El desafío: unidad para ganar, solidaridad para transformar
La unidad del denominado campo nacional es indispensable para construir una alternativa política frente al modelo Milei, pero el desafío es mucho más profundo: no alcanza con derrotar a un gobierno si no somos capaces de transformar la cultura del individualismo, la exclusión y el desprecio por el otro.

Columnaa de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo
Agustín Rossi lo expresó con claridad: “no hay otra posibilidad que la unidad”. Y agregó una definición que merece ser tomada en serio: “la unidad no garantiza por sí misma la victoria, la división sí garantiza la derrota”. También planteó la necesidad de construir un gran frente democrático, capaz de convocar a sectores desencantados del PRO y la UCR, sobre la base de acuerdos programáticos que permitan gobernar a partir del 10 de diciembre de 2027.
Son palabras importantes. La unidad, la ampliación de nuestra base política y la elaboración de un programa común constituyen condiciones indispensables para ofrecer una alternativa al modelo de Javier Milei. Porque el peronismo, por sí solo, no alcanza. Hace falta convocar a todos los sectores que creen en la democracia, la justicia social, la producción, el trabajo y la solidaridad.
Pero hay una pregunta que no podemos eludir: ¿para qué queremos unirnos? ¿Solamente para ganar una elección y reemplazar a un presidente, o para transformar las condiciones materiales y culturales que hicieron posible que una parte de nuestra sociedad aceptara, e incluso celebrara, la exclusión como si fuera una consecuencia natural de la vida?.
Porque Milei no es solamente una persona. Es también la expresión de una concepción del mundo que convierte la competencia en una regla absoluta, el individualismo en una virtud y la solidaridad en una debilidad. Un sistema que te hace creer que si no llegás, si no progresás, si no podés pagar el alquiler o si perdés el trabajo, la responsabilidad es exclusivamente tuya. Que el éxito se mide por la posición económica, profesional o social que alcanzaste, y que quien queda atrás merece su destino.
Así, los problemas colectivos se transforman en fracasos individuales. La desigualdad deja de ser una cuestión política y económica para convertirse en un juicio moral sobre las personas. Y mientras unos pocos concentran cada vez más recursos y oportunidades, los demás son empujados a competir entre sí por las migajas.
Frente a esa concepción, no alcanza con presentar un programa económico diferente. Necesitamos reconstruir una idea de sociedad. Y eso nos obliga a mirar también nuestras propias conductas.
Durante demasiado tiempo hemos repetido que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista. Una consigna que expresa pertenencia, pero que no puede convertirse en una frontera que nos impida reconocer al que piensa distinto. Si queremos construir una Argentina para todos, deberíamos ser capaces de afirmar algo más amplio y más profundo: para un argentino no hay nada mejor que otro argentino.
Y esa afirmación no puede quedar reducida a una consigna de campaña. Tiene que expresarse en la política cotidiana, en nuestras organizaciones y en los vínculos sociales.
¿De qué unidad hablamos cuando algunos compañeros recurren a las mezquindades, las operaciones y las artimañas para obtener un cargo, conservar un privilegio o desplazar a quien consideran un obstáculo? ¿Cómo convocamos a la solidaridad colectiva si reproducimos internamente las mismas prácticas de competencia despiadada que cuestionamos en el adversario?.
La contradicción también aparece en la sociedad cuando alguien es descalificado por ser de izquierda, musulmán, judío o gay o… cuando una identidad, una creencia o una orientación sexual se convierten en motivo de sospecha, burla o exclusión. No podemos defender la justicia social y tolerar, al mismo tiempo, que se humille a una persona por ser diferente.
Achicar la grieta no significa borrar las diferencias políticas, renunciar a las convicciones ni fingir que todos los proyectos son iguales. Tampoco significa aceptar que todos los políticos son iguales, una generalización tan cómoda como injusta. Como plantea Alejandro Dolina en una reflexión que viene al caso, sería como afirmar que todos los libros son iguales porque tienen el mismo formato. La forma no define el contenido, del mismo modo que la política no puede juzgarse sin distinguir ideas, trayectorias, conductas y decisiones.
Hay intereses contrapuestos, responsabilidades que deben señalarse y políticas que deben enfrentarse. De lo que se trata es de comprender que la democracia necesita adversarios, pero no enemigos a los que se les niegue la dignidad; que podemos confrontar ideas con firmeza sin deshumanizar a quien piensa distinto. Porque una sociedad no se construye destruyendo al otro. A veces será posible encontrar acuerdos; otras, las diferencias serán irreconciliables y habrá que sostenerlas con firmeza, confrontando ideas, intereses y proyectos. Pero incluso cuando no haya posibilidad de acuerdo, debe existir un límite que no podemos cruzar: negar la dignidad de quien piensa distinto. No necesitamos pensar igual, ni siquiera ponernos de acuerdo, para reconocernos como parte de una misma sociedad y respetarnos como personas.
Por eso, la unidad electoral debe ser el comienzo y no el final del camino. Necesitamos un programa que recupere el trabajo digno, la educación, la salud, la producción nacional y la distribución justa de la riqueza. Pero también necesitamos una cultura del abrazo que reconstruya la confianza, el respeto y la responsabilidad por el destino común.
No se trata de pedirle al pueblo que olvide sus diferencias ni de reemplazar la política por buenos sentimientos. Se trata de recuperar la política como herramienta para transformar la realidad y de entender que ninguna transformación duradera será posible si la solidaridad que proclamamos en los discursos desaparece en nuestras prácticas.
El desafío de 2027 no consiste solamente en reunir votos suficientes para derrotar a Milei. Consiste en demostrar que existe otra manera de organizar la vida, de relacionarnos y de concebir el progreso. Una Argentina donde el éxito de uno no necesite del fracaso de otro; donde nadie sea descartable; donde las diferencias no justifiquen el desprecio y donde el destino colectivo importe más que el privilegio individual. Esto es impedir que las diferencias se conviertan en desprecio, discriminación y ruptura de los lazos que nos permiten reconocernos como pueblo.
La unidad es necesaria para ganar. La solidaridad es indispensable para transformar. Y la esperanza, como nos recuerda el padre Pablo Tissera (fallecido), no es una espera pasiva: somos responsables de la esperanza.
Esa responsabilidad comienza por nosotros mismos. En la política, en nuestras organizaciones y en cada vínculo cotidiano. Porque no habrá una Argentina más justa si pretendemos cambiar el sistema sin cambiar también las prácticas que lo reproducen.
La construcción de una mayoría democrática exige ampliar las alianzas. La construcción de un pueblo exige algo más: reconocernos como parte de una misma comunidad, aun cuando pensemos diferente.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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