El huevo o la gallina
- hace 1 hora
- 8 min de lectura
¿El Futuro del Peronismo? Un nuevo ciclo.

Columna de Opinión
Por: Waldino C. Suárez*
El país transita por un “cambio de época” que obliga a repensar cómo se hace política y se gobierna la Argentina. La aparición de un oficialismo en manos de un espacio político nuevo y sin historia (LLA) y la correspondiente pérdida de centralidad de las fuerzas que dominaron el escenario nacional en este siglo, definen un punto de inflexión profundo y complejo de analizar. Entre otras razones porque se trata de un proceso en curso.
No sorprende entonces la existencia de un debate abierto, con posiciones encontradas, sobre la naturaleza (las dimensiones temáticas afectadas), los factores que le dieron origen (cultura, geopolítica, innovaciones tecnológicas, gestiones fallidas) y las características del ciclo que comienza (en particular, las expectativas de la población y la relación de fuerza entre espacios políticos).
Este estado de ebullición, falto de definiciones claras, tiene implicancias prácticas de peso; especialmente para quienes conducen las fuerzas partidarias con vocación de poder. Sobre todo, en lo referido a la búsqueda de una estrategia que les permita recuperar el protagonismo perdido (en el caso de las fuerzas tradicionales) o consolidarse como un nuevo polo partidario (en el caso del oficialismo).
El futuro del peronismo
Una buena parte del debate refiere al futuro del peronismo y su pérdida de centralidad en años recientes. Un tema que llama la atención porque ocurre en un país todavía acostumbrado a tenerlo como el principal protagonista de la política nacional. No sólo fue derrotado con claridad en las dos últimas elecciones generales, tampoco (por ahora) ha logrado constituirse en una alternativa “creíble”, capaz de imponerle límites y eventualmente derrotar en las urnas a un oficialismo que se siente empoderado por los resultados de octubre.
En este contexto, no es ocioso preguntarse ¿tiene futuro el peronismo? Sin dudas, se trata de una cuestión apasionante y polémica que genera opiniones encontradas entre dirigentes, sectores sociales, especialistas y comunicadores.
Están quienes lo consideran una experiencia histórica agotada, asociada a un modelo de país incapaz de adaptarse a un mundo cambiado en términos culturales y tecnológicos. Algunos festejan su declinación porque consideran que de este modo la Argentina retomará un proceso virtuoso de progreso; otros porque especulan con la posibilidad de reemplazarlo como referente de los sectores populares.
Sin embargo, no se observa una evidencia empírica que avale tanto “entusiasmo”.
Más bien lo contrario. Según la experiencia acumulada en estas décadas de vivir en democracia, el peronismo dispone de recursos suficientes para mantenerse como una opción real de poder.
Entre tales factores caben señalar tres:
La vigencia de sus banderas históricas. Más allá del enojo que pueda generarle el desempeño de la dirigencia justicialista, el pueblo no se “desperonizó”. El modelo nacional y popular creado por Perón representa la propuesta política que mejor representa y contiene los valores y las aspiraciones de los argentinos.
Su capacidad de reacción electoral en coyunturas adversas. El peronismo siempre (o casi siempre) vuelve.
Una notable versatilidad para gobernar en contextos diferentes y cambiantes. Estos factores le ofrecen al peronismo un potencial inicial que otros no tienen. Un piso de apoyo popular que, sin garantizarle el triunfo, le asegura un lugar expectante en la grilla de opciones competitivas.
La unidad del peronismo
Así planteadas las cosas, cabe formular una segunda pregunta: en las actuales circunstancias ¿qué hace falta para que el peronismo pueda recuperar la centralidad perdida y consolidarse como alternativa de gobierno?
Respuesta: la unidad. Una unidad que le permita superar una crisis de liderazgo que fue profundizándose en años recientes y, al mismo tiempo, definir una agenda con ideas (propuestas) claras, ordenadas y contundentes sobre cómo abordar los problemas del país en beneficio de las mayorías populares.
Un peronismo dividido o fragmentado no es una opción atractiva ni para los propios peronistas. Las disputas internas a menudo son necesarias. A veces para resolver crisis puntuales (entre sectores que piensan distinto sin renegar de su condición peronista) y en ocasiones para adaptarse a coyunturas cambiantes. Pero siempre deben ser transitorias (como ocurrió en el año 1988 o en el período 2003 – 2005). El que gana conduce y el que pierde acompaña.
