Cuando se mueve la dama, tiembla el tablero
- hace 1 hora
- 3 min de lectura
La sola posibilidad de que Cristina Fernández participe de las PASO produjo un reordenamiento político que excede largamente su situación personal. Cuando una dirigente modifica el comportamiento de todos los actores sin haber presentado siquiera una candidatura, el debate ya no gira en torno a una persona sino alrededor del poder y de la democracia.

Columna de Opinión
Por. José "Pepe" Armaleo*
En el ajedrez existe una certeza elemental: la pieza más poderosa no necesita dar jaque para alterar la partida. A veces alcanza con mover la dama para que todas las demás piezas cambien de posición. Algo de eso está pasando en la política argentina.
La hipótesis, planteada por prestigiosos juristas y fortalecida por la presentación realizada ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de que Cristina Fernández de Kirchner podría participar como precandidata en las próximas PASO aun cuando se encuentre inhabilitada para ejercer cargos públicos, produjo un efecto político inmediato. Sin haberse oficializado candidatura alguna, comenzaron las especulaciones, las reacciones, las operaciones mediáticas y los debates jurídicos. El tablero volvió a moverse.
Lo llamativo es que nadie discutía hasta hace pocos días el verdadero alcance jurídico de la pena de inhabilitación especial. Bastó que apareciera una interpretación fundada, basada en la Constitución, el Código Penal y los tratados internacionales de derechos humanos, para que la cuestión dejara de ser una discusión académica y pasara a convertirse en un problema político de primera magnitud. Ese dato merece una reflexión.
Si una dirigente política, aun privada del derecho a ejercer cargos públicos, continúa teniendo la capacidad de reorganizar el escenario político con la sola posibilidad de competir en una elección interna, entonces el fenómeno trasciende ampliamente su figura. Revela que existe un liderazgo cuya gravitación no ha sido desplazada por las decisiones judiciales ni por años de intensa confrontación política y mediática. Pero también deja al descubierto otra cuestión: el temor que genera la competencia democrática.
Las PASO no constituyen el ejercicio de un cargo público. Son el mecanismo mediante el cual los partidos políticos seleccionan a quienes los representarán en la elección general. Participar en ellas forma parte de la vida institucional de una organización política, ámbito especialmente protegido por la Constitución Nacional y por los tratados internacionales sobre derechos humanos.
Por eso la discusión no debería centrarse únicamente en Cristina Fernández. Lo verdaderamente trascendente consiste en determinar si una pena puede ser interpretada de manera tan amplia que termine suprimiendo derechos que la ley nunca dispuso restringir.
El principio de legalidad existe precisamente para impedir que las sanciones sean ampliadas por vía interpretativa. Ningún juez puede agregar consecuencias que el legislador no previó. Hacerlo implica transformar una condena en una herramienta de exclusión política permanente.
No es casual que el debate haya adquirido dimensión internacional. Los sistemas de protección de los derechos humanos han sostenido reiteradamente que los derechos políticos sólo pueden restringirse en los estrictos términos previstos por la ley y mediante criterios de necesidad y proporcionalidad. Lo que hoy se analiza no es el destino individual de una dirigente, sino la calidad institucional de la democracia argentina y el cumplimiento de los compromisos internacionales asumidos por el Estado. Quizá por eso el movimiento produjo tanta inquietud.
Porque cuando una sola pieza obliga a todos los demás jugadores a modificar su estrategia, el problema deja de ser esa pieza. Lo que queda expuesto es el verdadero estado del tablero.
Y ese tablero muestra una realidad difícil de ocultar: más allá de simpatías o rechazos, la figura de Cristina Fernández continúa siendo el principal ordenador del sistema político argentino. Su sola presencia potencial alcanza para alterar agendas, discursos, alianzas y temores.
En política, como en el ajedrez, hay movimientos que valen más que una jugada. Son aquellos que obligan a todos los demás a revelar cuál era, en realidad, su estrategia.
Cuando un sistema necesita sacar del tablero a la dama para poder disputar la partida, quizá el problema ya no sea la fuerza de esa pieza sino la debilidad de quienes no pueden derrotarla jugando con las reglas de la democracia.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.














