Del coronavirus salimos, de la otra pandemia más difícil

El virus destruyó economías y cobró víctimas. Así y todo el mundo está saliendo. Pero hay otra pandemia que acecha, la del negocionismo y el odio

Por: Tano Armaleo.-Es evidente que el COVID resaltó todas aquellas virtudes y miserias humanas que uno pueda imaginar. Seguramente podremos coincidir en que, un año conviviendo y padeciendo la pandemia fue más que suficiente para descubrir quién es quién en este mundo. Fue un tiempo suficiente para comprender y, fundamentalmente, descubrir muchas otras cuestiones inherentes al valor humano. También fue tiempo suficiente para marcar la importancia que tiene el Estado al momento de atender los estragos que impuso la pandemia.


Aquellos gobiernos que dejaron que el mercado resolviera la situación quedaron expuestos a un lamentable panorama sanitario y, además de cobrarse miles de vidas, tampoco logró evitar que la economía se hundiera. En la mayoría de los países, más bien la totalidad, la caída de la economía ha sido de entre un 8% hasta un 14% del PBI. En este contexto, no se trata de ver quién pierde más. Todos los países perdieron. No obstante, hay una mirada claramente mal intencionada que busca esmerilar la autoestima popular aduciendo, en cada país, que “el gobierno es un desastre”, que “esto es una infectadura”, que “la vacuna es una mentira”, y un montón de otras tantas barbaridades que invaden los principales medios de prensa mundiales.

Queda claro que la recuperación económica vendrá, más temprano que tarde pero vendrá. El tema es si vendrá para hacer un mundo en el que la distribución de la riqueza logre mayor equidad a fin de achicar la amplia brecha que separa a un puñado de ricos del resto de la población.


La pandemia podría ser una oportunidad para comenzar a revertir estas terribles injusticias. Sin embargo, la realidad no parece encaminarse hacia esa dirección. Aun cuando hay gobiernos que luchan por encauzar el debate hacia ese rumbo, la presión de un reducido grupo de empresas y empresarios (en su mayoría ligados al capitalismo no productivo) que utiliza al sector mediático y judicial para impedir salir mejores de la pandemia, la lucha es muy despareja. Lo más terrible -la pandemia lo potenció- es ver cómo individuos, víctimas de un capitalismo que los descarta, terminan congraciándose con ello. Que la dirigencia cipaya lo haga, es comprensible; es cipaya y no lo oculta. Pero que millones salgan a las calles del mundo a cuestionar la “infectadura”, o bancar el robo de empresarios inescrupulosos que utilizaron fondos del Estado nacional para fugar divisas, resulta verdaderamente incomprensible.

Sólo la colonización de la subjetividad, para ser más claros, el triunfo de un modelo (neoliberal) individual, hace que millones aplaudan y celebren la estafa, cuestionen a científicos, nieguen verdades evidentes. Es en este punto en el que uno se pregunta si esta no es la peor pandemia: la de la negación, la del odio.


Reitero, del coronavirus se saldrá. De hecho el mundo científico está dando respuesta. Sin embargo, de la otra pandemia, aquella que es alimentada por la negación y el odio, difícilmente se logre salir. Es tan fuerte el negacionismo y odio que lograron inocular (a instancias de ciertos medios de comunicación) en estos sectores, que cuesta imaginar un escenario donde el debate abierto, claro, frontal y sincero pueda darse. Rehúyen, prefieren ir por la confrontación. En realidad, en esto de estar colonizados en la subjetividad y en la manipulación de la cual son objeto, prefieren sortear la batalla cultural. Más aún, pareciera que quieren muertos en las calles. Los hay por la pobreza; ellos los quieren por las balas de la represión. En algunos lugares de planeta lo ha materializado.


Seguramente, el desafío seguirá siendo dar la batalla cultural. Centrarse en buscar soluciones concretas y objetivas para millones de personas empobrecidas por un capitalismo con rostro perverso. Uno entiende que para alcanzar un mundo de mayor justicia y equidad social habrá que dejar de lado pensar en administrar pobreza. En resguardarse en espacios de un poder institucional que poco y nada aporta a la hora de dar vuelta la realidad. Salir mejores es animarse.

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