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El presente de Cristina, lamentablemente, ya no produce síntesis

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    Editorial Tobel
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Una reflexión crítica sobre la actualidad del peronismo: la crisis de conducción y de debate estratégico, el agotamiento de un ciclo político y el desafío de reconstruir una fuerza nacional-popular capaz de volver a organizar al pueblo sin nostalgia ni fetichismos.

 


Columna de Opinión Por: José "Pepe" Armaleo*


No escribo estas líneas como analista externo ni como comentarista de coyuntura. No hablo porque me contaron la historia, sino porque fui parte de ella. Militante desde los años setenta, atravesado por derrotas, exilios, silencios, regresos y reconstrucciones, aprendí -a fuerza de experiencia propia y ajena- que en política no alcanza con tener razón ni con ganar elecciones: hay que construir poder y ese poder sólo se vuelve histórico cuando se apoya en un pueblo organizado.


Digo esto porque el momento que atraviesa hoy el peronismo no puede ser reducido a una simple interna partidaria ni a un problema de nombres propios. Estamos frente a una crisis más profunda, que combina el agotamiento de un ciclo político, el desorden estratégico, el debilitamiento del sujeto popular y una forma de conducción que ya no logra producir síntesis ni futuro.


Lo constato, además, en conversaciones y reuniones con distintos sectores del peronismo dentro del distrito, algunos jóvenes y otros no tanto. En todos aparece una coincidencia llamativa: “así como estamos no se puede seguir”, “hay que cambiar”, “esto no da para más”. Pero cuando la pregunta avanza un poco más y se plantea si ese cambio implica discutir, tensionar o eventualmente romper con lo que ordene la conducción, la respuesta es casi unánime: “nosotros hacemos lo que nos mandan de arriba”. A esa actitud la llamo verticalidad boba: una obediencia sin elaboración política, sin discusión estratégica y sin responsabilidad histórica. Pertenezco a una generación que fue capaz -con aciertos y errores que pueden y deben debatirse- de discutirle a Perón, no para negarlo, sino para disputar el rumbo del movimiento en función del proyecto nacional. Hoy, en cambio, pareciera haberse naturalizado una lógica donde pensar, disentir o arriesgar se vive como amenaza y no como aporte. Por eso sostengo que la crisis que atravesamos no es sólo de conducción ni sólo de bases: es transversal, de arriba hacia abajo, y expresa una degradación general de la práctica política dentro del peronismo.


Se repite con insistencia que el principal problema del peronismo es la falta de unidad. ¡No coincido!. “La unidad, cuando no está sostenida por un proyecto político claro y por un sujeto social organizado, no ordena: apenas disimula el conflicto y lo patea hacia adelante”. El problema real no es la división, sino la ausencia de una discusión política de fondo sobre cómo se construye hoy una fuerza nacional capaz de disputar el poder real y, sobre todo, de sostenerlo en el tiempo sin volver a perder al pueblo en el camino. Porque, si no damos esa discusión, lo único que hacemos es rapiñar espacios, administrar un estado de cosas agotado y perpetuar una situación que, más temprano que tarde, estalla.


La interna actual del peronismo se degradó porque dejó de ser una disputa estratégica y se transformó en un conflicto de lealtades personales, identidades cerradas y alineamientos emocionales. En lugar de politizar la discusión, se la moralizó. En lugar de debatir método, prioridades y sujeto, se discute quién está del lado correcto de la historia. Esta lógica no se expresa sólo en la conducción: atraviesa a las dirigencias intermedias, a las organizaciones territoriales y también a la militancia. Así, la política se empobrece, el debate se clausura desde arriba y se reproduce hacia abajo, y el estancamiento se vuelve estructural.


En ese proceso, el kirchnerismo -en sus distintas expresiones- no puede ser pensado como algo externo al problema. La Cámpora, el llamado Axelismo, los sectores que se reivindican como herederos directos del ciclo kirchnerista y también quienes orbitan alrededor de esa tradición forman parte central del balance, no sólo por lo que hicieron, sino por lo que no lograron hacer. Durante años, el kirchnerismo expresó una etapa histórica concreta del poder político argentino, con avances reales e innegables, pero también con límites estructurales profundos que hoy están a la vista.


Cristina Fernández de Kirchner ocupa un lugar indiscutible en la historia reciente del país. Bajo sus gobiernos (y el de Néstor) se ampliaron derechos, se recuperaron capacidades estatales y se enfrentaron intereses concentrados que otros ni siquiera se animaron a nombrar. Negar eso sería deshonesto. Pero reconocer su centralidad histórica no puede impedirnos ver un dato político insoslayable: en el presente, su figura ya no produce síntesis, sino alineamientos cerrados que bloquean la discusión estratégica.


