El nuevo tablero político y el cambio de era
La política argentina comenzó a moverse hacia 2027, pero mientras los partidos y dirigentes buscan posiciones en el nuevo tablero, una transformación mucho más profunda está modificando las bases mismas de nuestras sociedades. La inteligencia artificial, la robótica y la automatización no sólo van a transformar el trabajo: pueden transformar la relación entre el hombre, el tiempo, el ingreso, la producción y el Estado. La pregunta, entonces, no es solamente quién va a gobernar. Es para qué queremos gobernar y qué lugar tendrá la persona humana en la Argentina que viene.

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo*
El nuevo tablero político argentino ya comenzó a moverse. Todavía falta tiempo para las elecciones de 2027, pero los distintos jugadores empezaron a ocupar posiciones. No solamente el peronismo. La izquierda volvió a movilizarse masivamente; el radicalismo continúa atravesado por fuertes diferencias internas; el PRO discute su relación con La Libertad Avanza; distintos sectores buscan nuevas articulaciones y aparecen dirigentes que imaginan frentes capaces de reunir espacios que hasta hace poco parecían difíciles de sentar en una misma mesa.
En Avellaneda, Axel Kicillof reunió al Movimiento Derecho al Futuro en un plenario federal que buscó mostrar una construcción que trasciende la provincia de Buenos Aires. “No me interesa una construcción a control remoto”, sostuvo, mientras profundiza su recorrido nacional. En paralelo, Sergio Massa reunió a jóvenes del Frente Renovador en la Facultad de Derecho de la UBA y habló de una etapa de renovación del peronismo, de la necesidad de construir algo en conjunto y de un nuevo orden internacional atravesado por una revolución tecnológica.
La izquierda también ocupó las calles. La Marcha de la Bronca reunió en Plaza de Mayo a organizaciones políticas, sindicales, sociales, estudiantiles y de derechos humanos, con una fuerte crítica al gobierno de Javier Milei y un llamado a profundizar las medidas de protesta.
El radicalismo, por su parte, continúa mostrando posiciones diferentes respecto del Gobierno y de una eventual articulación con el oficialismo. Dentro del PRO también existen diferencias acerca de una alianza con La Libertad Avanza. Y mientras algunos sectores exploran acuerdos, otros dirigentes hablan de construir alternativas más amplias.
Es decir: no estamos simplemente ante una carrera de candidaturas. Estamos frente a un reordenamiento político. Y dentro de ese reordenamiento, el peronismo tiene su propia discusión. Cristina Kirchner mantiene una centralidad política indiscutible dentro de un sector importante del justicialismo; Kicillof desarrolla una construcción nacional; Massa vuelve a interpelar a las nuevas generaciones. Las diferencias entre esos espacios expresan una discusión sobre estrategia, conducción y proyecto, además de las candidaturas.
Un reconocido dirigente peronista lo planteó con claridad al hablar de una eventual competencia interna entre las principales figuras del peronismo: una PASO no definiría solamente quién sería candidato presidencial, sino que podría determinar quién quedaría en condiciones de conducir el espacio.
Por eso la pregunta sigue teniendo vigencia: ¿EL PERONISMO ESTÁ DISCUTIENDO QUIÉN SERÁ CANDIDATO A PRESIDENTE EN 2027 O ESTÁ COMENZANDO A DISCUTIR QUIÉN SERÁ EL CONDUCTOR DEL PERONISMO?
Pero hay otra pregunta, mucho más grande, que debería atravesar a todos los espacios políticos ¿QUÉ PAÍS QUEREMOS CONSTRUIR? Porque puede ocurrir que toda la política argentina termine discutiendo quién reemplaza a quién sin discutir suficientemente qué modelo de país se pretende sostener.
Incluso algunas lecturas periodísticas recientes plantean que sectores del establishment comienzan a explorar alternativas al propio Milei. Página/12, por ejemplo, interpretó movimientos alrededor de Techint y Patricia Bullrich como parte de un posible “operativo reemplazo”. Es una interpretación periodística y debe ser tomada como tal, pero abre una discusión que no puede ser ignorada: ¿puede cambiar el nombre del conductor sin cambiar el modelo? Desde mi mirada, allí aparece un riesgo concreto.
El modelo que expresa Milei puede ser leído como una actualización, bajo las condiciones del capitalismo del siglo XXI, de una vieja matriz oligárquica argentina: un país abierto al capital y al mercado internacional, con un Estado reducido en su capacidad de intervención y con una fuerte confianza en que la iniciativa privada debe ordenar la vida económica. Cambian los actores. Cambian las herramientas. Cambia el lenguaje. Pero vuelve a aparecer la vieja pregunta: ¿PARA QUIÉNES SE ORGANIZA EL PAÍS?
Porque si la riqueza, los recursos estratégicos, el conocimiento y las nuevas tecnologías quedan concentrados en pocas manos, la Argentina seguirá siendo un país para pocos, aunque la forma de esa concentración sea completamente diferente a la de hace cien años.
