top of page

De la esclavitud al algoritmo: nuevas formas de dependencia

  • 1 abr.
  • 6 Min. de lectura

A propósito del Día Internacional en Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud, una reflexión sobre cómo las lógicas de dominación no desaparecen: se transforman. El capitalismo redefine sus mecanismos y vuelve a plantear una pregunta incómoda: qué significa hoy ser libre.



Columna de Oponión

Por: José "Pepe" Armaleo*


El voto de la Argentina contra una resolución de la ONU que reconoce la esclavitud como crimen de lesa humanidad no es un hecho aislado: expresa una política exterior que combina negacionismo, subordinación geopolítica y rechazo a las agendas de reparación. Pero también reabre una pregunta urgente: qué hacemos hoy, como sociedad, con esa memoria.


En ese marco, el voto negativo no puede leerse como un episodio aislado. Forma parte de una política que, bajo distintas formas, ha relativizado o directamente negado consensos básicos en materia de memoria, verdad y justicia.


El negacionismo, en este caso, no se presenta necesariamente como una negación explícita de los hechos históricos. Opera de un modo más sutil: vaciando de contenido las categorías que permiten nombrarlos, deslegitimando las demandas de reparación o desactivando los marcos institucionales que sostienen esas memorias.


La conmemoración impulsada por la Naciones Unidas en recuerdo de las víctimas de la esclavitud y la trata transatlántica nos enfrenta a una de las dimensiones más brutales de la historia moderna. Durante más de cuatro siglos, millones de personas fueron reducidas a mercancía, arrancadas de sus territorios y sometidas a un sistema que organizó buena parte de la economía global.


Sin embargo, el sentido más profundo de esta fecha no se agota en el pasado. No se trata sólo de recordar lo ocurrido, sino de interrogar el presente. Porque si algo enseña la historia de la esclavitud es que las formas de dominación no desaparecen sin más: se transforman, mutan.


La abolición del comercio esclavista en el siglo XIX marcó un punto de inflexión, pero no implicó el fin de las relaciones de desigualdad estructural. El capitalismo, lejos de extinguirse, encontró nuevas formas de organizar la producción, el trabajo y el poder. El paso de la esclavitud al trabajo asalariado fue, sin dudas, un avance en términos de derechos, pero también inauguró otras formas de dependencia, menos visibles y más complejas.


Hoy, más de dos siglos después, asistimos a una nueva mutación. Ya no se trata solamente del control de la fuerza de trabajo en su dimensión física, sino del control del acceso: acceso a la información, a las redes, a los circuitos donde se produce y circula el valor.


En este contexto, el poder ya no reside exclusivamente en la propiedad de los medios de producción tradicionales, sino en la capacidad de gestionar los canales de comunicación y las infraestructuras digitales que organizan la vida social. Quien controla esos canales no sólo regula la economía sino también el sentido.


El lenguaje no es un simple reflejo de la realidad, sino el medio a través del cual esa realidad se construye (Stuart Hall). En una época donde la comunicación está profundamente mercantilizada, esa construcción del sentido se vuelve también un terreno de disputa económica.


Las plataformas digitales, las redes sociales y los sistemas algorítmicos no son meras herramientas neutrales. Son espacios donde se define quién tiene visibilidad, quién participa y quién queda al margen. En otras palabras, son dispositivos que organizan nuevas formas de inclusión y exclusión.


Este desplazamiento redefine incluso el concepto de libertad. Durante mucho tiempo, la idea de libertad estuvo asociada a la ciudadanía y a la participación política. Sin embargo, en las últimas décadas, esa noción se ha ido desplazando hacia el terreno del consumo. La capacidad de elegir en el mercado aparece, muchas veces, como sustituto de la participación en la vida pública.


Así, el ciudadano se transforma en usuario, y la participación se redefine como acceso.


Pero el acceso no es universal.


En una sociedad cada vez más interconectada, la brecha entre quienes están dentro y quienes quedan fuera de las redes digitales se convierte en una nueva forma de desigualdad estructural. Y aun entre quienes están “conectados”, las asimetrías de poder persisten, marcadas por la concentración de recursos y capacidades en manos de grandes actores globales.


