Sin embargo, hay familias que no llegan a fin de mes, trabajadores que, en el mejor de los casos, deben hacer cuentas para llegar a fin de mes y jubilados que enfrentan una disyuntiva indigna: comprar los medicamentos que necesitan o destinar ese dinero a comer. Hay chicos cuya alimentación no satisface sus necesidades de crecimiento y desarrollo y otros que llegan a la desnutrición. Y detrás de cada cifra hay personas, historias y futuros que se deterioran.
¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser que en una tierra capaz de alimentar a tantos haya argentinos que no tengan garantizado el plato de comida de cada día?.
No alcanza con responder que faltan recursos. Tampoco alcanza con invocar las leyes del mercado como si fueran fenómenos naturales sobre los cuales la política no tuviera ninguna responsabilidad. Las prioridades presupuestarias, los salarios, las jubilaciones, las políticas de producción, los mecanismos de protección social y las decisiones sobre quién paga los costos de una crisis son decisiones humanas y políticas. Y, por lo tanto, pueden y deben ser discutidas, cuestionadas y modificadas.
León XIV lo plantea con claridad: “el acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano fundamental y garantizarlo constituye una obligación de justicia. El pan -o los ATN- no puede convertirse en un privilegio ni utilizarse como instrumento de presión . Mucho menos puede aceptarse que la pobreza de unos sea presentada como un sacrificio necesario mientras otros concentran los beneficios de un modelo económico”.
En la Argentina, esta reflexión adquiere una dimensión particular, pero sobre todo cada 17 de octubre. El Día de la Lealtad recuerda la movilización popular de 1945, cuando miles de trabajadores irrumpieron en la escena política para reclamar la libertad de Juan Domingo Perón y defender derechos que habían comenzado a transformar sus vidas. Aquella jornada no fue una ceremonia de obediencia: fue la expresión de un pueblo que se reconoció protagonista de su destino.
La lealtad peronista nació ligada a esa experiencia histórica. Su sentido más profundo no puede separarse de los trabajadores, de los derechos conquistados, de la justicia social y de la convicción de que ninguna persona debe quedar condenada a la exclusión. No se trataba ni se trata simplemente de adherir a un hombre, sino de reconocer a un pueblo como sujeto de derechos y como protagonista de la historia.
Por eso, hoy la pregunta resulta inevitable. ¿Qué significa ser peronista cuando se votan leyes que deterioran las condiciones de vida de los trabajadores? ¿Qué significa reivindicar esa historia cuando se respaldan decisiones que reducen la protección social, debilitan los ingresos populares o convierten derechos conquistados en privilegios prescindibles?
Y hay otra forma de actuar que merece la misma reflexión: la omisión. Porque la responsabilidad política de nuestros legisladores no se expresa únicamente al levantar la mano. También se manifiesta cuando no se dan quorum, cuando se elige no estar, cuando se permite que una decisión avance sin asumir públicamente sus consecuencias. Cada legislador tendrá sus argumentos y cada circunstancia deberá analizarse en concreto. Pero ninguna identidad partidaria puede funcionar como una excusa para eludir la responsabilidad frente al pueblo que se dice representar.
Entonces, ¿lealtad a quién? ¿A un dirigente, a una estructura partidaria, a una conveniencia electoral, a los intereses económicos que reclaman sacrificios ajenos? ¿O lealtad a los trabajadores, a los jubilados, a quienes no llegan a fin de mes y a los/las pibes y pibas cuya alimentación condiciona su futuro?
No se trata de reclamar obediencia ciega ni de negar la legitimidad de las diferencias políticas. Se trata de recuperar un principio elemental: la representación popular obliga a responder por las consecuencias de las decisiones que se toman, pero también por aquellas que se permite que otros tomen.
El peronismo puede discutir sus liderazgos, sus estrategias y sus errores. Debe hacerlo. Pero hay una discusión anterior, más profunda, que no admite atajos: qué intereses defiende y a qué pueblo pretende representar. Porque una doctrina que pierde de vista al Pueblo en su conjunto, comenzando por los más humildes, corre el riesgo de conservar sus símbolos mientras abandona su razón de ser.
Este 17 de octubre, el mensaje de León XIV nos recuerda que el hambre no se resuelve solamente con tecnología, productividad o crecimiento económico. Hace falta una voluntad política capaz de poner esos instrumentos al servicio de la dignidad humana. Y esa voluntad se mide por los resultados concretos: por la mesa que puede servirse, por el medicamento que puede comprarse, por el salario que alcanza y por el pibe que crece sin que la pobreza le robe oportunidades de construir su futuro.
La lealtad no se proclama en un discurso ni se acredita con una fotografía junto a una bandera. Se demuestra cuando hay que elegir entre la conveniencia propia y los derechos del pueblo; entre la disciplina de una estructura y la responsabilidad de representar; entre aceptar que algunos queden afuera o luchar para que nadie sea descartado.
En un país que produce alimentos para el mundo, que haya argentinos con hambre no es solamente una injusticia social. Es también una interpelación moral y política. Y para quienes nos reivindicamos peronistas, es una pregunta que no podemos eludir.
Porque la lealtad no consiste en pedirle al pueblo que siga esperando. Consiste en estar a su lado cuando más lo necesita. Y cuando el pueblo tiene hambre, la primera lealtad es con él.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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