“El loco” recurre a la estrategia del tero, grita e insulta mientras destruye empresas y empleos
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Entre insultos, provocaciones y escándalos cuidadosamente amplificados, el gobierno avanza sobre áreas estratégicas del Estado. La violencia discursiva del Presidente no parece un desborde.

Columna de Opinión
Por. José "Pepe" Armaleo*
Hay una vieja imagen del campo que ayuda a entender buena parte de la política argentina actual: el tero grita lejos del lugar donde tiene el nido. Hace escándalo en un lado para distraer de aquello que realmente protege o esconde. En la Argentina de Javier Milei, la metáfora parece invertida: el Presidente grita, insulta y agrede públicamente para ocultar aquello que ocurre, mientras tanto, detrás del ruido.
Cada aparición pública del mandatario se parece más a un espectáculo de violencia verbal cuidadosamente diseñado. Periodistas “ensobrados”, opositores “ratas”, economistas “mandriles”, dirigentes “basuras”. Las palabras ya no cumplen una función política o argumentativa: funcionan como dispositivos de saturación (y ni hablar del caso Adorni). La agresión permanente ocupa el centro de la escena, coloniza la conversación pública y desplaza del debate cuestiones mucho más profundas y estructurales.
Mientras la sociedad discute un insulto más o una provocación nueva, avanzan decisiones que afectan áreas estratégicas del país.
La posible privatización de AySA es un ejemplo elocuente. La experiencia argentina ya conoce las consecuencias de entregar un servicio esencial al interés privado. Durante la gestión de Suez, antes de la reestatización impulsada por Néstor Kirchner, las obras de expansión fueron paralizadas porque no resultaban suficientemente rentables. El agua dejó de ser entendida como un derecho para convertirse en una variable de negocios, en una mercancía más. Hoy, bajo el discurso de la eficiencia y el achicamiento estatal, se vuelve a abrir la puerta a esa lógica.
Pero el caso más grave quizás sea el del área nuclear. La Argentina desarrolló durante décadas una capacidad científico-tecnológica reconocida internacionalmente. El reactor RA-10 no representa solamente una obra de infraestructura: sintetiza años de inversión pública, conocimiento acumulado y soberanía tecnológica. Permitir que capitales privados condicionen o controlen sectores estratégicos vinculados a la energía nuclear implica mucho más que una privatización. Supone resignar autonomía nacional en uno de los pocos campos donde el país logró construir capacidades propias de excelencia.
Y junto a ello aparece otro elemento alarmante: el interés extranjero sobre recursos estratégicos como el uranio. Allí ya no se trata solamente de discutir modelos económicos, sino de preguntarse qué margen de soberanía está dispuesto a conservar un país sobre sus recursos naturales, científicos y energéticos.
En ese contexto, la violencia presidencial deja de ser un exceso temperamental para convertirse en una herramienta política funcional. El insulto permanente no es un desborde: es una cortina de humo. Cuanto más brutal es la escena pública, menos espacio queda para discutir el fondo de las decisiones que se toman.
No es casual tampoco la estética ni los símbolos. Milei apareció recientemente en un streaming oficialista utilizando una remera de Allen & Company, fondo financiero vinculado a intereses sobre Vaca Muerta. Algunos podrán considerarlo un detalle anecdótico. Sin embargo, los símbolos importan. En política, muchas veces expresan con mayor sinceridad que los discursos aquello que verdaderamente se representa.
El gobierno se presenta como una “revolución anti-casta”, pero gran parte de sus medidas favorecen la concentración económica, la extranjerización de recursos y el debilitamiento del Estado en áreas estratégicas. Se destruye capacidad pública en nombre de la libertad, aunque esa libertad parezca reservarse únicamente para grandes grupos económicos y actores financieros internacionales.
La discusión de fondo entonces no es solamente económica. Es cultural y política. ¿Puede existir soberanía sin control sobre el agua, la energía, la ciencia o los recursos naturales? ¿Puede un país desarrollarse renunciando a sus herramientas estratégicas? ¿Qué queda de una nación cuando sus decisiones centrales se subordinan al mercado internacional y a fondos de inversión extranjeros?
Tal vez por eso el grito sea tan necesario. Porque el ruido ayuda a ocultar el verdadero movimiento. Mientras la sociedad queda atrapada en el escándalo cotidiano, el nido -los recursos, la infraestructura, el patrimonio colectivo y la soberanía- cambia silenciosamente de manos.
Pero también empieza a resultar imposible mirar hacia otro lado. Y allí aparece una responsabilidad que excede al gobierno. La dirigencia política, sindical, social y empresarial que dice defender los intereses nacionales no puede continuar refugiada en la comodidad de los cálculos electorales, las internas o las declaraciones tibias. Frente a un proceso de desmantelamiento del Estado y cesión de soberanía, el silencio ya no es neutralidad: es complicidad.
Como advertía John William Cooke, un movimiento político pierde su razón de ser cuando deja de expresar una voluntad transformadora y se limita a administrar la coyuntura. Es hora de abandonar las zonas de confort y ponerse de pie. Porque cuando se entregan recursos estratégicos, capacidades científicas y patrimonio nacional, no alcanza con observar ni administrar la derrota. La historia también juzga a quienes, pudiendo defender, eligieron callar.
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.