Y aquí aparece la verdadera dimensión del desafío. Porque mientras la política discute candidaturas, alianzas y liderazgos, el mundo está atravesando una transformación tecnológica que puede modificar las bases mismas de la sociedad industrial.
La inteligencia artificial, la robótica y la automatización tampoco son algo que recién esté llegando a nuestras vidas. Hace tiempo que están entre nosotros, aunque muchas veces no las reconocemos como parte de una transformación tecnológica porque se incorporaron de manera silenciosa a nuestra vida cotidiana.
Están en los cajeros automáticos que reemplazaron buena parte de la atención humana en los bancos; en las casillas de cobro de los peajes que fueron desapareciendo; en los cajeros de autopago de los supermercados; en los sistemas que permiten hacer trámites, comprar pasajes, realizar operaciones bancarias o gestionar servicios sin que intervenga una persona.
Cada una de esas transformaciones puede parecer, tomada aisladamente, apenas una cuestión de comodidad o eficiencia. Pero vistas en conjunto cuentan otra historia: tareas que durante décadas fueron realizadas por personas están siendo progresivamente realizadas por máquinas, sistemas informáticos y algoritmos. Y esto ya ocurrió sin que la sociedad haya discutido suficientemente qué consecuencias tiene sobre el trabajo, los ingresos y la organización de nuestra vida colectiva.
Lo que ahora comienza a acelerarse es otra etapa. La inteligencia artificial generativa, la robótica avanzada y los robots humanoides pueden llevar esa sustitución y transformación a actividades que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas. China es uno de los países donde este proceso puede observarse con mayor velocidad: la robótica humanoide está pasando de las demostraciones tecnológicas a las plantas industriales y a la producción en escala. La diferencia, entonces, no es que la tecnología vaya a entrar en nuestras vidas. Ya entró!!! La diferencia es la velocidad y la profundidad que puede alcanzar a partir de ahora.
El propio Massa, en su encuentro con jóvenes, habló de una revolución tecnológica y de un nuevo orden internacional. Pero la pregunta que debería acompañar esa afirmación es mucho más incómoda: ¿QUÉ VA A PASAR CON EL TRABAJO? ¿QUÉ FUTURO LES ESPERA A LOS JOVENES?
No solamente con los puestos de trabajo que puedan desaparecer. También con aquellos que van a cambiar, con las profesiones que serán transformadas, con las capacidades que dejarán de ser necesarias y con las nuevas actividades que surgirán.
Pero hay algo todavía más profundo. En buena parte de occidente en general, pero en la Argentina en particular, el trabajo no es solamente una forma de obtener un salario. Es también el mecanismo mediante el cual millones de personas realizan sus aportes jubilatorios, acceden a una obra social, construyen derechos y participan de un sistema de seguridad social.
¿Qué ocurre entonces cuando una parte creciente de la producción puede realizarse con menos trabajadores? ¿Quién aporta al sistema previsional? ¿Con qué recursos se financiarán las jubilaciones? ¿Quién garantizará los derechos de quienes hoy trabajan y mañana no puedan hacerlo?
La cuestión no es hipotética. El propio Estado reconoce que ANSES se financia mediante una combinación de aportes y contribuciones, recursos tributarios, rentas y transferencias, y que entre sus principales obligaciones están las jubilaciones y pensiones. La Oficina de Presupuesto del Congreso, al analizar el período 2009-2024, señaló además la existencia de un déficit estructural en el pilar contributivo y una creciente participación de recursos tributarios en el financiamiento del sistema.
Por eso la revolución tecnológica no puede ser discutida solamente desde la productividad. Hay que discutir también la distribución de la riqueza que esa productividad genere y la forma en que se financiarán los derechos sociales.
Y aquí aparece el verdadero centro de nuestra preocupación: LA PERSONA HUMANA. Porque sería un enorme error pensar el futuro únicamente desde la perspectiva de las máquinas. La pregunta no es cuánto puede producir un robot. La pregunta es para qué queremos que produzca. La pregunta, entonces, no es cuánto trabajo humano podemos reemplazar. La pregunta es, qué queremos hacer con el ser humano cuando una parte de su trabajo pueda ser reemplazada.
Hace más de treinta años, la filósofa francesa Dominique Méda advertía que nuestras sociedades habían colocado el trabajo y la producción en el centro de la vida individual y social. En “El trabajo: ¿un valor en peligro de extinción?”, publicado en 1995, cuestionaba que el trabajo debiera ser considerado el fundamento del vínculo social y proponía devolverle un lugar entre las distintas actividades que hacen posible una vida humana plena. La pregunta vuelve hoy con una fuerza extraordinaria.