El huevo o la gallina
Entonces, la pregunta clave pasa a ser: ¿cómo se construye la unidad del peronismo? ¿cuáles son las prioridades? ¿la consolidación de un liderazgo que contenga al conjunto? o ¿la elaboración de un plan de gobierno que dé respuesta a las expectativas – necesidades de la gente? ¿qué viene primero?
Atendiendo al debate en curso, no hay consenso al respecto. Las opiniones de los compañeros están divididas entre quienes ponen el acento en las dificultades generadas por la actual crisis de liderazgo y quienes destacan la necesidad de elaborar un proyecto o programa, de raíz peronista, que vuelva a enamorar.
La recuperación del peronismo requiere de ambas cosas. No son opciones excluyentes. Mucho menos condiciones antinómicas. Un proyecto no es proyecto si no hay un líder que lo avale ante la opinión pública y genere las condiciones objetivas para su implementación efectiva. Y un líder no conduce si no tiene algo que ofrecer a la sociedad; una agenda que dé respuestas a las aspiraciones del pueblo. No se trata de definir cuál es el factor más importante, sino cual debe resolverse primero. ¿El huevo o la gallina?
Respuesta: en esta coyuntura, la recuperación del peronismo “comienza” con la construcción de un liderazgo que genere confianza en la sociedad y contenga (seguramente como candidato) al conjunto de la dirigencia justicialista. La razón: este es el principal reclamo de la base social, que percibe al peronismo como una fuerza potente, pero desordenada, conflictuada y caótica. En consecuencia, la existencia de una jefatura de estas características es condición sine qua non para que la población tome en serio las políticas que el peronismo pueda proponerle.
El liderazgo que viene
El tiempo dirá quién es el emergente en condiciones de conducir al movimiento en el próximo proceso electoral. Todavía no hay una figura que se destaque con claridad. Sin embargo, sí se puede definir un perfil dirigencial que se ajuste a las expectativas de los votantes, en términos de atributos personales y modalidades de comunicación. Un “candidato natural”.
Los atributos de un “buen dirigente”
En términos personales, el electorado reclama de sus dirigentes políticos cuatro atributos personales: honestidad, capacidad, novedad y cercanía. Los dos primeros han sido ampliamente debatidos y no hay mucho más para agregar a lo dicho en innumerables ocasiones. Los dos restantes han ganado en importancia a medida que se profundizó el desprestigio de la clase gobernante.
El atributo “novedad” está asociado al reclamo por cambio. Los votantes quieren mayoritariamente que la clase gobernante se comporte diferente (aun cuando defiendan las banderas de siempre). Este reclamo representa una ventaja comparada para los “outsiders”, quienes por definición se presentan como alternativa a un “establishment partidario” desgastado. No importa tanto su origen. Pueden surgir del sistema partidario existente (los casos de R. Alfonsín, C. Menem y N. Kirchner) o cultivar una impronta antisistema (J. Milei y, en menor medida, M. Macri). Lo importante es que usufructúan de la demanda por cambios en las prácticas políticas instalada en la sociedad. La “cercanía” tiene que ver con la brecha que separa la cotidianeidad de dirigentes y ciudadanos. Al margen de la herramienta comunicacional empleada, los votantes reclaman ser escuchados por el poder político. Un modo de asegurarse que sus reclamos y expectativas (muchas veces en formato de iniciativas concretas) sean tenidos en cuenta por los gobernantes o quienes aspiran a reemplazarlos. No se sienten cómodos en el papel de espectadores de propuestas elaboradas por otros en su nombre.
Los referentes de la sociedad civil
Los atributos reseñados (en particular los dos últimos) obligan a repensar las modalidades empleadas por dirigentes y candidatos para contactarse con la población en forma interactiva (tal cual se reclama). Para ello disponen de una gama y variedad de herramientas tradicionales (presenciales) y no tradicionales (digitales).
