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En medio de la crisis y de entrega de soberanía: ¿por qué la política dejó de discutir un Proyecto de Nación?

  • 29 jun
  • 3 min de lectura

La situación judicial de Cristina Fernández de Kirchner, las tensiones del peronismo, la crisis de la ciencia y las profundas transformaciones que atraviesa el mundo parecen pertenecer a universos distintos. Sin embargo, quizás todas conduzcan a una misma pregunta: si todavía somos capaces de pensar a la Argentina desde un Proyecto de Nación o si, poco a poco, aceptamos como inevitable el futuro que otros imaginan para nosotros.



Columna de Opinión

Por: José “Pepe” Armaleo


Hay días en que uno termina de leer el diario con la sensación de haber recorrido una sucesión de noticias sin relación entre sí. La situación judicial de Cristina Fernández de Kirchner, la crisis del sistema científico, la interna del peronismo, el avance de la inteligencia artificial o el deterioro de la producción nacional parecen pertenecer a mundos distintos, (esta enumeración es solo ejemplificativa). Sin embargo, cuanto más las leía, más difícil me resultaba creer que fueran hechos aislados.

Entonces apareció una pregunta. No sobre cada noticia en particular, sino sobre el hilo que parecía unirlas: ¿quiénes se benefician cuando dejamos de relacionar los acontecimientos y aceptamos la realidad como una suma de episodios inconexos?


La historia enseña que los instrumentos del poder cambian, pero algunos de sus objetivos permanecen. En 1955 no sólo se bombardeó Plaza de Mayo, comenzó la proscripción del peronismo, la prohibición de nombrar a Perón y, poco después, los fusilamientos de 1956. Dos décadas más tarde, la dictadura llevó el disciplinamiento social a su expresión más brutal mediante el terrorismo de Estado. Sería un error comparar mecánicamente aquellos procesos con el presente. Cada época tiene sus propias formas de dominación. Pero también sería un error dejar de preguntarnos si existe un hilo conductor entre ellas.


Tal vez el destinatario nunca haya sido solamente Perón, ni Cristina Fernández de Kirchner, ni un partido político. Tal vez el destinatario siempre haya sido “el pueblo”. No entendido como una suma de individuos, sino como sujetos capaces de organizarse alrededor de un Proyecto de Nación.


Hoy el disciplinamiento ya no necesita expresarse, principalmente, a través de la violencia o el miedo. También se ejerce sobre el sentido común. Se instala cuando aceptamos que no existen alternativas posibles, cuando el “mercado” aparece como un fenómeno natural y no como una construcción política, cuando, por ejemplo, el lenguaje reemplaza "pueblo" por "ciudadanía", "patria" por "país" o "trabajadores" por "recursos humanos". Las palabras nunca son inocentes. También ellas delimitan aquello que una sociedad puede imaginar.


Quizás allí resida uno de los mayores triunfos culturales de las nuevas derechas, en la Argentina y en buena parte del mundo: no sólo en ganar elecciones, sino convencer incluso a muchos de sus adversarios de que el único horizonte posible es el que ellas proponen. Cuando eso ocurre, la discusión política deja de ser una disputa entre Proyectos de País y pasa a desarrollarse dentro de los límites fijados por un mismo sentido común.


Todo esto sucede, además, en un mundo que cambia a una velocidad inédita. La inteligencia artificial, la concentración del conocimiento, el poder creciente de las plataformas digitales están modificando la economía, la cultura y la propia democracia. Pensar el siglo XXI con categorías del siglo XX ya no alcanza. Pero tampoco alcanza con “administrar la coyuntura” si antes no respondemos una pregunta más profunda: ¿qué Proyecto de Nación queremos construir frente a ese cambio de época?


Quizás haya llegado el momento de volver a ordenar nuestras prioridades. Hace más de medio siglo, Juan Domingo Perón sintetizó esa idea en una frase cuya vigencia merece ser revisitada: "Primero la Patria, luego el Movimiento y por último los hombres". No era una consigna. Era una concepción de la política. Nos recordaba que los dirigentes son circunstanciales, que las organizaciones son instrumentos y que sólo la Nación, expresada en su pueblo y en su proyecto histórico, merece ocupar el primer lugar.


Quizás uno de los mayores desafíos que dejaron inconclusos muchos de los gobiernos populares haya sido creer que el progreso material alcanzaba para consolidar un proyecto histórico. Mejorar las condiciones de vida era indispensable, pero no suficiente. Porque un pueblo no se construye solamente distribuyendo riqueza; también se construye formando conciencia, fortaleciendo la cultura, recuperando la memoria y ayudando a comprender que cada derecho conquistado forma parte de un Proyecto de Nación. Sin esa conciencia, las conquistas materiales pueden perderse; con ella, incluso las derrotas pueden convertirse en el punto de partida de una nueva esperanza.


"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."


José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.

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