Acuerdo Mercosur-Unión Europea: aplausos, alertas y América Latina en la disputa global
- Editorial Tobel
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La reapertura del acuerdo, luego de casi tres décadas de negociaciones intermitentes, no puede leerse como un hecho aislado ni como una simple noticia comercial. Llega en un momento marcado por el endurecimiento de las disputas comerciales y por gestos de poder cada vez más explícitos por parte de las grandes potencias.

Columna de Opinión
Por: José "Pepe" Armaleo.-
El mundo atraviesa una etapa de fragmentación acelerada. Los aranceles vuelven a ocupar un lugar central como herramienta de presión, las declaraciones grandilocuentes reemplazan a la diplomacia tradicional y resurgen viejas lógicas de dominación bajo nuevas formas. En ese contexto, se multiplican los gestos unilaterales: apropiaciones territoriales discursivas, advertencias económicas, disciplinamientos comerciales y una pretensión renovada de ordenar regiones enteras como zonas de influencia exclusiva. Nada de eso pasa desapercibido para Europa.
La Unión Europea firma -o reactiva- el acuerdo con el Mercosur en ese marco. No lo hace sólo por razones económicas, sino también políticas. El gesto expresa una voluntad de autonomía relativa frente a un escenario internacional cada vez más inestable y frente a presiones externas que buscan reordenar el comercio global en clave de fuerza. Europa envía así una señal: no está dispuesta a quedar atrapada entre guerras comerciales, tensiones geopolíticas y tutelas ajenas, y busca ampliar su margen de acción estableciendo vínculos directos con regiones estratégicas del Sur Global.
Ese movimiento tiene múltiples lecturas. Por un lado, abre oportunidades inmediatas para el Mercosur: acceso a mercados, previsibilidad comercial, ingreso de divisas y relanzamiento de relaciones largamente postergadas. Para economías atravesadas por restricciones externas, esa dimensión no es menor. Pero, al mismo tiempo, reactiva dilemas estructurales que América Latina conoce demasiado bien. Los acuerdos entre bloques profundamente asimétricos nunca son neutros. Europa llega con capacidad industrial consolidada, tecnología y alto valor agregado; el riesgo para el Mercosur es profundizar un perfil primario-exportador si no existen políticas activas que protejan, desarrollen e integren la producción regional.
Por eso el debate no puede reducirse a si el acuerdo es “bueno” o “malo” en términos abstractos. La pregunta decisiva es en qué condiciones se implementa, con qué regulaciones, con qué estrategia productiva y con qué Estados dispuestos a intervenir. Sin planificación, sin política industrial y sin coordinación regional, la promesa de corto plazo puede convertirse en un condicionamiento de largo plazo sobre empleo, salarios y soberanía económica.
El Mercosur aparece así en el centro de una disputa mayor. No sólo negocia con Europa: dialoga, por elevación, con un mundo en transición. América Latina vuelve a ser un espacio estratégico y el bloque regional recupera relevancia en un tablero donde los BRICS expresan una realidad insoslayable: el orden unipolar está en crisis y el Sur Global dejó de ser un actor pasivo. La articulación con distintos polos no implica alineamientos automáticos, sino la posibilidad -todavía abierta- de ampliar márgenes de maniobra y evitar nuevas formas de dependencia.
Ese potencial, sin embargo, no se activa solo. Requiere decisión política, integración real y capacidad de negociación conjunta. Cuando la región actúa fragmentada, pierde; cuando se presenta como bloque, disputa. La historia latinoamericana es clara al respecto.
En este punto, la situación argentina introduce una tensión particular. Mientras el escenario internacional se organiza en bloques, protege sus economías y disputa poder, el rumbo local se mueve en sentido inverso. El alineamiento automático, el desdén por la integración regional y el rechazo explícito a cualquier estrategia industrial colocan al país en una posición de extrema debilidad. No se trata sólo de una diferencia de enfoque coyuntural, sino de un proyecto político que renuncia deliberadamente a la soberanía económica y al futuro del trabajo nacional, justo cuando el mundo exige inteligencia estratégica y capacidad de negociación.
La contradicción es evidente: se desvaloriza la integración regional durante años y, frente a un acuerdo que puede redefinir reglas de juego, se lo pondera sin discusión sobre condiciones, impactos o resguardos. La pregunta queda abierta: ¿qué ocurrirá si las presiones externas se intensifican?, ¿qué posición se asumirá si los intereses de las grandes potencias entran en colisión con los de la región?, ¿quién defenderá el desarrollo nacional cuando negociar implique decir que no?
Los aplausos en Asunción, en el marco de la cumbre del Mercosur, no deberían clausurar el debate sino abrirlo. Que el cierre político del acuerdo se haya anunciado en territorio sudamericano no es un detalle menor: expresa que América Latina vuelve a estar en disputa y que la integración regional deja de ser una consigna abstracta para recuperar su sentido estratégico original.
Nada está escrito de antemano. Sin unidad regional, sin proyecto común y sin pueblos organizados que sostengan una integración con contenido social, productivo y político, los acuerdos corren el riesgo de convertirse en nuevas formas de subordinación. Frente a un mundo que se reorganiza por bloques y por fuerza, la respuesta no puede ser la resignación ni el repliegue individual. Tampoco el alineamiento automático y sin condiciones con potencias que actúan desde la lógica de la imposición, la guerra comercial o la subordinación estratégica, como si la política exterior pudiera reducirse a gestos de adhesión ideológica. En un escenario atravesado por disputas globales y conflictos abiertos, renunciar a una política exterior autónoma -incluido el alineamiento irrestricto con Estados Unidos e Israel- no sólo debilita la posición internacional del país, sino que limita su capacidad de negociación y lo aleja de cualquier proyecto soberano de desarrollo.
La verdadera fortaleza de América Latina no vendrá de los aplausos protocolares ni de las promesas del mercado, sino de la capacidad de sus pueblos de pensarse como sujeto político colectivo. La integración, cuando defiende intereses comunes frente a poderes desiguales, deja de ser retórica y se convierte en herramienta. Esa disputa está abierta. Y, como tantas veces en nuestra historia, su resultado no se decidirá sólo en las mesas de negociación, sino en la organización, la conciencia y la unidad de la región.
El futuro no lo escriben en Bruselas, en Washington ni en Beijing: se construye desde abajo, con organización, conciencia y decisión política. Y esa disputa -como tantas veces en nuestra historia- recién empieza.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse.
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















