Las nuevas formas de dominación en la democracia argentina
- 17 jun
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Si durante el siglo XX la disputa central fue por el control del Estado, en el siglo XXI parece desplazarse hacia el control de la subjetividad, la información y la construcción de sentido. Comprender esa transformación tal vez sea el primer paso para romper el bucle temporal de una historia.

Columna de Opinión
Por: José “Pepe” Armaleo.-
Una reciente nota de Diego Kenis, "Aún posdictadura. Singularidades del presente, insertas en una historia más larga", (https://www.elcohetealaluna.com/aun-posdictadura/), me disparó una pregunta: ¿puede una sociedad con más de cuarenta años de democracia seguir viviendo bajo formas renovadas de disciplinamiento heredadas de su pasado autoritario?.
La pregunta parece exagerada. Desde 1983 elegimos gobiernos mediante el voto popular y los golpes militares dejaron de ser una amenaza concreta. Sin embargo, la proscripción política no desapareció completamente del paisaje argentino. Tampoco la persecución judicial de dirigentes populares, los condicionamientos económicos externos o la capacidad de veto que conservan ciertos poderes permanentes.
Tal vez la cuestión no sea determinar si seguimos viviendo una etapa de posdictadura sino comprender por qué, después de cuatro décadas de democracia, continúan reproduciéndose mecanismos que limitan aquello que la voluntad popular puede decidir efectivamente.
La historia argentina muestra una continuidad inquietante. En 1955 se proscribió al peronismo. La dictadura de 1976 llevó esa lógica a su forma más brutal mediante el terrorismo de Estado. La recuperación democrática pareció clausurar aquel ciclo pero con el tiempo reaparecieron formas de disciplinamiento: primero judiciales, luego mediáticas y hoy también tecnológicas.
Pero la historia enseña algo más. Los proyectos populares no sólo pueden ser derrotados desde afuera; también pueden ser capturados desde adentro.
La neutralización de una fuerza política no siempre requiere su prohibición. A veces alcanza con alterar su rumbo o convencerla de que no existe otro camino posible que adaptarse a las reglas impuestas por los poderes dominantes.
Porque el verdadero triunfo de los poderes permanentes no consiste únicamente en encarcelar dirigentes o ganar elecciones. Consiste en convencer a las mayorías de que no existe alternativa posible.
Los casos de Milagro Sala y Cristina Fernández de Kirchner deberían analizarse también en ese contexto. Más allá de sus diferencias, plantean una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando una sociedad naturaliza que dirigentes con representación popular puedan ser apartados de la disputa democrática sin que ello produzca una crisis institucional proporcional?.
Quizás el dato más inquietante de nuestra época no sea la existencia de esos mecanismos sino el grado de aceptación social que logran alcanzar.
Y es precisamente allí donde aparece la principal novedad histórica.
Las viejas formas de dominación actuaban sobre los cuerpos. Las nuevas buscan actuar sobre las percepciones.
Las dictaduras necesitaban controlar sindicatos, universidades, partidos políticos y medios de comunicación. Las formas contemporáneas de disciplinamiento operan sobre un territorio mucho más amplio: la subjetividad.
Las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial no son simples herramientas tecnológicas. También son dispositivos capaces de moldear emociones, organizar prioridades y construir sentido común.
Si el siglo XX estuvo marcado por la disputa por el control del Estado, el siglo XXI parece estar atravesado por una lucha aún más profunda: la disputa entre la construcción de comunidad y la producción sistemática de individuos aislados.
Los grandes movimientos populares fueron posibles porque existían comunidades organizadas capaces de producir identidad, solidaridad y proyectos compartidos. Sindicatos, clubes, cooperativas, organizaciones sociales y parroquias populares generaban pertenencia y transformaban problemas individuales en demandas colectivas.
No es casual que las distintas formas de dominación hayan buscado históricamente debilitar esos espacios. Primero mediante la represión. Más tarde a través de la precarización, la fragmentación social y el individualismo.
Quizás por eso las advertencias de los sacerdotes del Tercer Mundo, de los actuales curas en opción por los pobres, de Francisco y ahora de León XIV adquieren una relevancia que trasciende lo religioso. Todos ellos señalan, desde distintas perspectivas, que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre la exclusión, la desigualdad y la deshumanización tecnológica.
La salida difícilmente pueda encontrarse únicamente en una elección, una sentencia judicial o un cambio de gobierno.
Porque el problema de nuestro tiempo no es solamente la proscripción de dirigentes políticos. Tal vez sea la progresiva proscripción de la esperanza colectiva.
Cuando una sociedad deja de creer que puede cambiar las cosas, ya no necesita ser reprimida para aceptar aquello que antes hubiera rechazado. La resignación comienza a cumplir la función que en otros tiempos cumplía el miedo. La tarea de nuestro tiempo no consiste en librar nuevamente las batallas del siglo XX. Consiste en comprender las del siglo XXI: reconstruir comunidad, recuperar capacidad de organización y volver a pensar la política como una herramienta de transformación.
Porque si el verdadero triunfo de los “poderes permanentes” consiste en convencer a los pueblos de que nada puede cambiar, la primera forma de resistencia sigue siendo imaginar que otro futuro es posible.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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