Cuando el Estado se corre aparece el “TecnoEstado”
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La visita silenciosa de Peter Thiel a la Argentina no es sólo un gesto de negocios: pone en discusión quién gobierna en la era de los datos y cuál es el verdadero rol del Estado frente a un poder tecnológico que ya no quiere ser neutral.

Peter Thiel
Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo*
No fue una visita más. Que Peter Thiel -uno de los nombres más pesados de Silicon Valley- haya pasado casi sin ruido por Buenos Aires, con reuniones en torno al gobierno de Javier Milei, no debería leerse como una simple agenda empresarial. Hay algo más profundo en juego.
Thiel no es sólo un empresario exitoso. Es alguien que viene pensando -y empujando- una idea incómoda: que la democracia puede volverse un límite para la libertad. No es una provocación aislada. Es una forma de entender el poder. Y esa forma hoy empieza a tomar cuerpo.
Ahí entra Palantir Technologies, la empresa que cofundó. No es una app ni una plataforma más: es una compañía que trabaja con inteligencia artificial, análisis masivo de datos y sistemas diseñados para agencias de seguridad y defensa. Nació en el contexto posterior al September 11 attacks y desde entonces su lógica es clara: transformar información en capacidad de decisión, es decir, en poder.
Por eso, cuando aparecen versiones de contactos con áreas sensibles del Estado, la discusión deja de ser anecdótica. ¿Qué tipo de herramientas se están ofreciendo? ¿Para qué usos concretos? ¿Bajo qué controles?
Pero incluso más importante que esas preguntas es el clima de ideas que rodea todo esto. Desde Palantir, con figuras como Alexander Karp (su CEO), se viene planteando algo bastante explícito: la tecnología no puede ser neutral, tiene que involucrarse en la defensa, en la geopolítica, en el ejercicio del poder. Silicon Valley ya no quiere sólo innovar: quiere incidir.
Y ahí es donde el tema se vuelve verdaderamente político.
Porque lo que está en juego no es si el Estado debe existir más o menos, sino qué papel cumple. En la visión que representan Thiel y su entorno, el Estado queda reducido a garantizar seguridad y a no interferir demasiado. La política, en ese esquema, aparece como un problema: lenta, conflictiva, atravesada por intereses colectivos que incomodan a la lógica de la eficiencia.
Pero ese enfoque pasa por alto algo central: el Estado no es sólo gestión. Es, o debería ser, el espacio que ordena tensiones.
Tensiones que son inevitables: entre innovación y derechos, entre seguridad y privacidad, entre libertad individual e interés colectivo. La política no elimina esas tensiones -nunca pudo-, pero crea las reglas para que no se resuelvan simplemente a favor del más fuerte. Ahí está su sentido.
Cuando ese rol se debilita, lo que ocurre no es que desaparecen los conflictos. Lo que desaparece es el lugar donde esos conflictos se procesan de manera legítima. Y entonces las tensiones se “resuelven” de hecho, según quién tenga más poder tecnológico, económico o informacional.
En ese marco, la llegada de actores como Palantir Technologies plantea un desafío concreto: ¿bajo qué reglas operan? ¿Quién define los límites? ¿Quién controla el uso de los datos? ¿Dónde queda la soberanía?
Porque hay una paradoja difícil de ignorar. En nombre de reducir el Estado se puede terminar habilitando la entrada de estructuras tecnológicas profundamente ligadas a otros Estados, con intereses propios y con niveles de opacidad muy mayores.
No es menos poder. Es poder desplazado.
Y ese desplazamiento ocurre en un terreno particularmente sensible: la información, la inteligencia, la capacidad de anticipar conductas y tomar decisiones. Es decir, el corazón mismo del poder en el siglo XXI.
Argentina, como tantas veces, se encuentra frente a un dilema clásico en versión actualizada. Cómo vincularse con el mundo sin quedar subordinada. Cómo aprovechar la tecnología sin resignar capacidad de decisión. Pero esta vez el desafío no pasa sólo por la economía. Pasa por quién controla los datos, los sistemas, los algoritmos.
La visita de Thiel no trae respuestas cerradas. Pero deja planteada una discusión que ya no se puede esquivar.
En esta nueva “república tecnológica” que algunos empiezan a imaginar, la pregunta no es sólo cuánto Estado queremos. Es qué Estado necesitamos para que la democracia siga teniendo sentido.
Porque si el poder se concentra en quienes manejan la tecnología y la política renuncia a regular esas tensiones, entonces el problema no es la falta de Estado. Es la falta de control sobre un poder que ya está entre nosotros.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.














