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La dirigencia hace tiempo que dejó de prestar atención, de escuchar a la población

  • 9 jun
  • 5 min de lectura

La despedida del Indio, las plazas llenas, las universidades, el 24 de marzo y las movilizaciones populares nos recuerdan algo que buena parte de la dirigencia parece haber olvidado: los pueblos no se ponen en marcha por una candidatura. Se movilizan cuando sienten que están defendiendo una identidad, una memoria, un derecho o una esperanza colectiva.

 

 La gente, el pueblo en las calles es lo que descoloca y entierra el falso relato oficialista


Columna de Oppinión

Por. José “Pepe” Armaleo.-


Durante estos días me encontré observando las imágenes de la despedida del Indio Solari. Como millones de argentinos, vi las largas filas, los rostros marcados por la emoción, los abrazos, las lágrimas y los testimonios espontáneos de quienes esperaban durante horas para darle el último adiós a un artista que hacía tiempo había trascendido la condición de músico para convertirse en parte de la historia personal de varias generaciones.


Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue la magnitud de la convocatoria ni las cifras que inevitablemente acompañan acontecimientos de estas características. Lo que me impactó fueron las palabras de la gente.


No había discursos preparados ni consignas repetidas mecánicamente. No había dirigentes explicando lo que otros debían sentir. No había edición posible. Había hombres y mujeres hablando desde un lugar profundamente humano, recordando recitales, amistades, amores, hermanos que ya no estaban, viajes interminables, momentos felices y momentos difíciles de sus vidas atravesados por una música que, para ellos, había terminado convirtiéndose en una forma de pertenencia.

Mientras escuchaba esos testimonios, comprendí que allí había algo más que la despedida de un artista popular. Había una expresión colectiva en estado puro. Miles de personas movilizadas no por una estructura, no por una obligación ni por una conveniencia material, sino por el simple hecho de sentirse parte de algo que consideraban propio.


Y entonces pensé en otras imágenes.


Pensé en las multitudinarias marchas en defensa de la universidad pública. Pensé en las movilizaciones de Ni Una Menos. Pensé en las plazas colmadas cada 24 de marzo para reafirmar el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia. Pensé también en las interminables columnas de ciudadanos que se acercaron a San José 1111 para acompañar a Cristina Fernández de Kirchner en uno de los momentos más difíciles de su trayectoria política.


Más allá de las simpatías o diferencias que cada uno pueda tener respecto de su figura, sería un error reducir aquel fenómeno a una mera manifestación partidaria. Lo que se expresó allí fue algo más profundo. Miles de personas sintieron que estaban defendiendo una representación política, una memoria colectiva y una determinada concepción del país frente a lo que percibían como una avanzada de sectores de poder económico, mediático y judicial que históricamente han resistido cualquier intento de alterar privilegios largamente consolidados.


Quienes observan la realidad exclusivamente a través de encuestas o cálculos electorales suelen encontrar dificultades para comprender estos fenómenos. Sin embargo, todos ellos parecen tener un denominador común: expresan identidades, pertenencias y valores que sobreviven mucho más allá de cualquier coyuntura.


Por eso me cuesta aceptar algunos diagnósticos que se repiten con frecuencia. Se dice que la sociedad está despolitizada. Que predomina el individualismo. Que la gente ya no cree en nada. Que el compromiso colectivo ha desaparecido.

Los hechos parecen indicar exactamente lo contrario.


La sociedad argentina sigue demostrando una extraordinaria capacidad de movilización cuando siente que están en juego valores, derechos o símbolos que considera propios. Sigue llenando plazas, calles y avenidas cuando percibe que debe defender algo que forma parte de su identidad colectiva. Sigue emocionándose, organizándose y participando cuando encuentra una causa que la interpela.


Quizás, entonces, el problema no sea la ausencia de compromiso social.


Quizás el problema sea que una parte de la dirigencia política hace demasiado tiempo dejó de prestar atención a aquello que la sociedad intenta decir.


Mientras millones de personas se movilizan alrededor de causas concretas, buena parte del debate político parece girar alrededor de una lógica cada vez más reducida, dominada por las candidaturas, las encuestas, las internas y los armados electorales.


Se habla de quién mide mejor. Se habla de quién tiene más posibilidades. Se habla de quién debe encabezar una lista.

Pero se habla cada vez menos del país que se pretende construir.


Más preocupante aún, muchas veces se dedica más energía a desgastar dirigentes propios que a discutir proyectos. Se esmerilan liderazgos con la expectativa de obtener ventajas futuras. Se magnifican diferencias personales mientras se ocultan o se eluden los debates de fondo. Se habla más de quién no debe conducir que de cuál es el rumbo que se propone para la Argentina.


Y allí radica una de las mayores debilidades de nuestro tiempo.


Porque las sociedades no se movilizan masivamente detrás de una interna partidaria. No se emocionan por un armado electoral. No salen a las calles para discutir lugares en una boleta.


Las sociedades se movilizan cuando sienten que están defendiendo algo que vale la pena.


Por eso, cuando leo análisis políticos que comienzan preguntándose quién será candidato en 2027, no puedo evitar pensar que tal vez estamos empezando la conversación por el final.


Antes de discutir nombres deberíamos discutir proyectos.


Antes de preguntarnos quién conduce deberíamos preguntarnos hacia dónde queremos ir.


Antes de construir candidaturas deberíamos construir una idea de país.


Porque todos, oficialismo y oposición, afirman querer una Argentina mejor. Pero la verdadera discusión consiste en definir qué significa exactamente esa afirmación.


Van algunas de las preguntas que me hago: ¿Una Argentina mejor para quién? ¿A qué costo? ¿Quiénes serán los primeros beneficiados por las políticas públicas? ¿Quiénes deberán ser protegidos frente a la concentración económica y la exclusión social? ¿Qué lugar ocuparán el trabajo, la educación, la producción nacional, la ciencia, la cultura y la justicia social en ese proyecto colectivo?.


Estas son algunas de las preguntas que, humildemente, creo que son capaces de convocar nuevamente a las mayorías.

No porque los liderazgos carezcan de importancia. La tienen. La historia demuestra que los grandes dirigentes pueden acelerar procesos, organizar voluntades y abrir caminos.


Pero también demuestra que ningún liderazgo, por importante que sea, puede sustituir la fuerza de un proyecto compartido.

Tal vez la enseñanza más importante que nos dejan las movilizaciones populares de estos tiempos sea precisamente esa.


La sociedad argentina conserva intacta su capacidad para emocionarse, comprometerse y actuar colectivamente cuando encuentra algo con lo cual identificarse. La materia prima para construir una esperanza común sigue existiendo. Está en las aulas que se defienden, en las plazas que se llenan, en las memorias que se transmiten de generación en generación, en las luchas por los derechos conquistados y también en esas expresiones culturales que logran reunir a personas muy distintas alrededor de un sentimiento compartido.


Lejos de ser una señal de agotamiento, todo eso constituye una razón para el optimismo.


Porque significa que el problema no es la ausencia de pueblo.


El desafío consiste en volver a construir proyectos políticos capaces de escuchar a ese pueblo, interpretar sus anhelos y ofrecerle un horizonte común.


Los nombres llegarán después. Como siempre ocurre cuando existe una causa que merece ser defendida.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

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