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¿Muerte o Evolución?: por qué enterrar al peronismo es el error favorito de la derecha

  • hace 3 horas
  • 4 Min. de lectura

El justicialismo nunca propuso la eliminación del mercado ni la negación de la iniciativa privada. Su propuesta histórica fue otra: la existencia de un Estado capaz de equilibrar las relaciones entre los grandes intereses económicos y el mundo del trabajo.


Lo que la historia y realidad nunca intentarían unir: uno representa el amor al pueblo; el otro, la grieta y división social, la IA lo logra.


Columna de Opinión
Por: José “Pepe” Armaleo”

El kirchnerismo no fue una anomalía dentro del peronismo sino una de las formas históricas que adoptó el justicialismo frente a un nuevo ciclo del neoliberalismo. La disputa de fondo no es entre dirigentes sino entre dos concepciones de sociedad: la del mercado sin mediaciones y la de una comunidad organizada donde el Estado equilibra el poder entre capital y trabajo.

Algunos políticos argentinos suelen cometer un error recurrente: interpretar sus procesos históricos como si fueran simplemente una sucesión de dirigentes o de partidos. Esa mirada, cómoda pero superficial, reduce el debate público a nombres propios y convierte cada elección en una competencia entre personas.


En ese esquema simplificado, la escena actual aparece narrada como una confrontación entre el gobierno de Javier Milei y el kirchnerismo (CFK). Pero ese encuadre es engañoso. No estamos ante un conflicto entre individuos ni siquiera entre espacios partidarios. Lo que está en juego es una disputa mucho más profunda: el modelo de sociedad que la Argentina decide construir.


El adversario real no es una persona. El adversario es un proyecto histórico que, bajo distintas formas, reaparece periódicamente en la vida argentina: el neoliberalismo. Una concepción que entiende a la sociedad como una suma de individuos compitiendo entre sí, donde el mercado establece el valor de las personas y el éxito o el fracaso de cada uno se atribuye exclusivamente a su capacidad individual.


Esa lógica -que naturaliza la desigualdad y promueve el “sálvese quien pueda”- entra en tensión con otra tradición política que también atraviesa la historia argentina: el justicialismo.


El justicialismo no surgió simplemente como una identidad partidaria. Nació como una respuesta histórica a un problema concreto: cómo organizar una comunidad donde el desarrollo económico no se construya sobre la exclusión de las mayorías. Bajo el liderazgo de Juan Domingo Perón, ese proyecto encontró en el peronismo su forma política en la Argentina de mediados del siglo XX.


Sin embargo, los movimientos históricos no permanecen idénticos a sí mismos. Cambian las condiciones económicas, se transforman las relaciones sociales y las expresiones políticas también mutan. Pretender que el justicialismo quede congelado en la experiencia del primer peronismo sería desconocer su propia naturaleza dinámica.


En ese sentido, el peronismo fue la expresión concreta del justicialismo en una determinada etapa del desarrollo argentino. Décadas más tarde, el kirchnerismo representó otra metamorfosis de ese mismo tronco político.


Los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner no fueron simplemente una continuidad administrativa del peronismo tradicional. Constituyeron una reinterpretación del ideario justicialista frente a un nuevo escenario histórico: un mundo marcado por la financiarización de la economía, la concentración del poder económico global y el debilitamiento de los Estados nacionales.


En ese contexto, el kirchnerismo intentó actualizar los principios clásicos del justicialismo -justicia social, independencia económica y soberanía política- frente a nuevas formas de desigualdad y dependencia.


Pero la discusión actual va incluso más allá de las identidades políticas existentes. Porque lo que hoy está en juego no es solamente un programa económico ni la reorganización de un espacio partidario. Lo que está en discusión es la forma misma en que una sociedad distribuye el poder.


El justicialismo nunca propuso la eliminación del mercado ni la negación de la iniciativa privada. Su propuesta histórica fue otra: la existencia de un Estado capaz de equilibrar las relaciones entre los grandes intereses económicos y el mundo del trabajo. Un Estado que garantice que el desarrollo económico no se construya sobre la exclusión social.


Cuando ese equilibrio desaparece -cuando el Estado se retira de su función reguladora- las relaciones sociales dejan de organizarse alrededor de la justicia y pasan a regirse exclusivamente por la fuerza. Y en ese terreno, como demuestra la historia, los sectores del trabajo siempre quedan en desventaja frente a los grandes poderes económicos.


Por eso la discusión actual no se limita al tamaño del Estado ni a la eficiencia de la administración pública. Lo que está verdaderamente en disputa es si la Argentina acepta un modelo en el que el mercado determine sin mediaciones el destino de la sociedad o si todavía existe la convicción de que la política y el Estado deben intervenir para garantizar un mínimo de equilibrio entre capital y trabajo.


La verdadera pregunta, entonces, no es simplemente si el peronismo podrá reorganizarse ni si el kirchnerismo conservará influencia política. La pregunta es si la Argentina será capaz de reconstruir, en las condiciones del siglo XXI, una expresión política que vuelva a encarnar los valores del justicialismo frente al avance de una lógica social basada en el individualismo extremo.


Si esa expresión volverá a llamarse peronismo, kirchnerismo o adoptará otra forma es, en el fondo, una cuestión secundaria.

Porque los movimientos históricos no desaparecen cuando pierden una elección. Se transforman.


Y cada vez que una sociedad vuelve a preguntarse cómo equilibrar libertad individual con justicia social, esas tradiciones políticas encuentran nuevas formas de reaparecer. El kirchnerismo, en ese sentido, no es el final de una historia. Es apenas una de las metamorfosis que adoptó el justicialismo en la Argentina contemporánea.


La pregunta que queda abierta es cuál será la próxima.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

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