Madres de Plaza de Mayo: 45 años de lucha y ejemplo de conducta y coherencia militante

Hace 45 años un grupo de "locas" salieron a reclamar por la desaparición de sus hijos en manos de la dictadura cívico-militar del 76. Sin odio ni rencores construyeron un camino que es ejemplo a nivel mundial: Memoria, Verdad y Justicia.


Por: Claudio Leveroni.- El 30 de abril de 1977 a las cuatro y media de la tarde, mientras el proceso arrasador de la dictadura cívico-militar regaba de muerte, secuestros y torturas el país, un extraordinario grupo de valientes mujeres realizaron su primera marcha alrededor del monolito que está en el centro de la Plaza de Mayo. Antes de tomar esa decisión estas madres que se fueron encontrando en forma casual bajo la necesidad de conocer el destino de sus hijos, habían recorrido distintos lugares buscando respuestas

Madres que se habían conocido pocas semanas antes de esa primera ronda en la capilla Stella Maris de la Armada Nacional. Sabían que el capellán castrense Emilio Graselli manejaba listas de personas desaparecidas. Sin embargo, no había respuestas concretas para ellas. Fue entonces que Azucena Villaflor se transformó en líder del grupo. Su hijo, Néstor de Vicenti, y su compañera, Raquel Mangini, habían sido secuestrados por un grupo de tareas el 30 de noviembre de 1976.

Cansada de excusas y respuestas vagas, Azucena bramó su impaciencia, alzo la voz para comentar con otras madres allí reunidas que era inútil seguir insistiendo en ese lugar. Sus palabras, cargadas de una fortaleza excepcional, atrajeron como un imán al resto de las madres reunidas en la Capilla Stella Maris.


Azucena golpeaba su pierna con un monedero que sostenía en la mano, dando énfasis a sus palabras. Propuso reunirse en Plaza de Mayo porque era el lugar signado por la historia argentina, el escenario donde el pueblo se reunía para preguntarle a sus gobernantes que era lo que estaba sucediendo. Azucena remató su propuesta planteando que, seguramente, cuando sean muchas más las madres reunidas en la plaza, los militares darían la respuesta que esperaban.


Ese sábado 30 de abril las madres que se reunieron en Plaza de Mayo fueron 14: Azucena Villaflor de De Vincenti, Berta Braverman, Haydée García Buelas, María Adela Gard de Antokoletz, Julia Gard, María Mercedes Gard, Cándida Gard, Delicia González, Josefa Di Noia, Mirta Baravalle, Kety Neuhaus, Raquel Arcushin y dos mujeres más de las que no se conocen sus nombres.

El objetivo era tener una audiencia con Videla. El borrador de aquel pedido lo hizo María del Rosario de Cerruti. Fue aprobado por todas y presentado por mesa de entrada en casa de gobierno, con todo el riesgo que esto significaba para sus propias vidas. Jamás obtuvieron una respuesta, pero habían quedado identificadas.


La dictadura cívico-militar minimizó el hecho, supuso que esa poca cantidad de mujeres no traerían mayores dificultades. La orden de la Policía Federal para ellas fue que circulen, que no podían quedarse allí reunidas manifestándose. Tomadas de los brazos, comenzaron a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo, originando así la primera de muchas otras rondas que se sucederían, primero los viernes y después, finalmente, todos los jueves.


La dictadura mantuvo a las madres bajo una tarea de espionaje. Así pudieron monitorear que habían elegido a la Iglesia de la Santa Cruz como nuevo lugar de reunión desde donde planificaban los caminos a seguir, siempre teniendo a Azucena Villaflor como la más activa en motorizar acciones.

La idea principal siguió siendo mantener las rondas en Plaza de Mayo, pero no fue la única. Fueron sumando varias propuestas más y en cada ocasión se fueron sumando nuevas personas que buscaban saber el destino de sus familiares desaparecidos. Con el aumento de participantes las convocatorias se hicieron más visible, y las represiones se multiplicaron sin que las madres pudieran sumar el apoyo de instituciones que, como la iglesia, le dieron la espalda.


