Sin rebelión el mundo seguirá igual

13-May-2020

La pandemia puso descubierto la imperiosa necesidad de recuperar valores y derechos sociales cercenados por gobiernos rendidos al "Dios Mercado"

 

Por: Tano Armaleo.-Por estas horas, en cada rincón del planeta, se debate el mundo que vendrá tras a pandemia. Una pregunta que, en principio, atañe una preocupación por lo menos para quien esto escribe. Pensar “el mundo que vendrá”, y no “el mundo que queremos” significaría librar la definición a los actuales factores del poder mundial. Especialmente, a un pensamiento ultraliberal –neolileralismo para ser más preciso- que si bien no es causante de la pandemia, las medidas que adopta para enfrentar la lucha contra el COVID 19, produce estragos en varios países.  Dejar librado a los mercados el mundo que queremos, relegando a la política y el rol de Estado a un segundo plano, seria renunciar a los sueños de un mundo más justo y equitativo.


Ciertamente que lograr estos objetivos, al igual que materializar una mejor distribución de la riqueza, deben ser abordados por una mirada política y Estatal. Y no cualquier política. Porque si estas responden a la de los mercados, pues entonces habremos pasado la pandemia con nuevos agravantes. Sobre el dolor de los muertos y la crisis social y económica que dejaría el COVID 19, los benditos mercados y sus aliados políticos, vendrán por más. Ya lo estamos viendo. Más deterioro social, mayores controles comunitarios, un nueva modalidad de “trabajo en casa” -que ya está revelando lo perjudicial que resulta-, baja salarial, mayor desocupación, y profundización de un modelo individualista que poco garantiza un mundo justo, social y económicamente hablando.


El “mundo que se viene”  implicará más complejidades para la población. El “mundo que queremos”, será el surja de las acciones y proyecto colectivos a fin de que la política y un Estado activo y solidario materialice los sueños individuales a fin de conjugarlos con el resto de los pensamientos colectivos. Sin embargo, pensar que por el simple hecho de tener gobiernos de ciertas características sociales y progresistas podrían concluir en soluciones afines a los intereses nacionales y populares, hay un trecho.

 

La historia de la humanidad, y la más reciente, la de los últimos 100 años, demuestra que no ha sido así. Sin rebelión social, popular, difícilmente los cambios se produzcan. Esto no significa tomar el camino de la violencia o virulencia social al mejor estilo izquierda boba que rompe todo como si esto fuera un estandarte revolucionario. Muy por el contrario.

 

Es tiempo de imaginación, creatividad y unidad. Y en animarse, es el gran momento. Así como los movimiento sociales, feministas, ecologistas, por caso, generan lo que generan pero no logran cambiar el sistema -sí plasman logros que no es poco decir- , definir “el mundo que queremos” impone el compromiso de todos los sectores de la comunidad. Porque, más tarde que temprano, surgirá quien o quienes levante la bandera y la clave en la cima. Todo depende quién la levante.

 

Lo que los pueblos no pueden dejar de hacer es revelarse y cuestionar el orden establecido. Mucho menos depositar toda la confianza en factores de poder, aún en aquellos que uno pueda considerar afines. Si vamos, por ejemplo, por una justa distribución de la riqueza, pues entonces hablemos de participación en las ganancias, y no como ahora que nos hacen socios en la desgracia. Sí queremos un mudo inteligente en que la inteligencia artificial acompañe el desarrollo humano y vele por nuestra salud, entonces no se podrá dejar que sean una picaros mercaderes quienes controlen a la humanidad. Llegó el momento de ir por más igualdad, más derechos y respeto a la diversidad. Por una correcta y adecuada convivencia con la naturaleza.

De poner en la mesa la tolerancia como herramienta de persuasión social.

 

Queda claro que la pandemia puso de relieve que sin Estado activo y solidario, la realidad termina siendo tan cruel que los muertos se acumulan por doquier. Los mercados no curan; salvo a unos pocos.

 

Habrá que ver si de verdad la humanidad, los pueblos están dispuesto a dar debate y batalla cultural. Porque el cambio es cultural. Llegó la hora de batallar en las calles, en escuelas, en fábricas, en universidades, y no limitarse a lo que bajan ciertos grupos mediáticos que, en el afán de responder a intereses sectoriales, opacan el pensamiento de un vasto sector de la población. La fatiga de un buen sector de la población a la hora de interpelar y fundamentalmente comprender la nefasta injerencia que ejercen los mercados sobre la vida cotidiana, termina derivando en gobiernos enmarcados en una derecha emparentada con el fascismo.

 

Revelarse conlleva el férreo compromiso de saber para qué y por qué nos revelamos. Caso contrario, estaremos frente a un escenario petardista y bobo que terminara siendo funcional a los intereses que uno cuestiona.

Son los pueblos que presionan y generan los grandes cambios y será la política quien interprete estos vaivenes y lo hagan realidad. Porque así como el comunismo terminó como terminó, no menos cierto es que el capitalismo ha matado, y mata, a ciento de millones de personas anualmente. Además de empobrecer pueblos enteros.

 

 

 

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