La libertad de ser esclavos
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"Uno diría que no ha perdido su libertad sino ganado su servidumbre". Étienne de La Boétie escribió esta frase hace casi quinientos años para intentar explicar una de las paradojas más inquietantes del poder: cómo un pueblo sometido puede llegar a aceptar su sometimiento hasta confundirlo con libertad. Tal vez por eso esa frase vuelva hoy a interpelarnos.

Los siete samurais (Shichinin no samurai, Akira Kurosawa,1954).
Columna de Opinión
Por: Josè "Pepe" Armaleo*
Hay algo profundamente perturbador en la frase de La Boétie: «uno diría que no ha perdido su libertad sino ganado su servidumbre». No habla de quienes voluntariamente eligen ser sometidos. Habla de una población que, después de haber sido sometida, termina incorporando la servidumbre como algo natural. El poder deja entonces de necesitar solamente la fuerza. Le alcanza con que aquello que se pierde deje de ser percibido como una pérdida y aquello que se impone sea presentado como una conquista.
Quizás sea desde allí que debamos mirar el tiempo que estamos atravesando. Porque Javier Milei no es el poder. Es su mascarón de proa. Es la expresión argentina, extrema y estridente, de un proceso que lo trasciende y que tampoco nació en nuestro país. Por eso el enemigo a vencer no es Milei, sino el modelo de sociedad que Milei representa y los poderes que encuentran en él una herramienta para avanzar.
Trump, Bolsonaro, Meloni y tantos otros liderazgos expresan, con sus diferencias, algo que excede sus propias biografías y sus propios países. No son iguales ni responden necesariamente a una única conducción. Pero forman parte de una reacción global contra buena parte de las formas políticas, económicas y culturales que organizaron el mundo durante décadas.
Y aquí aparece el Estado. Hay una idea sencilla pero decisiva: nacemos dentro del Estado. Nuestros padres nacieron dentro de él y nuestros abuelos también. El Estado está antes que nosotros. No es una institución que cada generación pueda decidir si acepta o rechaza como quien elige entre distintas alternativas.
Eso no significa que todo Estado sea bueno ni que deba permanecer tal como está. El Estado puede ser injusto, burocrático, autoritario, ineficiente. Puede proteger derechos o vulnerarlos. Puede estar al servicio de las mayorías o ser utilizado por minorías poderosas.
Pero una cosa es transformar el Estado y otra muy diferente es destruir la idea de que existen problemas que sólo podemos resolver colectivamente. Cuando el Estado se retira, el poder no desaparece. Cambia de manos. Por eso la pregunta no debería ser solamente cuánto Estado queremos. La pregunta verdaderamente política es quién ocupa el lugar que deja el Estado cuando se retira.
La libertad, además, nunca existe en abstracto. Existe en sociedades concretas, atravesadas por relaciones desiguales de poder. No tiene las mismas posibilidades de elegir quien posee recursos que quien depende de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. No enfrenta las mismas alternativas quien puede pagar educación, salud y seguridad privada que quien depende de los servicios públicos.
Cuando el Estado se retira, esas diferencias no desaparecen. Muchas veces se profundizan. Por eso la promesa de una libertad sin Estado puede terminar produciendo algo muy diferente: individuos más solos frente a poderes cada vez más grandes.
Y aquí aparece una dimensión que Franco «Bifo» Berardi ayuda a pensar. El neoliberalismo no transformó solamente la economía. También modificó las condiciones en las que construimos nuestros vínculos, nuestra relación con el trabajo y nuestra percepción del futuro. La precarización, la aceleración y la competencia permanente tienden a fragmentar aquello que antes podía ser pensado como una experiencia colectiva.
El individuo comienza a ser responsable de todo: de su éxito, de su fracaso, de su empleabilidad, de su bienestar. Un problema social puede convertirse así en una culpa personal. Y cuando dejamos de reconocernos como parte de un destino común, también perdemos la capacidad de imaginar respuestas colectivas.
Es aquí donde la discusión sobre el Estado deja de ser una discusión administrativa. Lo que está en juego es mucho más profundo: qué tipo de sociedad queremos construir y qué entendemos por libertad.
Porque estamos atravesando un cambio de era. Y un cambio de era no es un acontecimiento que pueda fecharse. No empieza un día ni termina al siguiente. Es una transición histórica en la que cambian las formas de producir, de trabajar, de comunicarnos, de relacionarnos y de imaginar el futuro.
Pero el cambio de era no es lo mismo que un cambio de hegemonía. Dentro de esta transformación más profunda también está en crisis la hegemonía que Estados Unidos ejerció durante décadas y el orden económico, político y cultural construido alrededor de ella. Esa hegemonía no desaparecerá de un día para otro. Se erosiona, resiste, se adapta y disputa su continuidad mientras emergen nuevos actores y nuevas relaciones de poder.
Y cuando una época termina pero la siguiente todavía no consigue nacer, aparece ese territorio incierto que Gramsci pensó como un interregno: un momento en el que lo viejo pierde capacidad para ordenar el mundo, pero lo nuevo todavía no tiene la fuerza suficiente para reemplazarlo. Es allí donde pueden aparecer los fenómenos más inquietantes, aquello que Gramsci llamó los fenómenos morbosos.
Quizás sea allí donde debamos ubicar a las nuevas derechas radicales. No como las creadoras de la nueva época, sino como una de las respuestas posibles a la crisis del viejo orden. Por eso sería un error creer que todo se reduce a Milei. Milei pasará. Como pasarán Trump, Bolsonaro o Meloni. Lo que debemos discutir es el modelo que expresan y el orden social que pretenden consolidar.
Porque destruir las instituciones de una época no garantiza que la nueva sea mejor. Y destruir el Estado tampoco garantiza la libertad. Puede garantizar, simplemente, que quienes tienen mayor poder económico, financiero, tecnológico o comunicacional tengan menos obstáculos para ejercerlo.
La verdadera discusión, entonces, no es si queremos conservar el Estado que conocimos. Necesitamos construir el Estado que exige la nueva época. Un Estado capaz de defender nuestra soberanía en un mundo en transformación; de proteger nuestros recursos naturales y estratégicos; de garantizar derechos; de promover trabajo, producción y conocimiento; de acompañar a las pequeñas y medianas empresas, las cooperativas, las mutuales y la economía social; de democratizar las nuevas tecnologías; y de impedir que el cambio tecnológico sea simplemente una nueva forma de concentración del poder.
No necesitamos volver al pasado. Necesitamos construir futuro. Y para hacerlo necesitamos recuperar una idea de libertad que hoy corre el riesgo de ser vaciada de contenido.
No somos más libres porque estamos solos. No somos más libres porque el Estado desaparezca. No somos más libres porque cada uno tenga que resolver individualmente aquello que antes podíamos resolver juntos. Somos más libres cuando tenemos la capacidad real, individual y colectiva, de decidir sobre nuestra vida y sobre nuestro destino común.
Por eso la verdadera disputa de nuestro tiempo no es entre Estado y libertad. Es entre dos concepciones de la libertad. Una necesita individuos aislados. La otra necesita ciudadanos. Una nos dice que somos libres cuando nadie interviene. La otra nos recuerda que sólo podemos ser libres cuando tenemos el poder suficiente para no ser sometidos.
Quizás por eso aquella frase escrita hace casi quinientos años vuelva a resultar tan incómoda: “Uno diría que no ha perdido su libertad sino ganado su servidumbre”.
Porque la pregunta que debemos hacernos hoy no es solamente cuánto Estado estamos perdiendo. Es si, mientras nos prometen libertad, estamos perdiendo también la capacidad de construirla colectivamente.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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