Milei alienta un lenguaje vulgar como herramienta de poder y sometimiento
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La vulgaridad no es sólo una cuestión de modales. Puede expresar una transformación más profunda: cuando la ignorancia reclama el mismo valor que el conocimiento, la competencia genera desconfianza y la autenticidad reemplaza a la autoridad. ¿Qué ocurre cuando esa lógica llega al poder?

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo *
José Ortega y Gasset escribió en La rebelión de las masas sobre la aparición del “hombre-masa”. No se refería simplemente al hombre inculto. Su preocupación era la aparición de un individuo que, con una porción de conocimiento, se siente habilitado para juzgar el todo y no reconoce los límites de lo que sabe.
Saber que el Sol sale por el este y se pone por el oeste es cierto, pero no convierte a nadie en astrónomo. El problema comienza cuando ese conocimiento parcial se transforma en una certeza universal. No es sólo ignorancia: es no reconocer que se ignora.
Hay algo todavía más inquietante. Cuando la ignorancia reclama el mismo valor que el conocimiento, el experto deja de inspirar admiración y comienza a generar desconfianza. Su lenguaje especializado parece distante; su preparación puede interpretarse como manipulación; su autoridad, como una pretensión de superioridad.
La masa comienza a valorar más la autenticidad que el conocimiento y la formación. No necesariamente al que más sabe, sino al que percibe como semejante: quien habla como ella, se equivoca como ella, se enoja como ella y no parece estar por encima de ella. La semejanza se convierte en legitimidad. El líder ya no necesita demostrar que sabe: necesita demostrar que es “uno de nosotros”.
Hoy esta reflexión de Ortega adquiere una inquietante actualidad. Podemos preguntarnos si en este cambio de era asistimos a una nueva etapa: la transformación de la vulgaridad en una herramienta de poder.
Javier Milei ha convertido la provocación, el insulto y la descalificación del adversario en parte de su comunicación política. La transgresión del lenguaje presidencial aparece como virtud: decir lo que otros no se atreven, romper con la corrección política, hablar sin filtros.
Sus recientes enfrentamientos con autoridades brasileñas pueden leerse como expresión de esa lógica. El problema no es que Milei tenga opiniones. El problema aparece cuando el poder transforma una opinión parcial en verdad absoluta y pretende que esa verdad personal sea suficiente para gobernar ámbitos que requieren conocimiento, experiencia e instituciones.
El hombre-masa de Ortega no es simplemente el ignorante. Es aquel que no reconoce aquello que desconoce, qué lejos quedó Sócrates con “sólo se que no se nada”, ¿no? Poseer una parcela de conocimiento y, desde ella, pretende abarcar la totalidad, es no advertir que la complejidad de la realidad exige preparación, experiencia y límites.
La consecuencia es un debilitamiento de la autoridad. También de la autoridad científica, académica y profesional. La formación y el conocimiento dejan de ser un valor de autoridad y comienza a percibirse como privilegio. Cuanto más compleja es la sociedad, más sospecha puede despertar quien sabe comprenderla.
El resultado es una sociedad en la que el desconocimiento adquiere poder.
Y aquí aparece algo que Ortega no pudo conocer: el algoritmo. Las redes premian aquello que provoca reacción. La explicación requiere tiempo; el argumento necesita atención. El insulto, en cambio, cabe en una pantalla. Genera indignación, adhesión, rechazo y circulación. Se convierte en contenido.
La vulgaridad puede dejar entonces de ser solamente una expresión personal y convertirse en un recurso político. En las redes, la provocación tiene una ventaja: llama la atención, genera reacción y circula. La indignación produce interacción y la interacción aumenta la visibilidad. De este modo, aquello que antes podía ser considerado una transgresión del lenguaje público comienza a convertirse en una forma eficaz de comunicación política.
La política corre el riesgo de convertirse en espectáculo: provocación, identidad y marca. La pérdida de las formas institucionales deja entonces de ser una debilidad y comienza a presentarse como una virtud. El insulto pasa a ser sinceridad; la agresividad, valentía; la descalificación, libertad.
Pero una democracia no consiste solamente en que todos puedan decir cualquier cosa. Supone instituciones, responsabilidades y límites al ejercicio del poder. El ciudadano responde por sus palabras. El Presidente compromete a la institución que representa.
El Estado no es su cuenta de X. La República no es una extensión de su personalidad.
Cuando la vulgaridad llega al poder deja de ser una cuestión estética o de buenos modales y se convierte en una cuestión institucional. Porque las palabras construyen realidad.
Si el adversario es convertido permanentemente en enemigo, la diferencia política en descalificación y el debate en humillación, la deliberación democrática cede ante el combate. Y la democracia pierde algo más importante que las buenas maneras: la capacidad de reconocernos como una misma comunidad.
Tal vez haya que invertir la pregunta de Ortega. No se trata sólo de preguntarnos si existe un “derecho a la vulgaridad”, sino si una democracia puede permitir que la vulgaridad se convierta en lenguaje de Estado.
Y todavía más: ¿puede el poder convertir una opinión parcial en verdad absoluta y hacer que esa verdad personal sustituya al conocimiento, la experiencia y las instituciones?.
Ortega temía al hombre-masa porque había perdido conciencia de sus límites. Nuestro desafío es impedir que el poder, las redes y los algoritmos conviertan esos límites en una virtud.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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