Si quieres la paz, trabaja por la justicia
- Editorial Tobel
- 12 ene
- 5 Min. de lectura
Trump, el regreso del “para bellum” y la disputa por el sentido de la paz.

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo*
El regreso de la lógica del “si quieres la paz, prepárate para la guerra” no es un desliz retórico sino un proyecto político. Frente al “corolario Trump”, que reinstala la provocación y la fuerza como forma de ordenar el mundo, vuelve a cobrar vigencia una verdad incómoda: la paz no se garantiza con armas, sino con justicia social, derecho internacional y decisiones políticas que asuman la responsabilidad histórica de evitar un nuevo ciclo de violencia global.
Cada época construye su propia idea de paz. No se trata de una categoría neutra ni de un valor abstracto, sino de una definición profundamente política, situada en un contexto histórico concreto. En 1972, en pleno corazón de la Guerra Fría, cuando el mundo se organizaba alrededor de la amenaza nuclear, la disuasión militar y el llamado “equilibrio del terror”, el papa Pablo VI decidió correr el eje del debate. Al afirmar “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”, no formuló una consigna piadosa ni un llamado ingenuo al entendimiento, sino una intervención política de alto voltaje: cuestionó la idea de que la paz pudiera garantizarse mediante la acumulación de armas y señaló, en cambio, que la verdadera estabilidad sólo puede construirse sobre bases de justicia social, equidad y derechos.
Décadas más tarde, en un mundo ya no bipolar pero igualmente atravesado por la violencia estructural, las guerras permanentes y la desigualdad global, el papa Francisco retoma y profundiza esa tradición. Cuando afirma que “la guerra es un fracaso de la política y de la humanidad” (Fratelli Tutti), no sólo actualiza el diagnóstico de Pablo VI, sino que lo radicaliza: desnuda la incapacidad de los poderes contemporáneos para resolver los conflictos sin recurrir a la fuerza y expone el vaciamiento ético de una política que, en lugar de construir paz, administra guerras. En esa continuidad histórica, la paz deja de ser un resultado técnico o militar y se revela, una vez más, como una opción política que obliga a elegir entre justicia o dominación.
La frase “Si quieres la paz, trabaja por la justicia” se oponía deliberadamente al viejo adagio latino “Si vis pacem, para bellum” -si quieres la paz, prepárate para la guerra- que durante siglos legitimó la acumulación de poder militar como garantía de estabilidad. Dos concepciones antagónicas: una paz negativa, entendida como mera ausencia de conflicto armado y sostenida por la disuasión; y una paz positiva, activa, construida sobre la justicia social, la equidad y el respeto a los derechos humanos.
Hoy, más de medio siglo después, el llamado “corolario Trump” marca un giro nítido y preocupante: el regreso explícito del para bellum como doctrina política global. No ya como una hipótesis defensiva sino como provocación abierta, como método y como mensaje. La lógica es clara y brutal: el mundo se ordena por la fuerza, los conflictos se resuelven por la intimidación, la seguridad se compra con armas y la legalidad internacional es un obstáculo cuando estorba.
Este no es un debate teórico. Es un cambio de época. El corolario Trump no propone estabilidad; propone disciplinamiento. No busca equilibrio; busca subordinación. No aspira a la paz; administra la guerra como herramienta política. La provocación deja de ser un riesgo a evitar y pasa a ser una estrategia deliberada. Se tensan los límites, se desafían consensos, se erosionan reglas comunes, se normaliza la violencia como lenguaje legítimo de la política internacional.
Quienes apoyan esta postura suelen presentarla como “realismo”. Pero no hay nada realista en un mundo empujado permanentemente al borde del abismo. El realismo, si existe, debería partir de una constatación elemental: la desigualdad estructural, el saqueo de recursos, la exclusión social y la negación de derechos no producen paz, producen resentimiento, conflicto y violencia acumulada. La historia es elocuente al respecto.
El paradigma del para bellum no sólo prepara guerras externas. También legitima guerras internas: contra los pobres, contra los migrantes, contra los pueblos que reclaman soberanía, contra quienes cuestionan el orden impuesto. Militariza la política, simplifica los conflictos, reduce la complejidad del mundo a enemigos y aliados, y clausura cualquier horizonte de justicia. Allí donde la guerra se naturaliza, la democracia se vacía.
A esta ofensiva se suma un dato tan inquietante como revelador: el silencio. No sólo el de la periferia históricamente condicionada por la dependencia económica, la deuda y la subordinación estratégica, sino también el de buena parte de los países centrales que se proclaman defensores del multilateralismo, los derechos humanos y el orden internacional basado en reglas. Ese silencio no expresa desconocimiento ni sorpresa: expresa cálculo. Callar frente a la escalada belicista, frente a la legitimación de la fuerza como método y frente a la deshumanización del adversario implica aceptar, por acción u omisión, que el mundo vuelva a organizarse alrededor de la ley del más fuerte. Europa, Japón y otros actores centrales miran, calculan y callan. Pero tampoco Rusia ni China ocupan hoy el lugar de una alternativa ética al orden que se endurece. Ambas potencias cuestionan la hegemonía estadounidense, pero no desde una apuesta por un derecho internacional fortalecido ni por una paz basada en la justicia, sino desde la lógica de la disputa entre grandes bloques. En ese marco, el silencio -o la ambigüedad- también opera como estrategia: se denuncia el unilateralismo cuando conviene y se lo replica cuando es funcional a los propios intereses. El resultado es un mundo sin referentes morales claros, donde la paz deja de ser un valor universal y pasa a ser una variable táctica dentro de una competencia de poder.
Frente a este escenario, la frase de Pablo VI recupera toda su potencia política. Trabajar por la justicia no es un gesto piadoso: es una estrategia de paz. Significa disputar la distribución de la riqueza, defender el derecho internacional, fortalecer los mecanismos multilaterales, garantizar derechos sociales, reconocer la dignidad de los pueblos y limitar el poder de quienes creen que la fuerza los coloca por encima de la ley.
La paz genuina no se construye con portaaviones ni con amenazas. Se construye desde abajo, desde las condiciones materiales de vida, desde la inclusión, desde la igualdad, desde la posibilidad real de futuro. Sin justicia social, la paz es apenas una tregua entre conflictos. Con justicia, la paz se vuelve un proyecto colectivo.
El corolario Trump nos vuelve a poner ante una encrucijada histórica. No admite neutralidades cómodas. O se acepta la lógica de la provocación permanente y la guerra como organizadora del mundo, o se toma partido por una paz activa, exigente, profundamente política, que incomoda a los poderosos porque cuestiona sus privilegios.
Tomar partido por la paz hoy no es callar ni mirar para otro lado. Es decir con claridad que no todo vale, que la fuerza no reemplaza al derecho y que ningún imperio tiene patente para incendiar el mundo. Es elegir justicia frente a intimidación. Derechos frente a armas. Futuro frente a miedo
Porque, como enseñó la historia -y como vuelve a recordarnos el presente-, la paz no se prepara con guerra. La paz se construye. Y siempre exige tomar partido.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse".
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

















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