top of page

El “Cordobazo”: la respuesta popular y estudiantil contra la injusticia, la explotación laboral y la proscripción política

  • hace 30 minutos
  • 6 min de lectura

Del bombardeo de Plaza de Mayo al Cordobazo, pasando por los fusilamientos de José León Suárez y la proscripción del peronismo, la historia argentina muestra una misma disputa de fondo: un pueblo que buscó dignidad, justicia social y soberanía frente a sectores de poder que jamás toleraron que los trabajadores levantaran la cabeza. Ayer fue mediante las botas y los fusiles; hoy, a través de los mercados, los algoritmos y la inteligencia artificial.



 Columna de Opinión

Por. José “Pepe” Armaleo


Entre fines de mayo y los días de junio se acumulan fechas que marcaron profundamente la historia argentina. No son simples efemérides dispersas ni recuerdos aislados de un pasado lejano. Son capítulos de una misma disputa histórica que atraviesa generaciones: la lucha entre un pueblo que busca dignidad, justicia social y protagonismo político, y sectores de poder que nunca toleraron que los trabajadores dejaran de agachar la cabeza.


El Cordobazo, el bombardeo de Plaza de Mayo, los ataques simultáneos en Mar del Plata, los fusilamientos de José León Suárez, el fusilamiento del general Juan José Valle y la persecución contra militares que reclamaban el regreso del orden constitucional forman parte de una misma secuencia histórica atravesada por el odio de clase, la violencia estatal y la resistencia popular.


El 29 y 30 de mayo de 1969 ocurrió una turbulencia histórica que emergió desde el “subsuelo de la Patria sublevado”, como alguna vez describiera Scalabrini Ortiz al despertar popular del 17 de octubre. El Cordobazo no fue solamente una protesta obrera y estudiantil. Fue el grito colectivo de una generación que decidió enfrentar la injusticia, la proscripción, la entrega económica y la represión de la dictadura de Onganía.


Miles de trabajadores y estudiantes ocuparon las calles de Córdoba para defender derechos conquistados y para cuestionar un modelo de país pensado para unos pocos. Aquella joven clase obrera industrial, hija de la movilidad social y de la dignidad que el peronismo había sembrado en los sectores populares, se encontró en las calles con estudiantes comprometidos con las luchas de su pueblo. Y juntos rompieron el miedo.


El Cordobazo fue, en muchos sentidos, la respuesta histórica a los bombardeos, las proscripciones y los fusilamientos de los años anteriores. Porque si el odio oligárquico había intentado disciplinar al pueblo mediante las bombas y el terror, el pueblo respondió organizándose, luchando y volviendo a ocupar el centro de la escena política nacional.


Catorce años antes, el 16 de junio de 1955, la Argentina había vivido uno de los episodios más brutales de su historia contemporánea. Aviones de la Marina bombardearon Plaza de Mayo con el objetivo de asesinar al entonces presidente constitucional Juan Domingo Perón. Las bombas no cayeron sobre un objetivo militar aislado: cayeron sobre civiles. Murieron centenares de personas. Trabajadores, empleados, niños, estudiantes, hombres y mujeres comunes que transitaban el centro porteño o se encontraban allí por razones cotidianas. Argentinos asesinados por argentinos.


Aquel bombardeo no fue solamente un intento de magnicidio. Fue también un mensaje disciplinador dirigido a las mayorías populares. El odio no estaba puesto únicamente en Perón como figura política, sino en todo lo que el peronismo representaba: sindicatos fuertes, derechos laborales, movilidad social ascendente y trabajadores capaces de mirar de igual a igual a las clases dominantes.


Sin embargo, pocas veces se recuerda que ese mismo día también hubo ataques y bombardeos en Mar del Plata, hechos que con el tiempo quedaron prácticamente borrados de la memoria pública. Como si ciertas tragedias merecieran ser recordadas y otras debieran permanecer ocultas bajo el peso del silencio político y cultural.


Aún más inquietante resulta comprobar que muchos de los responsables materiales de aquella masacre jamás fueron juzgados ni condenados. Los pilotos que descargaron bombas sobre su propio pueblo continuaron integrando las Fuerzas Armadas, conservaron grados, reconocimiento institucional y hasta llegaron a percibir sus jubilaciones como si nada hubiese ocurrido. La impunidad también construye memoria; una memoria deformada, donde el horror pierde nombre y los responsables desaparecen detrás del tiempo, la conveniencia política y el silencio institucional.


Menos de un año después, en junio de 1956, llegarían los fusilamientos posteriores al levantamiento encabezado por el general Juan José Valle contra la dictadura autodenominada “Revolución Libertadora”. Algunos fueron ejecutados tras consejos de guerra sumarios; otros directamente asesinados de manera clandestina, como ocurrió en José León Suárez, hechos que Rodolfo Walsh inmortalizaría en Operación Masacre.