Pero hay que tener mucho cuidado. No podemos hablar alegremente del “tiempo libre” que nos regalará la tecnología cuando millones de personas todavía no llegan a fin de mes. Una cosa es disponer de más tiempo porque las necesidades básicas están satisfechas y otra completamente distinta es tener tiempo porque no se tiene trabajo, porque el salario no alcanza o porque la jubilación no permite vivir dignamente. No hay libertad en el tiempo vacío cuando faltan los recursos para vivir. No hay emancipación en el desempleo. No hay futuro tecnológico posible si el progreso de las máquinas se traduce en hambre, exclusión y pérdida de derechos.
Por eso el desafío consiste en garantizar que los aumentos de productividad derivados de la tecnología se traduzcan también en bienestar humano. Y allí aparece una discusión que hasta hace poco parecía marginal y que necesariamente deberá formar parte del debate político: la posibilidad de establecer algún tipo de renta básica o ingreso universal, desvinculado de la condición de tener un empleo.
En Argentina, Juan Grabois ha participado de debates y propuestas vinculados con la renta básica universal. La Universidad Nacional de Córdoba, por ejemplo, lo convocó a discutir específicamente la posibilidad de una renta básica universal en la Argentina. Y no es una discusión exclusivamente de la izquierda latinoamericana.
Bill Gates planteó hace algunos años que la automatización podía exigir nuevas formas de financiamiento de la protección social y propuso discutir incluso un impuesto sobre los robots que reemplazaran trabajadores, destinando esos recursos a políticas sociales. La discusión internacional vinculó esa cuestión con la posibilidad de una renta básica universal.
No se trata de afirmar que exista una única respuesta. Se trata de reconocer que la pregunta ya está planteada. Si mañana una fábrica produce el doble con la mitad de trabajadores, ¿quién se apropia del aumento de productividad? Si una empresa reemplaza mil trabajadores por sistemas automatizados, ¿qué ocurre con los aportes que esos trabajadores realizaban? Si las máquinas generan una parte creciente de la riqueza, ¿debe esa riqueza contribuir de alguna manera al sostenimiento de la sociedad?
Y, finalmente: ¿ES POSIBLE QUE EL DERECHO A UNA VIDA DIGNA DEPENDA PARA SIEMPRE DE LA POSIBILIDAD DE CONSEGUIR UN EMPLEO EN UNA ECONOMÍA QUE CADA VEZ NECESITA MENOS TRABAJO HUMANO?
Estas preguntas no son contra la tecnología. Son preguntas a favor del hombre. No se trata de frenar la inteligencia artificial ni de impedir el desarrollo de la robótica. Se trata de impedir que el progreso tecnológico termine convirtiéndose en una nueva forma de concentración del poder, y de esclavitud -consentida-.
Por eso desde algunos sectores se viene planteando la necesidad de proteger el trabajo humano, establecer una transición tecnológica justa y regular la inteligencia artificial. El principio debería ser sencillo: LA TECNOLOGÍA AL SERVICIO DEL HOMBRE Y NO EL HOMBRE EN SUSTITUCIÓN DE LA TECNOLOGÍA.
Porque una sociedad verdaderamente desarrollada no es aquella que consigue producir con menos seres humanos. Es aquella que consigue que cada ser humano pueda vivir mejor gracias a lo que la tecnología es capaz de producir.
Y entonces volvemos al comienzo. La discusión de 2027 no puede reducirse a quién será candidato, quién conducirá cada espacio o qué alianzas electorales serán posibles. Tampoco puede limitarse a reemplazar a Milei por otro dirigente manteniendo intacto el modelo. Porque cambiar de collar pero dejar al mismo perro significaría apenas cambiar el nombre de quien administra una estructura que sigue llevando al mismo lugar.
La pregunta es otra. ¿QUÉ MODELO DE SOCIEDAD QUEREMOS PARA LA ARGENTINA QUE VIENE? ¿Una sociedad en la que la inteligencia artificial y la robótica concentren todavía más riqueza y poder en los sectores híper-concentrados del poder?
¿O una sociedad capaz de convertir el enorme aumento de productividad que puede generar la tecnología en mejores salarios, mejores jubilaciones, más derechos, más educación, más salud, más tiempo para vivir y mayores posibilidades de realización humana? ¿Vamos a administrar esta transición? ¿O vamos a conducir un cambio de era?
Porque gobernar no será solamente administrar el Estado. Será decidir qué hacemos frente a una transformación que puede modificar la relación entre trabajo, riqueza y tiempo como pocas veces ocurrió en la historia.
Y por eso la pregunta final no debería ser solamente quién quiere gobernar la Argentina. Deberíamos preguntar: ¿PARA QUÉ QUEREMOS GOBERNAR? Porque antes que cualquier candidatura está el proyecto. Antes que cualquier dirigente está el pueblo. Antes que cualquier movimiento está la Patria.
Y frente al cambio de época que tenemos por delante, quizás sea necesario recuperar una idea sencilla, pero profundamente política: PRIMERO ARGENTINA.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.














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