top of page

El club que convierte un auto mítico en una travesía solidaria por la Argentina rural

  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

A bordo de los icónicos Citroën Mehari -fabricados por última vez hace décadas-, un grupo de apasionados recorre el país para llevar alimentos, oficios y esperanza a escuelas rurales. Ya ayudaron a 45 instituciones.



Escribe: Fernando Gañete Blasco


Todo empezó con una broma millonaria. En 2005, un aviso publicado en internet ofrecía un Citroën Mehari a un precio tan disparatado que resultaba imposible ignorarlo: un millón de dólares. Detrás de esa publicación estaba Sebastián Bretal, cuyo verdadero objetivo no era vender, sino convocar a todos los dueños de ese vehículo único en la Argentina. “Yo tenía un Mehari y me generó mucha curiosidad, así que me comuniqué. La idea de Sebastián era llamar la atención de quienes fuéramos propietarios para crear una comunidad”, recuerda Claudio Greco, actual presidente del Club Mehari Argentina (CMA). El anzuelo funcionó: lo que nació como una provocación se convirtió en el embrión de una hermandad que hoy cuenta con más de 1000 socios.


Para quienes no lo conocen, el Mehari es un vehículo liviano, fabricado por Citroën en Francia en 1968 y utilizado por el ejército francés como utilitario táctico ligero a principios de los años 70. Llegó a la Argentina y se convirtió en furor entre los jóvenes de la época. Aquí se fabricaron unas 4000 unidades y el club reúne a más de 1000 propietarios de ese modelo que ya no se produce. Pero el CMA no es sólo un espacio para fanáticos de ese vehículo: con el tiempo, sus integrantes transformaron su pasión en una misión con impacto real.


De las caravanas a la cruzada solidaria


Al principio, las reuniones eran para intercambiar experiencias y organizar caravanas y viajes. Hasta que un día sintieron que debían dar un paso más. Así surgieron las Travesías Solidarias: expediciones anuales en las que los Meharis -y vehículos de apoyo para quienes no tienen uno- recorren hasta 1000 kilómetros desde Capital Federal para llevar donaciones a escuelas rurales.


No se trata de una entrega fría de mercadería. “No sólo vamos a dejar cosas y nos vamos. Es compartir con los chicos y colaborar con conocimientos”, explica Gastón Ghibaudi, uno de los colaboradores más activos. En las últimas travesías llevaron un maestro quesero que enseñó a los niños a elaborar derivados lácteos, pintaron murales junto a docentes y familias y realizaron refacciones estructurales. Hasta hicieron volar a los chicos en un globo aerostático gracias a un socio que posee uno. “Los chicos vivieron algo mágico”, cuenta Ghibaudi.



El proceso es minucioso: entre septiembre y octubre los socios eligen por votación entre dos y cinco escuelas rurales ubicadas a unos 1000 kilómetros de la ciudad. Con la lista de necesidades en mano, reúnen donaciones durante meses. El domingo previo a la partida clasifican y cargan todo; al día siguiente la caravana sale al amanecer. El viaje dura al menos dos días, lleno de anécdotas y saludos de otros automovilistas. Llegan a la noche anterior al pueblo y a la mañana siguiente participan del izamiento de la bandera junto a los alumnos y comienzan la entrega de donaciones.


Después de compartir un almuerzo preparado por los propios niños con lo que aprendieron en los talleres, el grupo se toma un tiempo para hacer turismo no tradicional por la zona y regresa a casa “con el alma llena de orgullo”, dice Gastón.

Hasta ahora ya ayudaron a 45 escuelas y apadrinan a una de las primeras que visitaron, en El Mojón, Catamarca, a donde vuelven incluso fuera de las travesías habituales.


El amor por un auto que no se fabrica más


Pero detrás de cada travesía hay una historia personal de fascinación. Gastón Ghibaudi relata su origen: “en 1981, yo tenía 8 años, cuando un amigo de mi padre llegó a casa en un Mehari naranja que me deslumbró. Me llevó a dar una vuelta y me dejó manejar. A partir de ahí, yo ya no fui el mismo”. Ese deseo se mantuvo latente hasta 2012, cuando conoció a Claudio Greco, que andaba todos los días en un Mehari colorado. “Ese encuentro convirtió mi ‘en algún momento’ en un ‘¡quiero ya!’”, confiesa.



Recién en 2017, y sin tener aún su propio Mehari, pudo participar de una travesía como vehículo de apoyo. “Una vez vivida esa experiencia, es inevitable sentir que ya no sos la misma persona”, asegura. En 2019 compró su primer Mehari y le transmitió la pasión a su hija Florencia, que nació mucho después de que el Mehari dejara de fabricarse pero hoy lo acompaña en cada viaje.


Desafíos y convocatoria abierta


Hoy el club enfrenta un escenario complejo. Si bien tienen registrados más de 1000 socios, sólo unos 100 concurren a los eventos con regularidad y la comisión de trabajo activa se reduce a 15 personas. La crisis económica golpea fuerte: muchos de los participantes habituales no pueden costear los viajes y las empresas que antes donaban con generalidad -en su mayoría Pymes y trabajadores- hoy tienen más dificultades para aportar. Entre las pocas grandes compañías que siguen colaborando destacan a Marolio.


A pesar de todo, el CMA mantiene sus puertas abiertas. Invitan a las personas que quieran sumarse, ya sea con donaciones, como vehículo de apoyo o simplemente para conocer el mundo Mehari. “Es una conjunción perfecta donde encontrás, primero que nada, un gran equipo liderado por Claudio, donde todo está perfectamente planificado”, resalta Ghibaudi.


También CMA apadrina a una de las primeras escuelas que visitaron, en El Mojón, Provincia de Catamarca, a donde -fuera de las habituales travesías- van a visitar y les gustaría poder ampliar para que ningún niño del país tenga necesidades.


Mientras tanto, siguen sumando kilómetros y sonrisas, demostrando que un auto viejo puede ser el vehículo perfecto para movilizar lo mejor del ser humano.


Contacto para colaborar o sumarse:


📱 +54 9 2304 47-8010


Comentarios


250x300.gif
Flayer Karem BANNER.jpg
con li BANNER.jpg

Presentado por

Logo Tobel -blanco.png
bottom of page