¿Cuánto soporta el pueblo tanto daño y crueldad institucional?
- 5 abr
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El problema no es sólo cuánto soporta sino cuánto tarda en reconocer lo que lo está dañando. Porque cuando el deterioro se vuelve norma, la salida deja de ser individual y pasa a ser, necesariamente, una construcción colectiva.

Columna de Opinión
Por. José "Pepe" Armaleo.-
Hay una pregunta que vuelve una y otra vez a lo largo de la historia: no cuánto resiste un pueblo, sino por qué resiste tanto. No se trata solamente del deterioro económico ni de los escándalos de corrupción (que, por sí solos, en otros momentos hubieran precipitado crisis políticas profundas). Se trata de algo más complejo: una combinación de deterioro material, desorganización social y una forma particular de percepción de la realidad.
El historiador y economista italiano Carlo M. Cipolla, en un breve ensayo formuló lo que llamó “las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Allí sostuvo algo que incomoda: siempre subestimamos la cantidad de personas capaces de actuar contra los demás incluso perjudicándose a sí mismas. No hablaba de ignorancia. Hablaba de otra cosa. Para Cipolla, el “estúpido” no es el que no sabe, sino el que, entre otras cosas, produce daño sin obtener beneficio, incluso en su propio perjuicio. Y lo más peligroso no es su existencia (inevitable en toda sociedad) sino su subestimación.
Para entender la profundidad de esa idea, vale la pena detenerse en sus cinco leyes: La primera indica que siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación: no importa el contexto ni el nivel educativo, la cantidad es siempre mayor de lo que creemos. La segunda sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona: la estupidez no distingue clase social, formación, ideología ni posición de poder. La tercera define a la persona estúpida como aquella que causa un daño a otra persona o grupo sin obtener ningún beneficio para sí misma, e incluso perjudicándose, y allí reside el núcleo del problema: el daño irracional. La cuarta advierte que las personas no estúpidas subestiman siempre el poder dañino de los estúpidos y olvidan constantemente que interactuar con ellos es, en cualquier circunstancia, un error costoso. La quinta concluye que la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malintencionado, porque su accionar carece de lógica previsible.
Esa formulación, que puede parecer provocadora o incluso exagerada, adquiere una dimensión inquietante cuando se la traslada al terreno político. Cuando una sociedad comienza a aceptar como normales procesos que la empobrecen (económica, cultural y simbólicamente) algo más profundo está ocurriendo. No es sólo ajuste. No es sólo deuda. No es sólo entrega de recursos. Es una transformación del sentido común. Sectores que históricamente generaron empleo, conocimiento y movilidad social (la industria, la educación, la ciencia, el conocimiento, el comercio) comienzan a degradarse, mientras otros sectores concentrados, de bajo impacto en la generación de trabajo, pasan a ocupar el centro del modelo económico. Esto no es nuevo, pero lo que sí aparece como rasgo distintivo es la naturalización del daño.
Ahí es donde la intuición de Cipolla se vuelve incómodamente actual. Porque lo verdaderamente desconcertante no es que existan políticas que perjudiquen a grandes mayorías (eso ha ocurrido muchas veces), sino que esas mismas mayorías, en parte, las legitimen o incluso las defiendan. No se trata de una explicación moral ni de descalificar al otro, sino de entender un fenómeno más profundo: la capacidad de una sociedad de actuar contra sí misma. Porque cuando el daño deja de percibirse como tal (o peor aún, cuando se lo interpreta como un sacrificio necesario sin horizonte claro) el problema ya no es económico, es cultural, es político, es, en última instancia, civilizatorio.
La historia muestra que los pueblos pueden soportar mucho más de lo que imaginan. Soportan pérdida de ingresos, deterioro institucional, desigualdad creciente. Lo que no soportan indefinidamente es la pérdida de sentido. Cuando la vida cotidiana deja de ofrecer horizonte (cuando el trabajo no organiza, cuando la educación no promete, cuando el futuro se vuelve abstracto) aparece el verdadero punto de quiebre. Pero ese quiebre no siempre es inmediato ni necesariamente progresivo. Puede derivar en reacción colectiva o en mayor fragmentación.
Tal vez el mayor peligro no sea el conflicto, ni siquiera la crisis. El mayor peligro es otro: la adaptación al deterioro. Cuando una sociedad se acostumbra a perder, cuando el retroceso se vuelve paisaje, cuando lo excepcional se vuelve cotidiano, entonces ya no estamos ante una crisis: estamos ante una mutación. Y ahí la pregunta deja de ser cuánto puede soportar un pueblo y pasa a ser otra: ¿qué condiciones hacen que deje de soportar?. Porque no es el sufrimiento por sí solo lo que produce cambios; si así fuera, la historia sería mucho más lineal de lo que es. Lo que rompe la inercia es otra cosa: el momento en que una sociedad deja de justificar aquello que la daña, cuando lo que antes se toleraba empieza a nombrarse como injusticia, cuando lo que se aceptaba como inevitable vuelve a pensarse como decisión, cuando lo que se padecía en silencio se convierte en experiencia compartida.
Ahí, recién ahí, el límite aparece. Pero ese límite no es un punto fijo: es una construcción. Y en esa construcción no hay automatismos; hay disputas, hay sentidos en pugna, hay formas de ver y de no ver. Porque no alcanza con que el daño exista: es necesario reconocerlo como tal. Y ese reconocimiento no es individual ni espontáneo, sino el resultado de un proceso colectivo, conflictivo, muchas veces contradictorio, en el que una sociedad empieza a nombrar lo que le ocurre con sus propias palabras.
Nombrar es el primer gesto político. Porque lo que no se nombra, se naturaliza; y lo que se naturaliza, se perpetúa.
Por eso, tal vez, el verdadero problema no sea cuánto soporta un pueblo, sino cuánto tiempo puede pasar sin que logre reconocerse en lo que le está pasando. Sin construir una lectura común de su propio deterioro. Sin transformar la experiencia fragmentada en conciencia compartida.
Porque ninguna salida es individual. Ninguna transformación profunda se produce en soledad. Y si el problema es colectivo (si afecta la forma misma en que una sociedad produce, trabaja, educa y se proyecta), entonces la respuesta también debe serlo.
No hay atajos en ese camino. Hay construcción. Hay conflicto. Hay organización. Y hay, sobre todo, un momento decisivo en el que una sociedad deja de explicarse a sí misma desde categorías o experiencias ajenas y empieza, finalmente, a pensarse con voz propia.
"La historia no se borra, la memoria no se clausura, la justicia no se negocia, la soberanía no se entrega y la apatía es la derrota que ningún pueblo puede permitirse."
*José “Pepe” Armaleo – Militante, abogado, magíster en Derechos Humanos, integrante del Centro de estudio de la realidad social y política argentina Arturo Sampay y de Primero Vicente López.















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