Ante la imposibilidad de contactarse con cada elector en forma individual (salvo localidades chicas), al dirigente – candidato le queda el recurso de hacerlo a través de referentes de la sociedad civil. Personas que, por sus actividades regulares, están en contacto con y tienen ascendencia sobre personas con quienes comparten una misma cotidianeidad (vecinos, clientes, colegas y otros). Aunque tengan ideas políticas definidas, salvo excepciones, estos referentes no muestran interés en ocupar cargos ajenos a sus actividades regulares ni postularse como candidatos.
Este tipo de contactos debe servirle al dirigente para mostrarse como alguien que escucha, interiorizarse de los problemas de cada colectivo, generar propuestas que mantengan activos los vínculos así iniciados y construir una red de multiplicadores que le den visibilidad a su candidatura (en el caso que decida postularse). La idea es fortalecer su imagen de “buen dirigente”, “buena persona”. Alguien “distinto y confiable”.
Algunas pautas metodológicas
La elaboración de un plan de trabajo pensado para instalar un dirigente – candidato en la opinión pública, sistematizando sus vínculos con los referentes de la sociedad civil, debe tener en cuenta algunas recomendaciones prácticas.
En particular tres:
Primero. La estructura social del país está debilitada y con ello la capacidad de convocatoria de la mayoría de las entidades intermedias tradicionales. Estas no tienen ni por asomo la representatividad de otras épocas. El lugar lo ocupan en parte colectivos espontáneos, conformados en torno a figuras casi siempre ajenas a las estructuras partidarias. En consecuencia, la búsqueda e identificación de estas personas requiere un trabajo artesanal. Una tarea para militantes y cuadros técnicos. En clave peronista este modo de hacer política aportaría a la reconstrucción de la comunidad organizada
Segundo. El timing: la red de contacto debe concretarse antes de la campaña formal, en una época cuando la política suele estar ausente del territorio. Estar presente anticipadamente, cuando la mayoría de los dirigentes “no está”, ayuda a la credibilidad de la propuesta.
Tercero. Para ser posible, el trabajo con referentes societales debe plantearse en términos incrementales, como un proceso que amerita ser desarrollado por etapas, de menor a mayor. Esto impone la definición de metas prioritarias, en base a la identificación de segmentos de población claves para la promoción de la candidatura deseada. Por esta razón, la búsqueda de contactos debería centrarse (al menos en una primera etapa) en personas con ascendiente en tales segmentos. Una incubadora de proyectos. Se trata de un elemento clave para la consolidación de lazos con los referentes contactados. Estos últimos seguramente aportarán información sobre el clima social y político en sus comunidades de pertenencia, también es posible que en base a su experiencia personal aporten ideas fuerza sobre cómo responder a las demandas de quienes la integran. Sin embargo, difícilmente estén en condiciones de definir proyectos a nivel de factibilidad; menos aún, los ejes de una política pública. Para ello necesitarán ayuda, básicamente de los políticos que aspiran a representarlos. Una incubadora de proyectos es la opción más adecuada para organizar dicha ayuda. Se trata de un ámbito de trabajo, ágil y poco oneroso, integrado por cuadros técnicos comprometidos con el dirigente que los conduce. Una unidad funcional fácilmente amoldable a la disponibilidad de recursos y los hábitos arraigados en el territorio involucrado.
Conclusión
El país necesita de una alternativa peronista que contenga las aspiraciones de los sectores populares y, desde la política, se haga cargo de sus necesidades. Para ello, como primer paso, resulta imprescindible superar la crisis de liderazgo que lo tiene enjaulado. En esta nota se presentaron algunas ideas sueltas sobre cómo lograrlo. En nuestra opinión, se necesita que el movimiento genere desde su seno una figura que reconstruya puentes (hoy debilitados) con quienes mejor interpretan la realidad de los distintos sectores que conforman la comunidad nacional y ofrezca soluciones a los problemas que “escucha” en la calle. Como sucedió varias veces en el pasado. Pensar así no es un gesto de nostalgia. Más bien lo contrario, es un arrebato de “realismo” porque, a pesar de todo, recuperar el modelo de país ideado por Perón es lo mejor que nos puede pasar a los argentinos.
Waldino C Suárez*, vecino de Olivos. Fundador de “Usina del Sur”















Comentarios