No jodan, a la ultraderecha se la puede y se la va a vencer
- Editorial Tobel
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La reforma laboral impulsada por el gobierno busca borrar décadas de lucha y presentar los derechos como un problema. Cada generación debe vivir mejor que la anterior, no peor. Cada avance debe consolidarse, no desarmarse.

Movilización en el marco del paro del 30 de marzo de 1982 convocado bajo las consignas “Paz, pan y trabajo” y “Abajo la dictadura militar”. ¿Pudieron ellos, no podemos nosotros? NO JODAN !!! (foto Jacobin Revista).
Columna de Opinión: Por: José "Pepe" Armaleo.-
El apuro del gobierno por avanzar con una reforma laboral no es una casualidad ni un gesto técnico. Es una carrera contra el tiempo y, sobre todo, contra la memoria. Una ofensiva que busca instalar la idea de que los derechos conquistados son un obstáculo, un lastre del pasado, algo que puede y debe ser sacrificado en nombre de una supuesta modernización.
Pero nada de lo que hoy llaman “rigideces” nació de un privilegio. Cada derecho laboral fue arrancado con lucha, con organización y con sangre. Con huelgas reprimidas, con compañeros perseguidos, presos, desaparecidos. Con generaciones enteras que entendieron que el trabajo no es una mercancía más, sino el modo en que el pueblo se gana la vida y construye dignidad.
Llegar hasta aquí no fue gratis. La jornada laboral, las vacaciones pagas, el aguinaldo, la estabilidad, la negociación colectiva, la protección frente al despido, no cayeron del cielo ni fueron concesiones benevolentes del poder. Fueron conquistas arrancadas a fuerza de conciencia de clase, solidaridad y resistencia organizada. Por eso no se negocian a la baja. Por eso no se entregan.
Aceptar hoy un retroceso en derechos laborales no es resignarse a un ajuste más: es aceptar que el futuro sea peor que el pasado. Es romper un principio básico de cualquier sociedad que se pretenda justa: la progresividad de los derechos. Cada generación debe vivir mejor que la anterior, no peor. Cada avance debe consolidarse, no desarmarse.
Nos dicen que el mundo cambió, que hay que adaptarse, que no hay alternativa. Pero lo que no dicen es quién paga siempre esa “adaptación”. Nunca los grandes grupos económicos, nunca los que concentran la riqueza, nunca los que fugaron capitales. Siempre el trabajador. Siempre el que vive de su salario. Siempre el que no tiene margen para caer.
No estamos frente a una discusión técnica sino profundamente política. Se trata de decidir si aceptamos un país donde el trabajo sea cada vez más precario, más inseguro, más individualizado, o si defendemos un modelo de sociedad donde el trabajo sea fuente de derechos, de organización y de futuro.
Decir no a la resignación es decir no al miedo, no al sálvese quien pueda, no a la fragmentación. Es reafirmar que los derechos no son un gasto, sino una inversión social. Que el trabajo con derechos no es un problema sino la base de cualquier proyecto nacional.
La historia enseña algo con claridad: cuando el pueblo se resigna, otros deciden por él. Cuando el pueblo se organiza, ningún derecho se pierde sin pelea. Hoy más que nunca, frente a la ofensiva regresiva, la respuesta no puede ser el silencio ni la aceptación pasiva.
No a la resignación. Sí a la memoria. Sí a la lucha. Sí a la defensa irrestricta de los derechos conquistados y a la ampliación de los que faltan.
Porque lo que está en juego no es una reforma aislada ni una discusión sectorial. Está en juego el futuro del trabajo, de los trabajadores y trabajadoras, de los jubilados y jubiladas que sostuvieron al país con su esfuerzo, de los niños y niñas que merecen crecer en una sociedad con derechos y no en un mercado sin reglas. Está en juego el destino de un Pueblo entero al que se le pretende imponer el ajuste como horizonte y la resignación como destino.
Frente a esa pretensión, hay una respuesta posible y necesaria: la organización, la memoria activa y la lucha colectiva. Un pueblo que recuerda de dónde viene sabe dónde quiere llegar. Y este pueblo dice basta. Basta de retrocesos, basta de entrega, basta de gobernar contra la mayoría. Hasta acá llegaron. Porque los derechos no se agradecen: se defienden. Y el futuro no se negocia: se construye de pie y con la cabeza en alto.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudios Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