Sin dejar de ir a Plaza de Mayo, las madres decidieron realizar otra movilización cambiando de escenario. En octubre de 1977 cerca de 400 personas se congregaron frente al Congreso Nacional. Fue una acción sorpresiva. Buscaron una forma de identificarse para reconocerse entre sí, las Madres aún no utilizaban pañuelos. La primera identificación fue un clavo puesto de tal forma en la ropa como si fuera un prendedor.

A esta marcha en el Congreso le siguieron más acciones, siempre en pequeña escala dada la ferocidad represiva que mostraba la dictadura. Escribieron carteles a mano que le iban dando a transeúntes, reunieron dinero para intentar sacar una solicitada, y se sumaron a una peregrinación a Lujan.


Esa peregrinación ocurrió también en octubre de 1977. Para festejar el Día de la Madre, la iglesia católica realizó una marcha a la Basílica de Lujan. Las madres decidieron participar identificándose con un pañuelo blanco, que simbolizaba un pañal, puesto en sus cabezas. De esta manera la gente y el periodismo comenzaron a reconocerlas. Fue en esta ocasión que se instaló la sugerencia de identificarse por primera vez con un pañuelo blanco puesto en la cabeza como si fuera un pañal.

Enfurecidos por el empecinado crecimiento de las acciones de las Madres, la dictadura decidió ponerle freno. Sabían lo que planeaban gracias a la miserable acción que desarrollaba como infiltrado en el grupo un capitán llamado Alfredo Astiz que se había presentado ante las Madres como Gustavo Niño. Lo hacía junto a otra mujer, que decía ser su hermana, asegurando que buscaban a un hermano desaparecido.


Astiz capturó la atención con una historia que fue asumida como propia por el grueso de las madres y por tres monjas francesas que se unieron al grupo en la Iglesia de la Santa Cruz. Ellas eran Alice Domon, Leonie Duquet e Ivonne Pierrot.

Entre los días 8 y 10 de diciembre de 1977 un grupo de tareas constituido por oficiales y suboficiales de la Armada Argentina, y cuya sede principal era la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) realizó varios operativos secuestrando a 12 integrantes del grupo que se reunía en la Iglesia de la Santa Cruz.

En el anochecer del primero de estos días, se llevaron a 8 personas, entre ellas Esther Careaga, María Eugenia Ponce y las monjas francesas Alice Domon y Leonnie Duquet. A la mañana siguiente agentes de la Marina se distribuyeron dentro de la Iglesia mientras se realizaba la misa de Comunión. Astiz fue marcando con un beso en la mejilla a cada víctima que minutos más tarde sería chupada por el grupo comando.


Víctimas del beso de Judas y de ese grupo de tareas fueron: Angela Aguad, José Julio Fondevilla, Eduardo Gabriel Horane, Patricia Cristina Oviedo, Raquel Bulit y Remo Carlos Berardo.

El 10 de diciembre un comando de la Armada capturó a Azucena Villaflor en la esquina de su casa en la localidad de Sarandí. La calle donde Villaflor fue forzada a subir a un Ford Falcon, por aquel entonces se llamaba Cramer, hoy lleva su nombre.

Azucena estuvo detenida en las instalaciones de la Escuela Mecánica de la Armada, específicamente, en el sector denominado la Capuchita. Allí eran retenidos los secuestrados que se mantenían en mayor secreto. Días más tarde, después de haber sido salvajemente torturada, esta mujer de 53 años, junto a otras personas compañeras de lucha fueron dopadas, subida a un vuelo de la muerte y arrojada, se presume que aún con vida, al mar. Su cadáver apareció el 20 de diciembre de 1977 en las costas de Santa Teresita.

Azucena Villaflor fue enterrada como NN en el cementerio de General Lavalle. En el 2003 su cuerpo fue exhumado y, con el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, identificado en 2005.

La tercera de las monjas francesas, Ivonne Pierrot en aquellos días de diciembre de 1977 estuvo ausente en la Iglesia de la Santa Cruz. Salvó su vida y pudo relatar más tarde como habían sido detenidas con anterioridad y rotuladas como subversivas.

Tras el trágico diciembre de 1977 hubo dos de las sobrevivientes que se encargaron de mantener vivo el Movimiento de las Madres, Marta Ocampo de Vázquez —cuya hija, María Marta Vázquez de Ocampo, embarazada fue secuestrada el 14 de mayo de 1976 junto a su marido, César Lugones— y Hebe de Bonafini, cuyos dos hijos y nuera —Jorge Omar, Raúl Alfredo y María Elena Bugnone Cepeda, esposa del primero— fueron víctimas de la desaparición forzada.


