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Monseñor García Cuerva contra falsos profetas y el individualismo

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Muchos interpretaron que la homilía del Tedeum del 9 de Julio estuvo dirigida exclusivamente al presidente Javier Milei. Sin embargo, el mensaje del arzobispo de Buenos Aires fue mucho más profundo. Fue una exhortación al Gobierno, a la oposición, a la dirigencia política, económica y social, pero también a cada ciudadano.

 


Columna de Opinión

Por: José “Pepe” Armaleo.-

 

Como suele ocurrir con los grandes discursos, el paso de las horas redujo el mensaje de monseñor Jorge Ignacio García Cuerva a una discusión tan inmediata como limitada: ¿le habló al Presidente?

 

La respuesta es sí. Cuando denunció la indiferencia frente a quienes sufren y mencionó a los jubilados, a las personas con discapacidad, a los desocupados y a los jóvenes víctimas del narcotráfico, estaba interpelando a quien tiene la principal responsabilidad de conducir el Estado.

 

Pero quedarse con esa lectura es perder de vista el verdadero alcance de la homilía. García Cuerva no pronunció un discurso partidario. Pronunció un mensaje profundamente político, en el sentido más noble del término: habló de la comunidad, de la responsabilidad compartida y del destino común de los argentinos.

 

Por eso eligió la parábola del Buen Samaritano. En ella no sólo aparece quien agrede al hombre herido. También están quienes pasan de largo. Quienes, pudiendo detenerse, prefieren seguir su camino como si el sufrimiento del otro no fuera también un problema propio.


Quizás allí radique una de las enseñanzas centrales del Tedeum: la indiferencia también construye injusticia.

 

Cuando el arzobispo llamó a independizarnos "de la indiferencia y la insensibilidad frente a los que sufren", no estaba hablando únicamente del Gobierno. Estaba describiendo una enfermedad que atraviesa a toda la sociedad: la naturalización del dolor ajeno.

 

Pero el mensaje fue aún más amplio. Cuando pidió liberarnos "del individualismo, de la competencia feroz por el protagonismo, del internismo y la mezquindad política", la interpelación alcanzó a toda la dirigencia. También a la oposición.

 

Mientras millones de argentinos esperan respuestas, buena parte de la dirigencia opositora consume sus energías en disputas internas, liderazgos en competencia y especulaciones electorales que, lejos de fortalecer una alternativa, profundizan la fragmentación. En algunos casos parece confiar más en el desgaste del Gobierno que en la construcción de un proyecto capaz de despertar esperanza.

 

La historia demuestra que ninguna fuerza política puede conducir a una mayoría si antes no logra ordenar sus propias diferencias. La unidad nunca fue uniformidad; es la capacidad de colocar un objetivo superior por encima de las ambiciones personales y sectoriales.

 

Sin embargo, todavía falta un destinatario. Probablemente el más incómodo de todos: nosotros.


Porque es mucho más sencillo exigir sensibilidad a los gobernantes que preguntarnos cuántas veces elegimos mirar para otro lado, cuántas veces convertimos la pobreza en paisaje o creemos que el problema del otro nunca llegará a nuestra puerta.

 

La parábola del Buen Samaritano no fue escrita para los gobiernos. Fue escrita para cada uno de nosotros. Por eso el cierre de la homilía tuvo una enorme fuerza simbólica.

 

García Cuerva eligió citar a Lionel Messi cuando recordó que los argentinos, unidos, son capaces de conseguir aquello que se propongan. No fue una concesión al fútbol. Fue una metáfora de la comunidad.

 

Ningún equipo gana un campeonato cuando cada jugador pretende ser la figura excluyente. Ninguna Nación puede realizarse cuando cada sector antepone su interés particular al destino común. Ese es, quizás, el desafío que hoy tiene la Argentina.


Tal vez haya llegado el momento de recuperar, con palabras del siglo XXI, una de las enseñanzas más profundas de nuestra tradición política: primero la Patria; después el proyecto colectivo; y recién entonces los dirigentes y las individualidades.

Porque una Nación comienza a reconstruirse cuando el interés general vuelve a estar por encima de las ambiciones personales. Cuando la Patria ocupa el primer lugar, las diferencias dejan de ser un obstáculo para convertirse en la riqueza de un pueblo que, aun pensando distinto, es capaz de caminar hacia un mismo horizonte.


Ese fue, probablemente, el verdadero mensaje que García Cuerva dejó en el Tedeum del 9 de Julio. No buscó señalar culpables, sino despertar conciencias. La reconstrucción de la Argentina no será obra de un solo gobierno ni de un solo dirigente. Será la tarea de un pueblo que decida, finalmente, volver a tirar para el mismo lado.

 

"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."

 

José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

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