Incluso el propio Valle, más allá de cualquier interpretación política sobre su levantamiento, no contó con garantías mínimas de defensa. Fue ejecutado en un clima donde la ley había dejado paso a la revancha y al escarmiento. Pero tampoco se trataba solamente de castigar una insurrección militar. Lo que se buscaba era aplastar cualquier posibilidad de restauración democrática que permitiera el regreso del pueblo a la escena política.


La persecución también alcanzó a quienes dentro de las propias Fuerzas Armadas sostenían la necesidad de restablecer el orden constitucional mediante elecciones libres. A través de decretos reservados y decisiones secretas, el Ejército dio de baja y expulsó de sus filas a oficiales y suboficiales que compartían la posición de Valle respecto de la necesidad de devolverle legitimidad democrática al país. No se castigaba solamente una rebelión: se disciplinaba cualquier idea que cuestionara la proscripción del peronismo y la exclusión política de millones de argentinos.


Lo más alarmante quizá no sea solamente que aquellos hechos hayan ocurrido. Lo verdaderamente inquietante es el silencio posterior. El modo en que estas tragedias casi no aparecen en los programas escolares, en las efemérides oficiales o en los actos institucionales. No hay banderas a media asta. No hay jornadas nacionales de reflexión. Apenas sobreviven algunos recordatorios militantes, investigaciones históricas, esfuerzos aislados y memorias familiares. Incluso los escasos proyectos legislativos impulsados para establecer conmemoraciones oficiales suelen perder estado parlamentario y quedar archivados en la indiferencia burocrática. Y mientras tanto, como en la amarga expresión de Fellini, la nave va.


La violenta represión uniformada no logró aplacar la mística de trabajadores y estudiantes que no dudaron en ganar la calle


Pero quizás ese silencio no sea casual. Porque recordar aquellos hechos obliga también a preguntarse quiénes ejercieron históricamente la violencia en la Argentina y contra quiénes fue dirigida. Obliga a reconocer que buena parte de las clases dominantes jamás aceptaron plenamente la democratización social que significó el peronismo. Nunca toleraron que los trabajadores dejaran de agachar la cabeza.


Y aunque hayan pasado décadas, ciertas matrices de pensamiento siguen presentes. Cambian los lenguajes, cambian las formas y cambian los contextos históricos, pero persiste una misma incomodidad frente a los sectores populares organizados. Todavía hoy se exaltan discursos de “orden” y “normalidad” que muchas veces identifican la paz social con el silenciamiento de la protesta, la criminalización del conflicto o la invisibilización de quienes quedan afuera.


Por eso conviene volver al Cordobazo. Porque allí hubo un pueblo que decidió romper el aislamiento, como reclamaba Walsh. Hubo trabajadores y estudiantes que entendieron que ningún derecho se conserva sin organización, sin solidaridad y sin lucha colectiva. Hubo una generación que enfrentó la represión, la censura y el miedo para abrir nuevamente una esperanza histórica.


Tal vez por eso mayo y junio sigan siendo meses incómodos para algunos. Porque obligan a mirar de frente una parte de nuestra historia que muchos preferirían olvidar: aquella donde una parte del país decidió bombardear, proscribir y fusilar a otra parte del país simplemente porque los de abajo habían comenzado a sentirse iguales.


Y acaso allí resida la mayor enseñanza de todas. Comprender que cada vez que la Argentina intentó resolver sus tensiones sociales aplastando al pueblo en lugar de escucharlo, terminó multiplicando el odio, la fractura y la violencia.


Pero también sería un error creer que aquellas disputas pertenecen solamente al pasado. Hoy, como ayer, siguen existiendo intereses que disputan el control de nuestros recursos naturales, del endeudamiento externo, de la soberanía económica y de la capacidad misma de decidir un proyecto de país. Cambian las formas, cambian las herramientas y cambian los escenarios, pero persisten las mismas lógicas de subordinación.


Ayer la disciplina social se imponía muchas veces mediante las botas, los fusiles, la proscripción y el terror abierto. Hoy, en cambio, aparecen nuevas formas de condicionamiento y dominación que operan a través de los grandes grupos económicos, las plataformas digitales, los algoritmos, la manipulación informativa y hasta las nuevas tecnologías de inteligencia artificial capaces de moldear sentidos comunes, conductas sociales y percepciones políticas a una escala nunca antes vista.


Por eso la memoria histórica sigue siendo una herramienta profundamente actual. Porque recordar no implica quedarse atrapados en el pasado, sino comprender mejor las formas contemporáneas del poder y de la dependencia. Y porque quizás la verdadera batalla de nuestro tiempo ya no se libre solamente en las calles o en los cuarteles, sino también en el terreno invisible donde se disputa qué pensamos, qué creemos y hasta qué futuro imaginamos posible como pueblo.


Hoy, como ayer, pareciera que seguimos girando sobre un mismo rulo de la historia. Y quizá la única manera de romperlo sea animándonos, de una vez por todas, a recordar, pensar y organizarnos nuevamente.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse".


José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

 

250x300.gif
Flayer Karem BANNER.jpg
con li BANNER.jpg

Presentado por

Logo Tobel -blanco.png
bottom of page