El gobierno instrumenta el miedo como eje de campaña electoral
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El relato del miedo vuelve a ocultar el endeudamiento, la dependencia financiera y una realidad cada vez más desigual: ganancias para pocos, sacrificio para la mayoría.

Espert y Milei bajo la mira judicial
Columna de Opinión
Por: José “Pepe” Armaleo
Durante los últimos días comenzaron a multiplicarse versiones periodísticas que sostienen que el Gobierno de Javier Milei busca suspender las PASO por una razón que va mucho más allá de la ingeniería electoral. Según esas publicaciones, en la Casa Rosada existe un profundo temor a que una derrota en las primarias provoque una corrida financiera similar a la ocurrida tras las PASO de 2019.
El mensaje que subyace es transparente: si Milei pierde, la economía se derrumba. Si los argentinos votan otra opción, los mercados reaccionarán negativamente. En otras palabras, el Gobierno pretende convencer a la sociedad de que la democracia constituye un riesgo para la estabilidad económica.
Es una construcción política tan preocupante como conocida. No se trata solamente de eliminar una herramienta que permite ordenar la competencia política. Se intenta instalar la idea de que el voto popular debe estar condicionado por el miedo. Que la ciudadanía no elija el proyecto que considere mejor, sino aquel que supuestamente evitaría una catástrofe económica.
El argumento, además, recurre como ejemplo a la derrota de Mauricio Macri en las PASO de 2019. Pero esa comparación es profundamente engañosa. La crisis de 2019 no comenzó la noche de las elecciones.
El gobierno de Cambiemos había llevado adelante uno de los mayores procesos de endeudamiento de la historia argentina. En apenas cuatro años tomó deuda por cientos de miles de millones de dólares y recibió el préstamo más grande jamás otorgado por el Fondo Monetario Internacional: 57.000 millones de dólares, de los cuales se desembolsaron aproximadamente 44.000 millones.
No fue un crédito cualquiera. Diversos economistas, exfuncionarios internacionales e incluso informes posteriores del propio Fondo reconocieron que aquella operación incumplió requisitos básicos de su normativa interna. El préstamo no sólo excedió los límites habituales de acceso excepcional, sino que además financió una masiva salida de capitales en lugar de fortalecer la capacidad productiva o mejorar la sostenibilidad de la deuda.
La economía argentina llegó a las PASO de 2019 con recesión, inflación creciente, pérdida del poder adquisitivo, tasas de interés exorbitantes y una enorme desconfianza generada por ese propio modelo económico. La elección no creó la crisis: simplemente terminó de revelar que los mercados ya no creían en la viabilidad del programa.
Presentar aquel episodio como una consecuencia exclusiva del resultado electoral constituye una manipulación histórica.
Hoy el Gobierno intenta repetir el mismo libreto. Después de un nuevo ciclo de endeudamiento, de depender otra vez del financiamiento externo, de sostener la estabilidad cambiaria con ingreso permanente de dólares prestados y de exhibir reservas que continúan siendo insuficientes, pretende trasladar toda la responsabilidad a los ciudadanos.
Si el plan económico depende de ganar una elección para no desmoronarse, entonces el problema no es la democracia. El problema es el propio plan económico.
Una economía sólida no puede sostenerse únicamente sobre la expectativa de un triunfo electoral. Las inversiones genuinas, el crédito y la estabilidad requieren producción, trabajo, mercado interno, desarrollo industrial, exportaciones con valor agregado y confianza en instituciones fuertes, no en liderazgos providenciales.
La democracia no puede convertirse en rehén de los mercados financieros. Ningún gobierno debería decir, explícita o implícitamente, que votar distinto pone en peligro al país. Ese razonamiento termina vaciando de contenido al propio sistema democrático, porque transforma al sufragio en un acto condicionado por el temor y no por la libertad.
La Argentina ya vivió demasiadas experiencias donde se prometía que no existía alternativa. Siempre terminaban igual: ganancias extraordinarias para una minoría, fuga de capitales, endeudamiento creciente y el costo social descargado sobre trabajadores, jubilados, comerciantes, pequeñas empresas y sectores medios.
Una vez más asistimos a la misma puesta en escena. Se pretende instalar que el ajuste es inevitable, que el endeudamiento es una virtud, que la estabilidad depende exclusivamente de satisfacer las expectativas del mercado y que cualquier cambio democrático representa una amenaza.
Es la vieja lógica del miedo presentada como novedad. Mientras unos pocos concentran la renta financiera y multiplican sus ganancias, la mayoría de los argentinos enfrenta salarios deteriorados, jubilaciones insuficientes, caída del consumo, cierre de pequeñas empresas y pérdida de oportunidades.
Gobierno para pocos. Miseria para muchos.
La verdadera fortaleza de un país nunca depende de que gane un candidato. Depende de que exista una economía capaz de sostenerse sobre el trabajo, la producción y la confianza de su pueblo, no sobre el miedo ni sobre el endeudamiento permanente.
Porque cuando un gobierno necesita convencer a la sociedad de que si pierde las elecciones todo se derrumba, quizás el verdadero problema no sea la elección. Quizás sea el modelo.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse".
José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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