En este escenario emergen nuevas formas de trabajo que desafían las categorías tradicionales. La llamada “uberización” de la economía presenta vínculos laborales flexibles, pero muchas veces precarizados, donde la autonomía convive con la incertidumbre. No hay coerción directa, pero sí dependencia estructural. No hay propiedad sobre el cuerpo, pero sí una captura del tiempo, de la atención y de la disponibilidad permanente.


Comparar estas realidades con la esclavitud histórica sería un error. Pero ignorar las continuidades en las lógicas de subordinación también lo sería.


Porque lo que está en juego, ayer como hoy, es la forma en que se distribuye el poder en la sociedad.


La memoria de la esclavitud, entonces, no puede ser un ejercicio meramente conmemorativo. Tiene que funcionar como una herramienta crítica. Nos obliga a mirar más allá de las formas visibles de la opresión y a preguntarnos por aquellas que, bajo nuevas configuraciones, siguen estructurando la vida social.


En ese punto, el rol del Estado vuelve a ocupar un lugar central. Frente a un sistema que tiende a concentrar poder y a generar exclusión, la intervención pública del Estado aparece como una condición necesaria para garantizar derechos y equilibrar desigualdades.


La tradición constitucional argentina ha avanzado en esa dirección al incorporar una noción de igualdad que no se limita a lo formal, sino que busca evitar la consolidación de grupos subordinados. No se trata sólo de que todos sean iguales ante la ley, sino de impedir que algunos queden sistemáticamente sometidos a otros.


Esa idea, profundamente democrática, encuentra eco en viejas formulaciones que siguen siendo actuales. Desde el “naide es más que naides” de José Artigas hasta la insistencia de Mariano Moreno en la igualdad como condición de la libertad, hay una línea de pensamiento que atraviesa nuestra historia y que vuelve a cobrar sentido en el presente.


En un mundo donde las formas de dominación se vuelven cada vez más sofisticadas, la pregunta por la libertad no puede eludirse.


¿Somos más libres porque ya no existe la esclavitud en su forma clásica? ¿O enfrentamos nuevas formas de dependencia que, aunque menos visibles, siguen condicionando nuestras vidas?


Tal vez la respuesta no sea sencilla. Pero lo que sí parece claro es que la historia no avanza por sustituciones limpias, donde una forma desaparece para dar lugar a otra completamente distinta.


Más bien, lo que vemos es un proceso de transformación continua, donde viejas lógicas reaparecen bajo nuevas formas.

Pero también -y sobre todo- debería ser una invitación a actuar.


Porque el futuro no está predestinado. No es una deriva inevitable ni un resultado escrito de antemano. Se construye todos los días, en decisiones grandes y pequeñas, en prácticas concretas, en la forma en que cada sociedad elige organizarse, recordar y proyectarse.


Participar no es un gesto menor: es la condición para que algo cambie. Y dejar que otros lo hagan en nuestro lugar, en definitiva, también es una forma de decidir, aunque sea por omisión.


Ahora bien, esa invitación a la participación no puede ser ingenua. No todos parten del mismo lugar. Mientras algunos discuten ideas, consumen información y disputan sentidos, hay millones de personas que todavía hoy viven en condiciones extremas: caminan kilómetros para acceder al agua, migran en condiciones desesperadas atravesando mares que se convierten en fronteras mortales, o sobreviven en los márgenes de un sistema que ni siquiera los reconoce como interlocutores.


Esa desigualdad también forma parte del problema.


Porque si la libertad se redefine como acceso, entonces la exclusión no es sólo económica: es también una forma de silenciamiento. Hay quienes no participan no porque no quieran, sino porque el propio sistema los deja afuera.


Por eso, pensar la memoria de la esclavitud en el presente implica algo más que recordar. Implica preguntarnos qué hacemos, desde el lugar que ocupamos, frente a esas nuevas formas de exclusión.


La historia demuestra que ninguna forma de dominación es eterna. Pero también enseña que nada cambia por inercia.

Entre lo que somos y lo que podríamos ser, hay un campo abierto.


Y en ese terreno -desigual y conflictivo- la pasividad no es inocente: es funcional a que todo siga igual.

 

"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

Comentarios


250x300.gif
Flayer Karem BANNER.jpg
con li BANNER.jpg

Presentado por

Logo Tobel -blanco.png
bottom of page