Josefa Di Noia logró también sobrevivir a aquel diciembre trágico. Ella buscaba noticias de María Lourdes, su hija, secuestrada el 13 de octubre de 1976 por un grupo de tareas que irrumpió en su departamento de la Capital Federal.

María Lourdes y su esposo, Quique Mezzadra, desaparecieron ese día. De ella nada más se supo, su compañero quedaría en libertad tiempo después. La hija y el yerno de Josefina De Noia fueron separados y llevados a la Escuela de Mecánica de la Armada. El esposo de María Lourdes, además de ser torturado, escuchó los gritos de sufrimiento de su mujer bajo tormento. Logró despedirse de ella. Fue un día que se encontraron en el baño, bajo la vigilancia de sus carceleros, que intuyeron el adiós.

En 1979, Hebe asumió la presidencia de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, logrando romper fronteras y llevar las denuncias de los crímenes de Estado a todo el mundo. Ese año, la represión desatada por la dictadura llegó a tal nivel que las Madres debieron dejar de recorrer la Plaza de Mayo durante varios meses. Volvieron a tomarla en 1980.


En 1981 las Madres idearon y comenzaron a realizar lo que definieron como la Marcha de la Resistencia que consistió en caminar alrededor de la plaza durante 24 horas, en un símil a los recorridos de los prisioneros en los patios carcelarios. Fue una modalidad que repitieron en 25 oportunidades desde aquella primera en 1981 hasta 2006, cuando la suspendieron al considerar que “el enemigo no estaba más en la Casa Rosada”, en reconocimiento al gobierno de Néstor Kirchner.

La marcha de la resistencia fue reeditada el 10 de diciembre de 2015, durante el primer día de gobierno de Mauricio Macri para replicarlas en 2016, en dos ocasiones, en 2017, 2018 y la última en noviembre de 2019.


Con la recuperación de la democracia estas valientes mujeres fortalecieron aún más su poder para expandir los horrendos crímenes que se realizaron bajo el oscuro manto del régimen cívico militar que se extendió por siete años en nuestro país.

En 1985 pudieron testimoniar ante la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), presidida por el escritor Ernesto Sábato que recopiló información sobre las desapariciones ocurridas durante los años de dictadura.

Poco después, en enero de 1986, hubo una escisión en la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Divergencia en los criterios para la búsqueda de la verdad y la justicia dio surgimiento a la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

El 16 de noviembre de 2005, las madres inauguraron una radio modulada, propia, con acceso a través de internet para todo el mundo. Se llama La voz de las Madres, y continua con lo que ha sido su objetivo de vida desde la pérdida de sus hijas e hijos: circular en un espacio público en nombre de la Memoria, Verdad y Justicia.


Ellas, nunca abandonarán. Su legado seguirá a la par del rescate de la memoria histórica, cada jueves, como siempre, madres circulando danzarán su solidaridad.

La historia ya es implacable, determinante, a la hora de definir el coraje de Azuicena Villaflor y el grupo de madres que lideró en la búsqueda de sus hijos secuestrados. Ellas desafiaron el más brutal poder dictatorial que ancló durante siete años en nuestro país. Mujeres que, en su gran mayoría, permanecían ajenas a actividades políticas hasta que el destino mostró una página cruel en sus vidas. El arrebato y desaparición de un hijo fue el detonante para que se transformen en incansables militantes de la verdad y justicia.


Aquella forzada ausencia cambió sus vidas. En silencio construyeron códigos de comunicación, fijaron estrategias, se unieron, fueron heridas, maltratadas, torturadas y muchas asesinadas. Unidas sobrevivieron. Hoy, son un símbolo enorme, no tan sólo por su empecinamiento en la búsqueda de la verdad, lo son porque frente a la desgarradora tragedia que sufrieron sus hijos, no ejercieron nunca justicia por mano propia. No claudicaron en su búsqueda, ni buscaron el recorrido de la revancha.

*Claudio Leveroni: director portal Causa Pendiente, periodista de Radio Nacional y cofundador diario Lo Nuestro

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