Accionar de la derecha mundial: del racismo a las urnas hasta el control del pensamiento del individuo
- 26 jul
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Actualizado: 27 jul
La discusión sobre el racismo, la xenofobia y la discriminación merece darse con seriedad, porque ninguna sociedad está exenta de esos problemas. Pero cuando ese debate adquiere una dimensión internacional inédita, surge una pregunta ineludible: ¿por qué ahora?.

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Columna de Opinipón
Por: José “Pepe” Armaleo
Las guerras del siglo XXI ya no se libran únicamente sobre el territorio. Tampoco se ganan exclusivamente con superioridad económica o militar. Las grandes potencias comprendieron hace tiempo que existe un campo de batalla mucho más eficaz: la mente de las personas. Allí se disputan las percepciones, las emociones y, sobre todo, la capacidad de definir cuáles son los temas que una sociedad considera importantes.
Eso es, en esencia, la guerra cognitiva. No consiste necesariamente en difundir noticias falsas ni en inventar realidades inexistentes. Su principal fortaleza radica en seleccionar determinados hechos, amplificarlos mediante medios de comunicación, redes sociales y algoritmos, y convertirlos en el centro de la conversación pública. Cuando eso ocurre, millones de personas terminan discutiendo exactamente aquello que alguien decidió instalar como prioritario.
Desde esa perspectiva vale la pena observar lo ocurrido durante el Mundial de fútbol. En pocos días, la Argentina pasó a ocupar el centro de una campaña internacional que la presentó como un país racista, xenófobo e intolerante. Sería un error responder negando la existencia de conductas discriminatorias. Como cualquier sociedad, la nuestra tiene deudas pendientes y esas discusiones deben darse con honestidad. Pero precisamente porque se trata de un debate serio corresponde preguntarse por qué alcanzó semejante dimensión precisamente en este momento.
Mientras la conversación pública giraba alrededor de ese tema, otros debates fueron perdiendo espacio. Se habló mucho menos del endeudamiento, del control de los recursos estratégicos, del debilitamiento del sistema científico y tecnológico, de la política hacia Malvinas, del régimen de grandes inversiones, del retroceso industrial o de la inserción internacional de la Argentina.
Las guerras cognitivas funcionan de esa manera. No buscan impedir determinados debates. Por el contrario, muchas veces toman una discusión legítima y la convierten en el eje excluyente de la agenda, desplazando otras cuestiones que pueden resultar mucho más decisivas para el futuro de un país.
En ese contexto tampoco resulta irrelevante que algunas decisiones del propio gobierno hayan contribuido a alimentar esa narrativa. El alineamiento automático con determinadas potencias, el deterioro de vínculos históricos con buena parte del Sur Global y algunas iniciativas de fuerte contenido xenófobo proporcionan argumentos que luego son amplificados a escala global. Las operaciones cognitivas no crean vulnerabilidades; aprovechan las que encuentran.
Dentro de pocos meses comenzará la campaña para las elecciones de 2027. Formalmente, los argentinos elegiremos presidente, gobernadores, intendentes, legisladores nacionales y provinciales y concejales. Pero, en realidad, estaremos decidiendo mucho más que nombres o partidos políticos. Estará en discusión el tipo de país que queremos construir durante las próximas décadas: un Estado presente o un Estado reducido a su mínima expresión; una economía orientada al desarrollo nacional o a la mera extracción de recursos; una Argentina integrada al mundo desde la defensa de sus intereses o subordinada a agendas ajenas.
También estará en juego el futuro de la educación pública, de la universidad, de la salud, de la ciencia y la tecnología, de la cultura nacional, del sistema previsional, de los derechos laborales y del papel que deberán desempeñar las pequeñas y medianas empresas, las cooperativas y la economía social en el desarrollo del país. Se debatirá, en definitiva, si los recursos estratégicos continuarán siendo una herramienta para promover el desarrollo nacional o pasarán a consolidar un modelo de creciente concentración económica y dependencia.
Por eso resulta imprescindible preguntarse qué temas ocuparán el centro de la campaña. Porque quien consigue instalar la agenda del debate público no sólo influye sobre aquello que la sociedad discute; también condiciona la forma en que millones de ciudadanos llegarán a las urnas y evaluarán el futuro de la Nación.
No se trata de sostener teorías conspirativas ni de atribuir intenciones imposibles de demostrar. Se trata de comprender que quien logra instalar la agenda pública también condiciona el marco mental desde el cual una sociedad interpreta la realidad y, finalmente, vota.
La verdadera discusión, entonces, no pasa por negar o afirmar la existencia del racismo. Pasa por preguntarnos quién define cuáles son los temas sobre los que discutimos y cuáles quedan sistemáticamente relegados.
Porque la soberanía, en el siglo XXI, ya no se juega únicamente sobre el territorio o los recursos naturales. También se disputa sobre algo mucho más sutil: la capacidad de un pueblo para decidir por sí mismo cuáles son las preguntas fundamentales de su tiempo.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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