No se trata de cuestionar trayectorias ni de negar liderazgos pasados, sino de asumir que, en el momento actual, ciertas centralidades simbólicas operan más como puntos de cierre que de apertura. No necesariamente por decisiones personales, sino por el modo en que esas figuras fueron convertidas en fronteras internas: toda crítica se vuelve sospecha, toda discusión se lee como traición, todo intento de repensar el rumbo aparece como ataque. Ese mecanismo no fortalece al peronismo; lo inmoviliza.


La historia del movimiento demuestra que ninguna etapa nueva nació por la simple prolongación de la anterior. Todas implicaron disputas, reordenamientos y nuevas síntesis. En ese marco, la tensión administrada -el equilibrio permanente entre continuidad y cambio que nunca termina de resolverse- puede transformarse en otra forma de conservación. Tensionar sin decidir, incomodar sin romper, termina siendo funcional a la reproducción de lo existente.


Por eso, asumir la necesidad de rupturas no implica traicionar una tradición, sino volverla viva. Las rupturas no niegan la historia: la reordenan, la resignifican y la proyectan. Aferrarse a figuras, relatos o formas de conducción como si fueran intocables no es lealtad política, es fetichismo. Y ese fetichismo, lejos de preservar al peronismo, lo vacía de contenido y le impide volver a construir futuro.


Uno de los problemas más graves del presente es la desaparición del pueblo como sujeto organizado. Se lo invoca permanentemente, pero no se lo organiza. Hay palabras, consignas y gestos, pero no hay trabajo real para volver a armar la base social que alguna vez sostuvo al movimiento. El pueblo no es un electorado que aparece cada dos o cuatro años: el pueblo se construye en el trabajo, en el barrio, en la escuela, en el sindicato, en la comunidad. Cuando esa organización se debilita, la política se vuelve relato, consigna y gesto, pero pierde anclaje real.


Durante el ciclo kirchnerista -y esto incluye a La Cámpora como su expresión juvenil más visible- se fue consolidando una concepción de la política centrada en la interpelación simbólica y la ocupación del Estado, más que en la organización social desde abajo. Se creyó, erróneamente, que la acumulación institucional y la hegemonía discursiva podían sustituir la construcción de poder popular. La experiencia demostró lo contrario: sin organización estable, toda victoria es frágil, y toda derrota deja al pueblo desarmado.


En este balance tampoco pueden quedar afuera los movimientos sociales, los gobernadores, los intendentes ni el sindicalismo mayoritario. Cada uno, a su modo, se adaptó a una lógica de administración: de la pobreza, del territorio, del conflicto, de la gobernabilidad. Se preservaron estructuras, se gestionaron recursos, se evitaron rupturas, pero no se recompuso una conducción nacional capaz de ordenar el conjunto. Cuando cada actor administra su parte y cuida su quintita, el proyecto nacional desaparece y el peronismo deja de ser movimiento para convertirse en una suma de aparatos.


Si de verdad queremos una recomposición nacional-popular, hay condiciones que no pueden seguir siendo eludidas. La primera es habilitar una discusión interna real, sin proscripciones ni disciplinamientos morales, donde se debatan proyectos (desde los locales a los nacionales), métodos y prioridades. La segunda es reordenar el eje del proyecto alrededor del trabajo, la producción y la soberanía nacional, sin los cuales no hay sujeto histórico posible. La tercera es reconstruir el territorio desde adentro, no “bajar” a él con agendas prefabricadas, sino organizarlo desde su experiencia concreta. La cuarta es recuperar un lenguaje nacional y popular, capaz de nombrar conflictos reales y enemigos concretos, sin jerga ni superioridad moral. Y la quinta es asumir el conflicto interno como parte constitutiva de la política, no como una anomalía a ocultar.


No escribo estas líneas desde la nostalgia ni desde ninguna cuenta pendiente. Escribo como un militante que nunca abandonó la lucha por transformar la realidad, porque esa lucha no es individual: es la de los 30.000 compañeros y compañeras que dieron su vida, y la de tantos otros con los que compartimos camino y dejamos nuestra juventud con la convicción profunda de que la historia puede ser cambiada.


Militamos para transformar, no para administrar recuerdos ni repetir gestos del pasado. Sabemos que los sueños, si no se convierten en objetivos políticos concretos, se diluyen, se vacían de sentido y terminan siendo funcionales al orden que decimos querer cambiar.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudios Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

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