Aún con un peronismo sin conducción y un país sin rumbo ni previsibilidad para las mayorías, hay salida
- Editorial Tobel
- 13 nov 2025
- 3 Min. de lectura
La crisis del peronismo no es ideológica ni táctica: es existencial. Lo que se desmorona no es una estructura partidaria, sino la confianza en un proyecto colectivo. Tucumán es sólo el espejo donde se refleja un drama nacional: la pérdida del sentido común de patria.

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo.-
En la Argentina de hoy, las provincias se han convertido en el laboratorio donde se mide la verdadera correlación de fuerzas. Los movimientos de intendentes y gobernadores no siempre responden a convicciones ideológicas, sino a necesidades de supervivencia. Pero en política -como en la historia- la supervivencia también es poder. El problema surge cuando esa necesidad termina siendo administrada por el adversario.
Lo que parece una maniobra menor en Tucumán, encierra un síntoma profundo: el vaciamiento del peronismo como fuerza de proyecto. Cuando un dirigente local se ve obligado a plegarse por temor a perder recursos, es porque el poder central opera como patrón de estancia, no como conductor de un movimiento emancipador. La política se degrada y se convierte en mera gestión de escasez.
El fenómeno se repite en distintos niveles. Los gobernadores no gobiernan con el pueblo, sino sobre el pueblo. En el Congreso, la fragmentación del bloque peronista expresa la misma lógica municipal: cada cual cuida su quintita. Y así, Milei avanza no por fortaleza propia sino porque el campo popular se desordena solo.
Detrás de cada ruptura hay un mensaje. Cuando un diputado se aleja, un intendente negocia su autonomía o un gobernador se despega del partido, lo que se quiebra no es una estructura: es la confianza en un rumbo. La política deja de ser colectiva, y sin conducción colectiva no hay doctrina que se sostenga.
Esto no es nuevo. En los años de la resistencia ya se sabía que cuando el movimiento se dispersa, los enemigos de la patria se fortalecen. La pregunta que vuelve a interpelarnos es por qué tantos compañeros se sienten huérfanos de conducción o, peor, creen que defender su terruño justifica entregar el país a los intereses foráneos. La causa nacional no puede fragmentarse en cien pequeñas causas locales.
El sistema -y Milei es apenas su último rostro- necesita que cada dirigente se vuelva rehén de su territorio para impedir la unidad nacional de los trabajadores. Tucumán no es una anécdota: es un espejo. Si aceptamos que los recursos definen las lealtades, ya perdimos la batalla cultural.
El Peronismo, mientras tanto, parece no lograr, volver a tener, una identidad articuladora. Oscila entre la nostalgia del pasado y la impotencia del presente. El discurso, sin poder material, se evapora. Y el adversario, hábil, condiciona con la billetera lo que nosotros deberíamos construir con organización.
Tal vez sea hora de repensar un federalismo popular, no mendicante, donde las provincias asuman un protagonismo solidario, articulado por un proyecto común. Porque el verdadero drama no es que un gobernador negocie con Milei, sino que no exista un proyecto nacional capaz de interpelarlo desde la fuerza del pueblo organizado.
El federalismo no puede ser la excusa del egoísmo político. Si la Nación se desintegra en intereses particulares, el enemigo ni siquiera necesita invadirnos: ya nos tiene divididos. El problema no es un dirigente en particular; el problema es que muchos peronistas dejaron de creer que la patria puede ser una empresa común.
El campo popular debe recuperar su capacidad de convocar, de emocionar, de ofrecer esperanza organizada. No alcanza con resistir: hay que volver a construir poder y sentido. La unidad no puede ser un amontonamiento de nombres, sino una síntesis de proyecto. Sin mística, no hay pueblo que se levante.
Porque los pueblos no se liberan por decreto ni por acuerdos de cúpula. Se liberan cuando cada hombre y cada mujer toma conciencia de su destino común. El día que el movimiento vuelva a unir la cabeza con el corazón del pueblo, volverá a nacer la patria justa, libre y soberana.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.
















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