La unidad no se declama, se construye
No alcanza con juntar dirigentes, organizaciones y estructuras para garantizar una lista común. La verdadera unidad exige dejar de lado los egos, abandonar la lógica de las pequeñas parcelas de poder

Columna de Opinión
Por: José “Pepe” Armaleo*
Vuelve a escucharse con fuerza el llamado a la unidad. Es una palabra que aparece en cada reunión, en cada documento, en cada discurso y, especialmente, cuando se aproxima un calendario electoral. Sin embargo, después de tantos años de repetirla, quizás haya llegado el momento de preguntarnos si realmente estamos dispuestos a construirla.
Porque la unidad no se declama, se construye. Y construirla implica bastante más que reunir dirigentes alrededor de una mesa, organizar una fotografía colectiva o acordar una lista para las próximas elecciones. Implica discutir un proyecto, compartir objetivos, establecer reglas, respetar los acuerdos y, fundamentalmente, estar dispuestos a resignar algo de lo propio en función de un objetivo colectivo.
El problema es que muchas veces confundimos unidad con distribución. Cada organización cuida su espacio, cada dirigente procura conservar su lugar y cada sector calcula cuántos representantes puede obtener en el próximo armado electoral. Así, la discusión política termina subordinada a una negociación de posiciones. Nos acostumbramos a pensar cuánto nos corresponde antes de preguntarnos qué queremos construir.
Y en esa lógica hay algo que se ha perdido: la vocación de poder. No me refiero al poder como una ambición personal ni a la posibilidad de ocupar cargos. Hablo del poder como la capacidad colectiva de transformar la realidad, de tomar decisiones, de conducir un municipio y de llevar adelante un proyecto político que mejore la vida de nuestra comunidad.
Por eso creo que tenemos que animarnos a formular una pregunta incómoda: ¿queremos construir una alternativa para gobernar Vicente López o estamos conformándonos con reunir los votos necesarios para conseguir cuatro bancas en el Concejo Deliberante?.
Porque son dos objetivos muy diferentes. Podemos conseguir algunos concejales, conservar representación legislativa, mantener nuestras estructuras y seguir siendo una oposición testimonial. Pero si después de tantos años de hegemonía política de un mismo espacio nuestro horizonte sigue siendo ese, tendremos que reconocer que algo estamos haciendo mal.
No se trata de menospreciar la tarea legislativa ni la importancia de contar con representantes. Se trata de entender que el Concejo Deliberante no puede ser el límite de nuestras aspiraciones. Si creemos que Vicente López necesita otra orientación política, si tenemos propuestas diferentes para el desarrollo local, la salud, la educación, la seguridad, la producción, el ambiente, la movilidad y la integración social, entonces tenemos que estar dispuestos a disputar el gobierno municipal.
Y para eso no alcanza con sumar las estructuras que ya existen. La experiencia reciente debería servirnos de advertencia. Hemos visto cómo se construyen listas únicas que no necesariamente expresan una unidad verdadera. Hemos visto cómo sectores enteros quedan afuera de las decisiones, cómo se debilita la participación militante y cómo los acuerdos de último momento terminan reemplazando a la discusión política. El resultado es una organización que parece unida en los papeles, pero que muchas veces no logra movilizarse detrás de un proyecto común.
También sabemos que hay compañeros y compañeras que vienen sosteniendo sus espacios desde hace años, que tienen historia, militancia y legítimas aspiraciones. Nadie les pide que renuncien a su identidad ni a su trayectoria. Pero sí debemos preguntarnos si estamos dispuestos a ponerlas en diálogo con otras experiencias, sin pretender que el conjunto se acomode siempre alrededor de nuestras propias conveniencias.
Hay que dejar de cuidar la quintita. Hay que abandonar los egos, las mezquindades y esa costumbre de medir la importancia política por la cantidad de lugares que cada uno consigue conservar. No podemos seguir pensando la política desde la perspectiva de lo que pierde cada organización si gana otra. Tenemos que empezar a pensar qué gana nuestro pueblo si somos capaces de construir algo más grande.
Y esto requiere generosidad, pero también coraje político. Porque construir algo nuevo no significa desconocer las experiencias anteriores, sino reconocer que algunas prácticas ya no sirven y que determinadas estructuras necesitan abrirse, transformarse y, cuando sea necesario, dejar lugar a otras formas de participación y organización.
Tampoco podemos seguir confundiendo actividad política con movimiento. Las reuniones, las recorridas, las fotografías y las publicaciones en redes sociales pueden acompañar una construcción, pero no la reemplazan. La gente está cansada de los discursos que no se traducen en respuestas concretas. Perdimos buena parte de la agenda frente a la antipolítica y no vamos a recuperarla haciendo más de lo mismo.
Necesitamos volver a discutir política en serio. Necesitamos formación de cuadros, participación territorial, elaboración programática y una conducción colectiva capaz de tomar decisiones. Necesitamos recuperar la solidaridad como práctica política, no como una palabra bonita para cerrar un documento. Y necesitamos entender que la militancia no puede ser convocada únicamente cuando hay que llenar un acto o fiscalizar una elección.
Desde Primero Vicente López estamos intentando transitar ese camino. Por eso apostamos a construir un espacio amplio, donde puedan encontrarse distintas identidades políticas, pero también vecinos, trabajadores, profesionales, comerciantes, referentes de instituciones y organizaciones comunitarias que quizás no se identifican con ningún partido, pero que comparten la preocupación por el futuro de nuestro municipio.
No pretendemos tener todas las respuestas ni creemos que un espacio por sí solo pueda resolver este desafío. Precisamente por eso proponemos discutir, escuchar, elaborar y construir con otros. Las iniciativas que venimos desarrollando en el distrito son parte de esa búsqueda: poner las ideas y las necesidades de nuestra comunidad por delante de las discusiones por los lugares.
Pero también tenemos que ser claros: una construcción amplia necesita objetivos políticos concretos. No alcanza con coincidir en lo que rechazamos. Tenemos que acordar qué municipio queremos, qué modelo de desarrollo proponemos, cómo pensamos su organización y qué políticas vamos a impulsar. Y, sobre todo, tenemos que decidirnos a gobernarlo.
Quizás haya llegado el momento de dejar de convocarnos solamente para encontrar los puntos en común y animarnos también a discutir nuestras diferencias. De establecer reglas democráticas, mecanismos de participación y, si no logramos construir consensos sobre las representaciones, aceptar una elección interna que ordene y legitime las decisiones. Nadie debería tener lugares asegurados por el solo hecho de haberlos ocupado antes. La legitimidad también se construye participando, debatiendo y sometiéndose a reglas que todos respetemos.
No se trata de romper por romper, ni de reemplazar una estructura por otra, ni de cambiar los nombres para que todo siga igual. Se trata de comprender que los ciclos políticos no terminan solamente porque sus protagonistas se resistan a reconocerlo. Los nuevos ciclos comienzan cuando existe la voluntad de construir algo diferente.
Vicente López necesita una alternativa que no se limite a administrar las diferencias de la oposición, sino que tenga la decisión de convertirse en gobierno. Para eso necesitamos pensar en grande, ampliar nuestras fronteras políticas y convocar a quienes hoy no encuentran en nosotros una representación de sus preocupaciones y expectativas















Habrìa que empezar la unidad al revés que siempre, definiendo primero el proyecto y lo que hay que hacer. Luego, los nombres.